Tres

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Caitlin y Caleb caminaron sin prisa a lo largo de la ribera. Ese lado del río Hudson estaba descuidado; contaminado por fábricas abandonadas e inutilizados depósitos de combustible. Era una zona desolada pero tranquila. La chica se asomó al río y vio enormes trozos de hielo que se resquebrajaban y fluían con la corriente. Su delicado y sutil crujido llenaba el aire. La imagen de los trozos era sobrenatural y reflejaba la luz de una manera muy peculiar, como el rocío sobre la rosa. De pronto anheló caminar hasta uno de aquellos bloques de hielo, sentarse en él y permitir que la llevara a donde éste quisiera.

Caitlin y Caleb continuaron en silencio; cada uno en su propio mundo. Ella estaba avergonzada por haber hecho gala de tanta furia; sentía vergüenza por haber perdido los estribos y por haberse mostrado así de violenta.

También le avergonzaba que su hermano se hubiera comportado de aquella forma, que anduviera con ese montón de perdedores. Nunca lo había visto actuar así. Habría querido ahorrarle a Caleb la necesidad de presenciar aquello. No había sido el mejor momento para presentarle a la familia; seguramente su opinión sobre ella había empeorado, y eso era lo que más la afectaba.

Lo que más temía era pensar adonde irían después de lo sucedido. Sam había sido su mayor esperanza en lo que se refería a encontrar a su padre. Y ahora se había quedado sin ideas; si lo hubiera buscado ella misma, ya habría dado con él años atrás. No sabía qué decirle a Caleb. ¿Se iría de su lado? Por supuesto. Ella no le era de utilidad y, además, tenía que encontrar una espada. ¿Qué razón habría para que se quedara?

Caminaron en silencio y Caitlin sintió que el nerviosismo la invadía. Supuso que Caleb solamente esperaba el momento adecuado y que estaba eligiendo las palabras indicadas para comunicarle que se iría. Igual que lo había hecho antes toda la gente de su vida.

-Lo lamento -dijo ella con ternura-. Me avergüenza mi comportamiento. Lo siento, he perdido el control.

-No te preocupes, no has hecho nada malo. Eres muy poderosa y estás aprendiendo.

-También me siento avergonzada por la forma en que se ha comportado mi hermano.

Caleb sonrió.

-Si hay algo que he aprendido a través de los siglos, es que no se puede controlar a la familia.

Siguieron caminando en silencio. Caleb giró hacia el río.

-¿Y entonces? -preguntó Caitlin-. ¿Ahora qué?

Se detuvo y la miró.

-¿Te vas a ir? -le preguntó ella vacilante.

Él seguía sumido en sus pensamientos.

-¿Se te ocurre otro lugar donde pueda estar tu padre? ¿Recuerdas a alguien que lo haya conocido? ¿Algún dato?

Ya había intentado hacer memoria antes, pero no encontró nada, absolutamente nada. Negó con la cabeza.

-Debe haber algo -aventuró él con énfasis-. Esfuérzate más. ¿Tienes algún recuerdo?

Caitlin lo intentó de nuevo. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas recordar. Ya se había preguntado lo mismo en varias ocasiones. Había soñado tanto con su padre, que ya no distinguía entre los sueños y la realidad. Podía recordar cada una de las ocasiones en que él se le había aparecido mientras dormía. Era siempre el mismo sueño. Caitlin corría por el campo, lo veía a lo lejos y luego él se alejaba a medida que ella se acercaba. Pero no era él en realidad. Era sólo parte de un sueño.

Eran imágenes, recuerdos de cuando era niña, el deseo de haberse ido con él a algún sitio. Era verano, pensó. Recordaba el mar y su profunda calidez. Sin embargo, como siempre, no estaba segura de si aquella imagen era real. La línea se desdibujaba cada vez más y no podía recordar con precisión dónde estaba esa playa.

-Lo siento -dijo-. Desearía recordar algo, si no por ti, al menos por mí. Pero no es así. No tengo ni idea de dónde puede estar ni de cómo encontrarlo.

Caleb miró al río. Respiró hondo y observó el hielo. Sus ojos cambiaron de color una vez más; en esta ocasión, se volvieron grises.

Caitlin creyó que había llegado el momento, que, de pronto, clavaría su mirada en ella y le daría la noticia: se iba porque ella ya no le servía de nada.

Hasta le entraron ganas de inventar algo, una mentira acerca de su padre, algún indicio que le permitiera mantener a Caleb cerca. Pero sabía que no debía hacerlo.

Estaba a punto de llorar.

-No lo entiendo -confesó él con suavidad mientras contemplaba el río-. Estaba seguro de que tú eras la Elegida.

Se quedó en silencio. A Caitlin la espera se le hacía eterna.

-Y hay algo más que no comprendo -agregó y le clavó nuevamente la mirada; sus grandes ojos eran hipnóticos-. Cuando estoy contigo, percibo algo. Cierta oscuridad. Con otros, siempre puedo ver lo que hemos compartido, las veces que se han cruzado nuestros caminos en las encarnaciones del pasado; pero contigo, todo está velado. No puedo ver y eso nunca me había sucedido antes. Es como si alguien me estuviera impidiendo ver más allá.

-Tal vez no tuvimos un pasado juntos -dedujo Caitlin.

Él sacudió la cabeza.

-Eso también lo podría ver. Pero contigo es imposible. Tampoco puedo ver nuestro futuro juntos. Nunca me había sucedido, nunca, en tres mil años. Sin embargo, en el fondo, me parece que te recuerdo, que estoy a punto de verlo todo. Está ahí, en algún lugar de mi mente, pero no fluye. Me está volviendo loco.

-Bien, entonces -dijo Caitlin- tal vez no hay nada. Tal vez sólo tenemos el presente, quizá nunca hubo nada más y tal vez nunca lo habrá.

Se arrepintió de inmediato de haber dicho eso. Ahí estaba de nuevo; nada más abrir la boca decía estupideces sin pensar. ¿Por qué había tenido que decirlo? Era precisamente lo contrario de lo que pensaba y sentía. Lo que en realidad había querido expresar, era: «Sí, yo también siento como si hubiera estado contigo siempre y que seguiremos juntos toda la vida». Pero no; como era habitual, todo tenía que salirle mal. Era porque estaba nerviosa; y lo peor era que ya no había modo de retractarse.

A pesar de todo, las palabras de Caitlin no detendrían a Caleb. Se acercó a ella, levantó una mano y la posó con suavidad sobre su mejilla para retirar su cabello. La miró directamente a los ojos y estableció un vínculo muy fuerte.

A ella le palpitó el corazón con rapidez y comenzó a subirle la temperatura. Tenía la sensación de haberse perdido.

¿Estaría él tratando de recordar?, ¿se preparaba para decir adiós?

¿O tal vez estaba a punto de besarla?

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora