Parte 19: La Rosa y el Laberinto

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Caballero andante he de morir,

y baje o suba el Turco cuando él quisiere

y cuan poderosamente pudiere,

que otra vez digo que Dios me entiende.

"Don Quijote de la Mancha". Miguel de Cervantes.

El agua había empezado a humear y empezaba a entrar en cavitación, con ese leve sonido que provocan las pequeñas burbujas contra las paredes del cazo justo antes de comenzar la ebullición. Era el momento, separó el agua del fuego y la vertió en una tetera de loza, aunque no echo hojas en su interior. Salió de la cabaña en la que se alojaba, era una edificación pequeña, de madera, con una sola habitación en la que se distribuían el dormitorio y una cocina, al fondo, una puerta daba lugar al baño. Como esa cabaña había varias dispersas por aquel centro terapéutico. Salió al porche con la tetera humeante. Allí, sentadas en un banco de madera y charlando entre ellas, le esperaban Olga y Mariana. Él hizo un gesto para que guardaran silencio. Dejó la tetera sobre la mesa de madera, junto a otros utensilios que reposaban en una bandeja. A su lado, un enorme ramo de rosas. Desenvolvió un rollo de papel con unos canjis japoneses, el papel estaba montado sobre una cartulina verde de la que sobresalían unas cintas. Ello le permitió atar las cintas a un clavito en la pared exterior de la cabaña y desenrollar el papel hacia abajo para poder contemplarlo, extendido de manera vertical. Se sentó junto a sus visitantes y señaló el cuadro.

-Lo he hecho yo: caligrafía japonesa, "Ichi-go, Ichi-e", que significa "aquí y ahora". -Respiró hondo-. A eso me dedico, a parar un momento tanta palabrería y tanta mente, y a disfrutar del aquí y el ahora.

Las chicas intercambiaban ligeras miradas entre ellas. Ramón se incorporó para coger una cajita circular de la mesa, la abrió, un fino polvo verde apareció ante sus ojos, lo pasó a sus invitadas para que lo pudieran oler y tocar.

-Aquí y ahora, esa es la esencia de la ceremonia del té en Japón.

-¿Es té en polvo? -Preguntó Olga.

-Sí, es matcha, un té verde triturado en molino de roca.

-¡Pero es de color muy intenso! -Mariana frunció el ceño-. ¡Parece verde pistacho!, nunca había visto un té de color tan vivo, ¿le añaden algún tipo de colorante?

-No, qué va, antes de cosecharlo, tapan el arbusto con algas, así, ante la falta de sol, empieza a segregar mucha clorofila. Tiene ese color verde tan intenso por la elevada concentración de clorofila.

Cogió un cuenco y, por medio de una fina cuchara de bambú, echó dos medidas de té en el mismo. Después, vertió un poco de agua y lo mezcló, usando con una especie de escobilla de caña. Se formó una especie de masilla verde.

-¡Hay que mezclarlo bien!, de lo contrario quedarían grumos.

-¿Qué es esa escobilla?

-Es un chasen, un batidor de bambú, es imprescindible para hacer lo que toca a continuación. -Vertió más agua en el cuenco, hasta llenarlo dos terceras partes, entonces comenzó a agitar el batidor con movimientos vivos que describían trayectorias en forma de m. El té comenzó a vibrar y a llenarse de burbujitas, pasado un momento, dejó de agitar el chasen y toda la superficie del cuenco quedó poblada por una capa homogénea de burbujitas verde pistacho.

-¡Anda!, ¡parece nata montada!

-Sí, es laborioso, pero espera a probarlo. -Ramón inclinó la cabeza, y miró el cuenco, lo hizo reposar sobre la palma de una mano y, con la otra, lo giró ligeramente en contra del sentido de las agujas del reloj-. Así, hay que contemplarlo un poco antes de tomarlo, y girar el cuenco un poquito-. Ceremonioso, tendió el recipiente a Olga, ella lo agarró y lo giró como le habían indicado, lo olfateó un momento y lo probó.

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