Veintiuno

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-¡Oye, amigo, muévete! -dijo una voz colérica.

Kyle sintió que lo pateaban y luego lo golpeaban con una especie de bastón.

Abrió los ojos.

Estaba recostado en una fría y dura superficie, pero no sabía dónde. La luz del sol había comenzado a fluir desde el horizonte y le quemaba los ojos y la piel.

-Oye, amigo, ¿no me has oído? ¡Te he dicho que te movieras! -gritó el policía.

Kyle abrió los ojos por completo y se dio cuenta de que estaba sobre una placa de mármol. Eran los fríos escalones de la escalinata de mármol del City Hall. El día apenas comenzaba y él estaba afuera, desparramado en el suelo como un indigente. Miró hacia arriba y vio a dos sonrientes policías uniformados que lo molestaban y provocaban con sus porras.

El vampiro trató de recordar lo que había sucedido y de qué manera había llegado hasta allí. Se entrevistó con Rexus y luego se lo llevaron. Lo ataron; más tarde, el ácido. Se tocó un lado de la cara y le pareció que todo estaba bien, pero luego tocó el otro lado y el dolor volvió de inmediato. Sintió el contorno de las espantosas cicatrices de la desfiguración. Lo habían tatuado con ácido yódico, un castigo reservado para los traidores. A él, a Kyle, un hombre que le había sido leal a la cofradía durante miles de años. Y todo por un pequeño error. Era insólito.

Kyle sintió que el dolor de su mejilla se incrementaba y su ira creció a la par.

-¿Quieres que nos lo llevemos? -le preguntó uno de los policías al otro.

-¡No!, es demasiado papeleo. No perdamos el tiempo: hagámonos cargo nosotros mismos.

Uno de ellos levantó su porra con la intención de golpearlo con fuerza.

-Sujétalo -le indicó al otro.

El oficial tomó a Kyle del brazo y lo puso de pie de un tirón. Entonces vieron el lado de su rostro que hasta el momento había permanecido oculto y se dieron cuenta de que tenía multitud de cicatrices que lo desfiguraban. Ambos retrocedieron ante aquella espantosa visión.

-¡Maldita sea! -exclamó uno de ellos-. ¿Qué demonios es eso?

La cólera se apoderó de Kyle y, antes de que los policías pudieran reaccionar, se puso en guardia. Utilizando sólo sus manos, los agarró por el pecho y los levantó por encima de su cabeza. Eran hombres corpulentos, pero Kyle era mucho, mucho más grande que ellos, y bastante más fuerte. Los levantó hasta lo más alto y, sin advertencia alguna, los hizo chocar entre sí.

Los dos cayeron sobre los escalones y luego Kyle dio un paso, les pisó la cabeza y acabó con su vida.

La furia del vampiro no cesaba. Su propia gente lo había marginado como si fuera un don nadie, como si no valiera nada. Después de todo lo que había hecho por ellos; a pesar de que él mismo había desencadenado la guerra. Y todo por un pequeño error, por esa estúpida niña, Caitlin. Se lo haría pagar muy caro.

Pero eso sería después de que se vengara de su propia gente. Nadie podía tratarlo de esa manera, nadie. Tal vez lo habían exiliado, pero él no tenía por qué aceptar ese veredicto. Además, todavía había vampiros que le eran fieles. Él mismo podría ser el líder de la cofradía.

Seguía ahí, furioso, cuando, de pronto, se le ocurrió un plan. Sería una manera de vengarse y de recobrar el control. De ese modo se convertiría en el líder supremo.

Pensó en la espada. Si él la tuviera, si pudiera encontrarla antes que ellos, el poder sería todo suyo. Entonces podría volver y destruirlos; por lo menos, a quienes lo habían traicionado. A los vampiros que le siguieran siendo leales, los reclutaría como soldados.

Sí, sería una carnicería como no se había visto nunca antes; y cuando tuviera el control en sus manos, se ocuparía de los humanos y terminaría aquella guerra él mismo. Para entonces, la peste habría causado el daño suficiente y él tomaría las riendas. Con esa espada podría gobernar Nueva York, y luego, todos los consejos y cofradías del mundo estarían bajo su mando.

Era un plan estupendo, pero si quería la espada, tendría que encontrar a la chica, a Caitlin. Y para eso necesitaría ayuda. El muchachito ruso, aquel cantante al que ella convirtió. En sus venas todavía corría la sangre de ella.

Era un buen plan.

Kyle subió corriendo por la escalinata del ayuntamiento y arrancó todos los cerrojos de acero antes de derribar la puerta de una patada. Era muy temprano por la mañana y el vestíbulo estaba vacío. Trotó por todo el pasillo. Llegó hasta el extremo, corrió un pestillo que estaba oculto y la pared se abrió. El vampiro bajó a toda velocidad por la escalera de piedra y se perdió en la oscuridad.

Kyle iba rapidísimo. Era consciente de que podría encontrarse de pronto frente a un ejército, pero también sabía que ellos no esperaban que atacara solo. También sabía que estaban preocupados atendiendo la guerra y que, si se apresuraba, podría entrar el tiempo suficiente para conseguir lo que necesitaba. En especial a esa hora tan temprana, cuando muchos de ellos estaban preparándose para dormir.

Kyle llegó a los niveles inferiores y corrió con todas sus fuerzas por el pasillo hasta que encontró la enorme puerta que buscaba. Tal como lo había sospechado, había un solo guardia vigilándola. Era un vampiro joven, de apenas unos cuantos cientos de años, con mucha menos fuerza que él. Antes de que el soldado reaccionara, Kyle ya lo había noqueado con un fuerte golpe en la mandíbula.

Luego empujó la puerta con el hombro; atravesó la habitación y allí lo encontró: el chico ruso. Unos grilletes lo sujetaban a la pared de pies y manos; tenía la boca cubierta con cinta aislante y los ojos bien abiertos, reflejando todo su miedo y terror. Llevaba días allí, así que, para entonces, estaría completamente débil. Kyle corrió y, sin perder tiempo, arrancó de la pared los grilletes que tenía en manos y pies. El chico se quitó la cinta de la boca y comenzó a gritar:

-¿Quién eres? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde me llevas? ¿Por qué...?

Kyle le dio un golpe con la fuerza suficiente para noquearlo. Luego lo cargó sobre su hombro y lo sacó de allí arrastrando todavía las cadenas.

Corrió con el chico a cuestas por el pasillo y subió la escalera. En poco tiempo ya había cruzado la puerta del City Hall y llegado hasta la calle, donde brillaba la luz del día. Había corrido con todas sus fuerzas y sintió un enorme placer al darse cuenta de que nadie lo seguía.

A pesar de que continuó corriendo, tuvo la oportunidad de relajarse un poco. Ya tenía lo que necesitaba, por las venas de aquel chico corría la sangre de Caitlin, y eso lo conduciría directo a ella. Donde ella estuviera, lo más probable era que también estuviera la espada.

Sonrió; era sólo cuestión de tiempo. Tendría el arma muy pronto.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)¡Lee esta historia GRATIS!