Parte 14: El Reverso Tenebroso

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El nuevo edificio de la Facultad era un enorme mazacote de color gris, tan gris y plomizo como aquel día nublado en el que amenazaba con llover. Mariana se dirigió escaleras arriba, mientras miraba su teléfono móvil. «Voy con tiempo». Llamó a una puerta de aglomerado que sonó hueca, al instante alguien la abrió con prisa. Mariana le dio dos besos de cortesía y Ginés se encogió ruborizado.

-¡Pasa, pasa!, ¡te estaba esperando!

-¡Anda!, qué despacho más amplio -dijo Mariana, paseando sus ojos por las paredes, donde pendían, enmarcados , algunos títulos y una foto enorme en la que aparecía Ginés con su admirado mentor, el Catedrático don José Antonio Alcázar de Toledo, palmeándole los hombros.

-Sí, estos despachos son mucho más grandes que los del antiguo edificio, aunque yo le cogí cariño a aquel cubículo. ¡La de horas que eché en el despacho de José Antonio!, te parecerá mentira, pero le echo de menos, claro que si mi despacho es amplio... imagínate el despacho del Señor Decano!... ¡aquello es como el Despacho Oval de La Casa Blanca! -afirmó Ginés rascándose la oreja-. ¡Pero vamos al grano!, estoy muy contento de que estés aquí, siempre pensé que eras una mente brillante, te apreciaba mucho ¿sabes? Fue una verdadera pena que dejases el departamento tras acabar el doctorado. Bueno, imagino que fue por influencia de Ramón, ¡qué tío más loco!, ¿sigues en contacto con él?

-¡Uf!... hace mucho tiempo que no sé nada de nadie, estoy muy desconectada, con el trabajo y eso... ¡pero ahora vuelvo con fuerza! -Agarró las manos de Ginés, que las retiró algo tembloroso-. Me encantaría escribir ese artículo que te comenté ayer por teléfono.

-Por supuesto que lo haremos, pero lo que te iba contando, hace dos días, salió Ramón en los periódicos otra vez: por lo visto estaba corriendo y gritando como un loco por medio de un cementerio... lo hospitalizaron otra vez en el área psiquiátrica del Virgen del Rocío, como cuando nos agredió, pobre enfermo.

-¿Ah sí?, pues iré a preguntar, siempre me pareció alguien interesante, quizá ese punto de locura era lo que le hacía tan especial, pero claro, hay que cuidarse.

-¡Pues que se cuide él!, hazme caso o no llegarás muy lejos: cuida de ti y de tu carrera y no pierdas el tiempo con cierta gente que no tiene arreglo. Vamos, cuéntame lo del artículo, me parece que podemos escribir algo interesante.

-¿De veras? -los parpados de Mariana se abrieron de manera exagerada, aunque sus pupilas permanecí n pequeñas como cabezas de alfiler.

-¡Por supuesto!, tengo contactos y, sin duda, nos lo publicarán a la primera. Ya sabes cómo es esto: tú lo escribirás e irás de segunda autora, yo de primero y a José Antonio lo pondremos al final, como jefe de grupo.

-Todo protocolario -sonrió Mariana.

-Por supuesto, además, como escribes en nuestra misma línea, puedes tener futuro en nuestro grupo, de momento puedes usar mi despacho cuando quieras. -Señaló hacia una esquina-. Esa mesita auxiliar considérala tuya, la usan a veces mis alumnos internos, pero tú tienes más categoría: ¡eres una post doc!... y solo es el principio, ya verás qué bien cuando lo arreglemos todo.

-Bueno, me siento un poco abrumada.

-Bah, no te preocupes, la gente nos encumbra demasiado a las élites intelectuales, pero al final somos seres humanos, como todo el mundo. Ven, siéntate, aquí a mi mesa, vamos a ver qué idea de artículo tienes.

-Bueno, de momento es solo eso, una idea, pero me interesa mucho y sé que tú eres el experto en esto. Quiero investigar sobre la educación de la mujer en la España de los años cuarenta. ¿Qué te parece?

-Una gran idea, y estás en lo cierto, soy quizá quien mejor domine ese campo, por supuesto después de José Antonio, pero claro, él es la gran eminencia en el tema, aunque ya está un poco caduco.

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