33- El chico prodigio

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*Narra Zed*

—Por aquí —dice Mery, indicándome el camino a su cocina—. Me alegra haberte encontrado, justo hice sopa de más.

—No quería ayudar a limpiar la casa, por eso me fui.

—Lo que sea. Toma, toma. Siéntate aquí —sonríe.

Trepo por la silla y me acerca un cuenco de color moradizo.

—¡Puaj! —digo sin querer—. Lo siento. ¿Por qué tiene ese color?

—Es sopa de arándanos.

—No sabía que se podía hacer sopa con arándanos.

Balanceo los pies en el aire y juego con la sopa, removiéndolo con la cuchara.

—¿Qué pasa? No me digas que cocino mal.

—Es que tiene purpurina. ¿Puedo quitárselo?

—Es purpurina comestible, te dará más fuerza cuando hagas magia.

Me quedo pensativo.

—Entonces mejor no me lo comeré. Si tengo demasiada fuerza, podría volver a hacerle daño a alguien.

Una vena palpita en la frente de Mery.

—¡Los niños buenos no se dejan la comida! —me grita con ojos saltones.

Asustado, me acerco la cuchara. Soy incapaz de metérmelo en la boca, por muy bien que huela. Tal vez sea como el jabón, que huele bien pero no sabe bien. Miro de nuevo al cuenco, luego a Mery.

—Perdona —mi voz tiembla—, pero es que la sopa parece vómito y no quiero...

—Cómetelo.

Empuja el cuenco hacia mí, haciendo que se derramen unas gotas al suelo. De reojo veo que empieza a burbujear al entrar en contacto con unas hojas, perforándolos.

Bajo de la silla de un salto y me escabullo por debajo de la mesa. Mery vuelca la mesa con una mano, en la otra lleva la sopa. Grito cuando me agarra de la camiseta. Al intentar liberarme, golpeo por accidente el cuenco, haciendo que la sopa se derrame sobre su antebrazo.

—¡No! —chilla Mery.

El líquido parece devorar su brazo lentamente, liberándose un humo violeta apestoso. Cada una de las burbujitas que explota, deja un pequeño hueco en el brazo de Mery, espacio por donde sangra. Parece un sarpullido mutante.

La espeluznante visión hace que se me revuelvan las tripas. Aparto la mirada de su brazo agujereado y salgo corriendo de la casa, aguantando las náuseas y haciendo oídos sordos a sus gritos furiosos.


*Narra Mery*

El crío se mete entre los árboles. Antes de salir tras él, tomo el arco que cuelga en mi pared. Lo alcanzaré sea como sea.

—¡Si te quedas quieto, dolerá menos! —grito llevándome una mano a la espalda.

No he cogido el carcaj con las flechas. El hombre de las pociones aparece frente a mí y mis lágrimas se paran en seco a medio camino de mis mejillas por el susto.

—Logro entrar a la aldea y te veo perdiendo el tiempo persiguiendo a un niño —dice con enfadado, y arruga la nariz—. Tu brazo...

Dice unas palabras extrañas y los agujeros de mi brazo se taponan. Siento algo frío en la mano y descubro que se trata de una flecha de plata.

—Aprovecha esta última oportunidad. No quiero a ningún mago vivo para cuando salga la luna.

—¿Puedo saber qué pretendes hacer?

—¡Voy a arrancarte la piel si no te concentras en cumplir tu parte!

—¡Ya lo sé! —grito de vuelta—. ¡Estaba a punto de cazar al chico prodigio antes de que me interrumpieras!

—¿Por eso perseguías a ese niño? —se lleva una de las manos a la frente, adoptando un aire poco profesional—. Muchacha, ese niño no es el chico prodigio que te indiqué. ¿Qué ves en él de prodigioso?

—Es un mago muy joven.

—¿Y qué? Es un humano. Un simple chiquillo con poderes que ni sabe utilizar.

—Entonces, ¿cuál es el sexto mago que tengo que matar?

—Pues cuál va a ser. Lo llaman Arturo.


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La chica del cabello de fuegoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora