Ocho

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Sam no podia creer lo afortunado que era. Una guapisima chica del último año de bachillerato, a quien parecía agradarle bastante, le estaba enseñando su casa. Era supersexy y muy cool. Además, la casa le pertenecía por completo.

Era como si un ángel hubiera bajado del cielo con ella y se la hubiera dejado en el regazo. Todavía no podía creerlo. Era justo lo que necesitaba y en el momento indicado. Tenía miedo de que su suerte se acabara en cualquier instante y ella le pidiese que se marchara. Sin embargo, eso no parecía posible por ahora; de hecho, daba la impresión de que la chica deseaba compañía. Tampoco le había molestado encontrarlo en el establo, incluso se había mostrado contenta de que estuviera allí. No daba crédito; jamás había tenido tanta suerte en la vida.

Mientras recorría la casa se dio cuenta de que estaba casi vacía. No había comida en la nevera y tampoco muchos muebles. Sólo había sillas esparcidas por su superficie, y un pequeño sofá. Eso le pareció genial porque así podría ayudarla, si es que ella aceptaba. Se podría ofrecer a hacer reparaciones, mover muebles, comprar comida, arreglar el lugar..., lo que ella quisiera. Incluso si sólo le daba oportunidad de quedarse en el establo, ya sería genial; y si lo quería en la casa, también sería maravilloso. Lo más importante era que de verdad le gustaba esa chica. Estaba muy solo, ahora era consciente de ello; le encantaba la idea de estar cerca de Samantha.

—Y ésta es la sala —dijo ella cuando llegaron a la última habitación. Realmente no había nada: ni cuadros en las paredes ni alfombras, sólo un pequeño sofá de dos plazas.

—Disculpa que esté tan vacío. Acabo de llegar y no quería traer todos mis trastos viejos. Se me ocurrió que podía empezar de cero.

Sam se quedó allí de pie, asintiendo. Se moría por hacerle un montón de preguntas como «¿De dónde eres?», «¿Cómo murieron tus padres?» o «¿Por qué has venido aquí?».

Pero no quería presionarla, así que solamente siguió asintiendo como un tonto.

También estaba nervioso. Ella lo atraía muchísimo, más que cualquiera de las otras chicas que había conocido antes, y no sabía qué decirle. En realidad prefería quedarse callado porque le daba la impresión de que, si abría la boca, cometería alguna imprudencia.

—¿Te quieres sentar? —le preguntó ella al mismo tiempo que ocupaba uno de los asientos del sofá.

«Por supuesto», pensó.

Sam trató de ocultar su agitación. Caminó con todo el desenfado que pudo y se sentó. Era un sofá pequeño y con una pierna rozaba la de ella. Percibió su perfume, y su corazón enloqueció. Ni siquiera podía pensar con claridad.

La chica cruzó las piernas y se volvió hacia él. Estaba allí, sonriendo, mirándolo a los ojos, y él se tuvo que preguntar, por millonésima vez, si se trataría de un sueño o si tal vez alguno de sus amigos le había querido gastar una broma.

—Bien, pues cuéntame cosas sobre ti —le propuso ella—. ¿Eres de aquí?

Sam pensó cómo responder. No era sencillo.

—En realidad, no, pero supongo que se podría decir que sí porque es el lugar donde más tiempo he vivido. Solíamos mudarnos mucho. Me refiero a mi familia: mi hermana, mi madre y yo.

—¿Y tu padre? —le preguntó Samantha de inmediato, y él se encogió de hombros.

—Nunca ha estado con nosotros. Dicen que se fue de casa cuando yo era muy pequeño, la verdad es que no me acuerdo.

—¿Y no has tratado de buscarlo?

Sam la miró a los ojos y pensó que, tal vez, le había leído el pensamiento.

—Qué curioso que me preguntes eso —dijo—, porque de hecho, ya lo he intentado. Siempre había querido conocerlo pe ro nunca encontré información. Hasta la semana pasada.

La chica abrió los ojos sorprendida y a Sam le pareció extraña aquella exaltada manifestación de sorpresa. No podía entenderlo; ¿por qué habría de interesarle?

—¿En serio? —exclamó—. ¿Dónde está?

—Pues no lo sé con exactitud, pero nos hemos estado comunicando por Facebook. Dice que quiere verme.

—¿Y entonces? ¿Por qué no te reúnes con él?

—Me gustaría, pero todo ha sido tan rápido que... supongo que necesito planearlo bien.

—Pero ¿a qué esperas? —lo cuestionó sonriente.

Sam pensó que ella estaba en lo cierto. ¿A qué estaba esperando?

—¿Por qué no le respondes y quedas para verlo? Porque, ya sabes, si no te decides, nunca va a suceder. Yo que tú, le enviaría un mensaje en este preciso momento —agregó.

Sam la miró a los ojos y cambió de actitud. Todo lo que decía sonaba bastante lógico. Era rarísimo; sintió como si, cada vez que ella tenía una idea, él la adoptaba como si fuera suya. Tenía razón, no había motivo para esperar.

Metió la mano en su bolsillo, sacó el móvil y entró en Facebook.

Mientras lo hacía, Samantha se acurrucó junto a él y se reclinó sobre su hombro para ver la pantalla del teléfono. Su corazón empezó a latir con fuerza. Le encantaba sentirla apoyada en él. La posición era delicada, perfecta; así podía percibir el irresistible aroma de su cabello. Se estaba distrayendo demasiado; de pronto olvidó por un instante para qué había sacado el móvil.

Luego vio la luz que indicaba que tenía un mensaje nuevo y lo abrió.

Ahí estaba. Era de su padre y decía:

«Sam, me encantaría verte. Necesitamos reunimos; sé que la escuela te tiene muy ocupado y todo eso, pero ¿cómo vas de horarios? A mí se me hace difícil viajar porque tengo una pierna mal, pero me preguntaba si tú podrías venir a visitarme. Vivo en Connecticut».

Samantha asintió.

—Ahí lo tienes —dijo.

—¿Qué le digo? —le preguntó Sam.

—Que sí. Mañana es sábado, fin de semana, ¿no es genial?

Estaba en lo cierto. El sábado era un día genial. Vaya, esa chica no sólo era sexy, también muy inteligente.

Sam escribió:

«OK, suena bien. ¿Qué te parece este fin de semana? ¿Cuál es tu dirección?».

Vaciló por un segundo y luego pulsó la tecla de enviar. Eso fue suficiente para que se sintiera mejor.

—Estoy muy contenta por ti —confesó Samantha con una sonrisa—. Genial, es genial que te haya conocido en un momento tan importante.

De pronto, Sam sintió que los suaves dedos de la chica acariciaban su rostro y luego se sumergían en su cabello. Fue algo muy intenso e inesperado. El corazón le palpitaba con fuerza y hasta se le hacía difícil pensar.

Se dio la vuelta para mirarla y se dio cuenta de que la tenía justo enfrente. Le acariciaba el rostro con ambas manos; también el cuello, el cabello... Él no podía dejar de admirar sus enormes y fulgurantes ojos verdes y comenzó a jadear.

—Me gustas mucho —susurró ella.

Sam abrió la boca para decir algo, pero la tenía demasiado seca. Tuvo que intentarlo varias veces.

—Tú también me gustas mucho.

Sabía que era el momento de inclinarse para besarla, pero estaba demasiado nervioso. Se sintió aliviado cuando ella se acercó y le plantó un beso en los labios.

Fue inaudito. La sangre se le subió a la cabeza y deseó que aquel instante no se acabara jamás.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora