Trece

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Samantha despertó justo al amanecer y miro a su alrededor. Allí junto a ella, sobre la cama, estaba el joven Sam. Había sido tan fácil seducirlo que casi se sentía mal por haberlo hecho. Sabía que, al dormir con un humano, había quebrantado una ley, pero éste era tan joven e inocente, que había decidido flexibilizar un poco las reglas. ¿Por qué no? Nadie se enteraría. Por supuesto, ella no lo iba a divulgar, y claro, tampoco permitiría que Sam viviera lo suficiente para contarlo. Tenía que concederse un capricho así cada cien años más o menos; era lo mínimo que podía hacer por ella misma.

Además, había algo en él, algo que lo hacía casi tolerable a pesar de ser humano. De hecho, para ser completamente franca, el chico era algo más que tolerable. Sin embargo, no podía señalar con exactitud qué lo hacía tan atractivo y eso era lo que más la molestaba.

En medio del desasosiego que le causaban sus sentimientos, Samantha se sentó, aún desnuda, y con un ágil movimiento se puso de pie y se deslizó en silencio por la habitación. Cogió su ropa y se vistió con rapidez sin dejar de mirar a través de las puertas corredizas.

Estaba amaneciendo. «Qué curioso -pensó-, dormir por la noche y despertar por la mañana. Como los humanos.» Sólo de pensarlo sintió náuseas, pero a veces uno tenía que hacer excepciones.

Miró por encima de su hombro y vio al chico dormir profundamente. Lo había agotado, eso era obvio. Sabía que él nunca antes había tenido una experiencia igual y jamás volvería a tenerla. Después de todo, ella contaba con dos mil años de experiencia. Sam había sido afortunado. Al menos hasta el momento. No obstante, en las próximas semanas esa misma suerte se revertiría, cuando ella se cansara de él y hubiera averiguado todo lo que necesitaba saber acerca de su padre. Entonces, lo tiraría a la basura. Era un juguete divertido por el momento, bastante divertido.

Sam seguía dormido. Ella era muy ágil y delicada en sus movimientos: como un gato. Podía saltar por toda la casa y él jamás oiría nada, a menos que ella así lo quisiera. Era una de las muchas ventajas de ser una vampira.

El chico era muy ingenuo; en verdad se había creído que la casa era de ella. A Samantha le había preocupado cómo explicaría la carencia de mantas, sábanas y almohadas, en fin, de todo. Pero para su sorpresa, él ni siquiera preguntó. Por lo menos había varios muebles en el lugar. Tal vez algún agente inmobiliario desesperado había tratado de preparar la casa para mostrarla a clientes potenciales. Bien, pues ella ya le había dado un buen uso al mobiliario.

De pronto sintió que el calor le recorría otra vez el cuerpo y se dio cuenta de que no podría esperar mucho más; tenía que alimentarse. Le había costado mucho trabajo hacer el amor con él y no llevar las cosas a su fin como siempre lo hacía: bebiendo la sangre de su amante. Pero lo necesitaba vivo. Él era la clave y ella tendría que controlarse. Sin embargo, el hambre la seguía aquejando. Caminó por la casa vacía y se asomó a ver el cielo entrecortado y el solitario camino rural. Se preguntó si algún humano inocente caminaría por allí en algún momento. Tal vez un niño que se hubiera despertado demasiado temprano. Eso sería perfecto.

De pronto, un radiante BMW se acercó por el camino y dio la vuelta en la entrada a la propiedad. Se oyó el sonido de la grava y los relucientes neumáticos del coche rodaron con lentitud hacia la casa. ¿Quién diablos querría visitar el lugar a esa hora del día? ¿Sabría alguien que ella se encontraba ahí?

El corazón se le detuvo por un momento cuando pensó que podría ser algún integrante de su cofradía. ¿La habrían visto aparearse con el muchacho? Tal vez un vampiro rival la hubiera delatado y ahora iban a su encuentro para castigarla.

La puerta del coche se abrió y de éste salió un humano vestido con un traje barato y con un letrero que decía «Se vende», bajo el brazo, que caminó hacia la parte delantera de la casa.

Samantha se sintió tan aliviada que rió a mandíbula batiente. Era sólo otro patético humano; un agente inmobiliario. Los peores de todos.

Por supuesto, era muy lógico. Probablemente se estaba preparando para enseñar la casa. Tal vez tenía programado un evento de «casa abierta» y había llegado temprano para asegurarse de que todo estuviera limpio y en orden. Demasiado entusiasta... y desesperado.

Lo vio acercarse y fruncir el cejo. En cuanto vio que la casa estaba ocupada, se preocupó de inmediato. La camioneta de Sam estaba aparcada en la entrada, había una lámpara encendida... El agente parecía confundido, como si estuviera tratando de recordar si él la había dejado así, preguntándose de quién sería el vehículo. Entonces, cuando notó que se trataba de algo más, su preocupación se convirtió en molestia.

Samantha sonrió. Le encantaba lo enojado que se veía y se regodeaba en el hecho de que las cosas se iban a poner todavía más difíciles para él. Estaba ansiosa por verlo.

Abrió la puerta principal y a continuación se dirigió directamente a él.

Entonces el hombre estalló de furia.

-¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! -le gritó desde la entrada al mismo tiempo que se acercaba a ella-. ¿Te das cuenta de que esto es allanamiento? Vosotros, jovencitos, creéis que todo es una broma, que os podéis meter donde os dé la gana. Ya me tenéis harto. Pero no os vais a salir con la vuestra esta vez. ¡Ya estoy harto! -le gritó el agente, y luego sacó su móvil sin aminorar la marcha.

Ella sonrió aun con más alegría, y eso fue la gota que colmó el

-Crees que se trata de una broma, ¿no? -le preguntó al tiempo que se acercaba el teléfono a la oreja y caminaba con más rapidez.

Cuando llegó hasta donde ella se encontraba, la sujetó con brusquedad del brazo y dio la vuelta pensando que podría arrastrarla.

Pero su expresión cambió por completo cuando descubrió que ella tenía otros planes. Antes siquiera de poder hundirle bien los dedos en la piel, ella ya le había tirado del brazo con un ágil movimiento para luego doblarlo hacia atrás y rompérselo por la mitad con toda sencillez.

El agente estaba a punto de gritar, con el rostro desencajado por el dolor. Pero antes de que pudiera emitir cualquier sonido, Samantha lo agarró por la cabeza y la estrelló contra su rodilla. Se oyó un crujido y, luego, nada.

El cuerpo del hombre se relajó por completo.

Antes de que llegara al suelo, ella ya le estaba clavando los colmillos en el cuello. La vampira puso los ojos en blanco mientras se alimentaba. Sintió el éxtasis de la sangre corriendo por todo su cuerpo.

Cuando terminó, levantó el cuerpo sin vida del infortunado y caminó con él hasta su coche. Lo arrojó al maletero y, antes de cerrarlo, le sacó las llaves del bolsillo del pantalón.

Luego caminó de regreso a la casa y se limpió los restos de sangre que todavía le cubrían la boca. Entonces contempló el cielo matinal.

Aquél iba a ser un gran día.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora