Parte 20: Loba al Acecho

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Julio José estaba sentado en una de las primeras bancadas, con una mano, ponía su móvil en silencio, mientras que con la otra agarraba la de su prometida, Cayetana, sentada a su lado. Él parecía un muñeco Kent, con sus pantalones de vestir ajustados por un cinturón de cuero adornado por una filigrana de cintas rojigualdas; su camisa impecable tono rosa pastel era rematada por cuello y mangas blancas. Sobre sus hombros, reposaba un jersey fino, en aquella época no lo iba a necesitar, pero le gustaba ir a la misa de los domingos bien arreglado, a pesar de ello, su peinado, imitando a Justin Bieber, le aportaba un toque desenfadado. A su lado, Cayetana, todos la llamaban Cayetanita, vestía botos camperos, pantalones ajustados de montar color beige, y un polo Ralph Lauren ribeteado en el cuello con la omnipresente banderita de España. Una vestimenta sport que ganaba elegancia gracias al collar de perlas que llevaba al cuello y a los pendientes de oro con perlitas que adornaban sus pequeñas y delicadas orejas, enmarcadas en su media melena color rubio oro.

Julio José miraba hacia su lado derecho y jugueteaba con la mano de Cayetana, le aburría el momento de la lectura. Una feligresa estaba leyendo de no sé qué historia de una mujer que tenía que mantener una lámpara de aceite encendida para preparar el regreso del esposo..., pero él estaba más pendiente de juguetear con el anillo de pedida de su prometida. Sintió un poco de bochorno al recordar la petición, a lo comedia romántica americana, rodilla en tierra incluida, pero a ella le gustó, «las mujeres siempre son románticas». Notó algo raro al otro lado, alguien se había sentado a su izquierda. Vio unas medias de rejilla ajustadas en torno a unas bonitas piernas. Le impresionó aquello, de las medias salían ligueros que iban a internarse bajo una minifalda negra de volantes. Sintió un escalofrío, aquello no era normal, mucho menos allí. «Las medias de rejilla con liguero son para el carnaval, cuando los mas catetos del pueblo se disfrazan de zorrón y dejan salir la maricona loca que llevan dentro, ¡pero un domingo en misa!... ¡inaudito! ».

Miró un poco más arriba, una blusa semitransparente permitía ver la piel pálida de aquella chica de cabello violeta y negras sombras de ojos. «Joder, parece de la familia monster, o una hija de Zapatero».

Intercambiaron un mirada y algo en aquellos ojos fieros le hicieron mirar hacia delante. La feligresa había terminado de leer.

-Es palabra de Dios.

-Te alabamos señor -dijeron al unísono todos los allí reunidos, todos salvo ella, que posó su mano sobre el muslo de Julio José, él notó aquella mano fría y la ligera presión de aquellas afiladas uñas negras, al tiempo que se le encogía el escroto, como queriendo esconder los testículos en lo más hondo de su ser.

-¿Cómo se encuentra Alfonsito? -susurró Paula al oído de Julio José, que notó algo en su aliento, era como una mezcla entre menta, frambuesas, musgo y pino... era como si un bosque húmedo le hablara, se estremeció aún más, tenía el corazón encogido.

-No sé de qué me hablas -dijo mirando al suelo, las botas rojas con puntera de acero de aquella chica le dieron miedo-. Vete, ¡déjame en paz!

-Alfonsito, ¡tu hijo!, el que murió, ¿sigue montando en el caballito?

-¿Qué dices?... no sé nada de eso -tembló su voz.

-Digo la verdad, no puedes engañarme... ¡huelo tu miedo! -Seguía susurrando y cada vez se acercaba más a su cuello, olfateando.

Cayetana hizo gesto de mandar a callar.

-Silencio -dijo Cayetana, roja de ira-, no montéis aquí una escenita.

Paula decidió esperar, ya tenía el rastro de sus presas, era cuestión de disfrutar, no escaparían.

-La paz os dejo, la paz os doy, daos fraternalmente la paz. -dijo el Sacerdote.

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