Diez

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Cuando Caitlin y Caleb llegaron a la casa Hawthorne, el sol ya se ocultaba. La austera casa estaba a unos quince metros de la acera; tenía arbustos y un caminito a la entrada que la asemejaban a cualquier otra pequeña vivienda suburbana. Su color rojo oscuro y las persianas le daban un toque de sencillez inmemorial. Era

bastante sobria.

A pesar de todo, era obvio que se trataba de un lugar especial, que irradiaba historia.

Ambos se quedaron mirándola en silencio.

—Pensé que sería más grande —confesó Caitlin.

Caleb continuaba con el cejo fruncido.

—¿Qué sucede?

—Recuerdo esta casa —contestó Caleb—. No estoy seguro de por qué, pero recuerdo que era de otra persona.

Caitlin observó sus rasgos perfectos y se maravilló por todos los recuerdos que parecía tener. Se preguntó qué se sentiría al tener una memoria así. Cientos de años... miles. Él había vivido experiencias que ella ni siquiera podía imaginar. Se preguntaba si sería una bendición o una maldición, si a ella misma le gustaría vivir de esa manera.

Caitlin cerró los ojos y respiró hondo. Nuevamente colocó la mano con suavidad en el picaporte y trató de concentrarse, según las instrucciones que había recibido.

Volvió a intentarlo; esta vez, se sorprendió al oír un chasquido. El pestillo había cedido y la puerta ahora estaba entreabierta.

Miró a Caleb y él le sonrió.

—Muy bien. —Después de felicitarla le indicó que entrara—: Las damas primero.

La casa era acogedora. Tenía techos bajos y ventanas antiguas de doce piezas de vidrio. La luz del exterior iba debilitándose, por lo que, a menos que decidieran encender las luces interiores, tendrían que apresurarse al revisar el lugar. Se movieron con rapidez sobre la antigua y crujiente tarima, y trataron de inspeccionarlo todo en el menor tiempo posible.

—Exactamente, ¿qué es lo que estamos buscando? —preguntó Caitlin.

—Lo que tú intuyas será bueno —le respondió él—, pero creo que estamos de acuerdo en que éste es el lugar indicado.

Al final del pasillo había un gran panel dedicado a la vida de Hawthorne.

Caitlin se detuvo frente a él y leyó en voz alta:

Nathaniel Hawthorne fue más que un hombre ordinario que escribió acerca de Salem. Vivió aquí y también usó el pueblo como escenario para la mayoría de sus relatos. Los edificios que describe forman parte esencial de sus historias y muchos de ellos siguen existiendo en la actualidad.

Lo más importante es que Hawthorne tuvo un vínculo personal directo con algunos de los sucesos y los personajes de su obra. En La letra escarlata, su libro más famoso, por ejemplo, se cuenta la historia de Hester Prynne, una mujer que fue encarcelada y despreciada en su comunidad por cometer adulterio. Hawthorne estuvo involucrado en aquellos sucesos más de lo que cabría imaginar. John Hawthorne, su abuelo, fue uno de los principales jueces en los juicios de brujas de Salem. Él fue responsable de acusar, juzgar y condenar a muerte a las brujas. Hawthorne tuvo que cargar con el abrumador peso de los actos de su ancestro.

Caitlin y Caleb se miraron; cada vez estaban más intrigados. Era obvio que había una fuerte conexión entre los hechos, y ambos tuvieron la certeza de que se estaban acercando a algo de gran relevancia. Sin embargo, no estaban seguros de qué se trataba. Todavía les faltaba un eslabón.

Siguieron inspeccionando la casa; examinaron varios objetos en busca de cualquier indicio pero, cuando terminaron de registrar en el primer piso, aún no habían encontrado nada.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora