Parte 13: Corea

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-Está bien -suspiró Mariana-, aunque muy desnutrido, lo han sedado y estará en observación por lo menos una semana. Es mejor que os vayáis ya, es tarde.

-¿Qué tarde ni tarde?... ¡es temprano! -dijo Camponegro, señalando su reloj de pulsera de manecillas doradas, un reloj de los de antes, al que daba cuerda cada día-. ¡Las seis de la mañana!, ¡mejor hora imposible!

-En serio Camponegro, ya me quedo yo, os tendré informados, perdonadme si no os llevo en el coche.

-¡Anda ya!, si ahí detrás mismo está el apeadero de tren y llegamos en dos zancajos -terció Olga.

-Sí muchacha, tú quédate aquí en Corea, que nosotros ya nos vamos.

-¿Corea?... -Mariana miró hacia el techo de paneles blancos de aquella amplia sala de espera-. Vale Camponegro, cuéntanos lo de Corea y después tomáis el tren.

-Es mu fácil, Corea le decían a esto, a este hospital, yo también trabajé aquí cuando lo estaban haciendo. Era tan grande y tenían tanta prisa en acabarlo, que contrataron a mucha gente y venía la gente de los pueblos. Y como en aquel mismo tiempo era la guerra de Corea, donde morían la gente como chinches, entonces los que veníamos aquí decíamos "me voy a Corea", porque no sabíamos si íbamos a volver. Murieron muchas criaturas haciendo este hospital. -Respiró hondo y chistó moviendo la cabeza-. Y lo peor es que a día de hoy, con to los adelantos que hay, sigue muriendo gente en la construcción.

-Siempre tan sabio, Camponegro.

Kia!... ni sabio ni , muchos almanaques... que ya me están pesando. ¡Bueno muchacha! -El ánimo regresó a su tono de voz, dio dos besos sonoros a Mariana y señaló hacia las cristaleras de la puerta de salida. -¡Nos vamos ya!, ¡y cuida del Telior!, que aunque no te lo parezca, ni te lo puedas componer en la mente todavía, anda con más razones y mejor encaminao que tos nosotros juntos...y si no... ¡al tiempo!

-Pero eso ya nos lo explicas otro día -terció Olga, agarrando a Camponegro del brazo y encaminándolo hacia la salida-, que me vas a hacer llegar tarde al trabajo.

Saúl pareció salir por un momento del sopor en el que había estado sumido toda aquella noche, primero durante el largo viaje en coche y después, sentado en aquella impersonal sala de espera. Se aproximó a Mariana y puso las palmas de las manos sobre los hombros de la muchacha a modo de despedida, la miró a los ojos y habló con firmeza:

-Qué la fuerza te acompañe.

Los Muertos HablanDonde viven las historias. Descúbrelo ahora