( quince )

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Han pasado dos días desde mi última charla con Louis, sin embargo, él mismo se ha encargado de buscarme para preguntarme por Edward, a quién tampoco he visto desde hace casi una semana.

Me encontraba en el hotel, hablando con Kimberly sobre su recuperación de lo ocurrido con el descubrimiento del cuerpo de aquella chica cuándo mi teléfono celular comenzó a sonar.

Atendí de inmediato, principalmente porque el número en el identificador de llamadas era Max, a quien no había visto desde que salió en la mañana, diciéndome que tenía asuntos importantes que entender.

Eso me pareció extraño dado que Max no tenía ningún pariente en este lugar.

Cuando contesté, su voz sonaba agitada, causando que mi ritmo cardíaco comenzara a aumentar.

-Karen, tienes que venir ahora mismo... c-creo que he encontrado la guarida del asesino -dijo, causando que la confusión me asaltara.

-¿Qué dices? -mascullé en la línea-. ¿Dónde estás?

-E-estoy en las afueras de la isla, tienes que tener mucho cuidado... dejé el coche en la carretera, cuando lo veas sigue el rastro directamente y encontraras una cabaña muy escondida, ven rápido, por favor.

-Está bien, voy saliendo para allá -respondí, notando la mirada preocupada de Kimberly. -Ten mucho cuidado Max -continué, esperando una respuesta de su parte, pero recibiendo el sonido vacío de la línea y seguidamente la llamada se cortó.

La preocupación me atacó, Max estaba solo... ¿Y si el asesino llegaba en cualquier momento? Mi primer instinto fue llamar a la policía, pero eso ya no era una opción desde que el comisario prácticamente me había amenazado, y la última persona que me quedaba y que parecía estar de mi lado aún cuando no confiaba en él, era Louis.

Al llamarlo me encontré con la contestadora y le dejé un mensaje mientras caminaba fuera del hotel, buscando mi auto y dirigiéndome apresuradamente a él. Mientras conducía caí en cuenta de cuán extraña se escuchaba la voz de Max, algo no me parecía bien en todo eso y esperaba que al menos Louis hubiera contestado mi mensaje.

No pocos kilómetros luego, ya habiendo salido de Coney Island, me encontré con el auto de Max aparcado en la carretera. Me estacioné detrás de él y fui hacia el auto, esperando encontrar algo que me guiara a su ubicación.

Recordé sus palabras en el celular y volteé la cabeza para encontrarme con un sendero que se adentraba en el bosque. Aquel ambiente me recordaba al cuerpo de la chica y un escalofrió se desplazó por mi columna.

Estaba anocheciendo y antes de adentrarme en el bosque observé el cielo sobre mí, dándome cuenta de que el sol estaba empezando a ocultarse. Debía darme prisa, si a algo temía era a perderme en un bosque en medio de la noche.

Me aferré a mi chaqueta mientras mis pies tropezaban con las hojas de los árboles, el frío empezaba a sucumbir y mucho más ahí. El vaho que salía de mi boca me causaba náuseas y tuve que detener varias veces luego de haber caminado por algún rato.

En algún punto temí haber estado dando vueltas en el bosque, pero rechacé esa idea cuando observé otro camino por el cual no había pasado anteriormente.

No sabía qué camino tomar y decidí llamar a Max para que me guiara, pero eso no pudo ser ya que cuando me apresuré a busca mi celular me encontré con que no tenía señal. Claro, estaba en medio de la nada.

El chillido de un ave me erizó la piel y causó que el corazón casi se me saliese del pecho.

Sin más opción, continué caminando, agradeciendo que los zapatos que llevaba no me molestaban, mas, sin embargo, mis pies empezaban a doler.

Coney Island [h.s]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora