Parte 1: Camponegro

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—¿Tú quieres que te enseñe un misterio mu grande?, Telior o cómo te llames. —Camponegro sonreía mientras enrollaba la manguera con la que acababa de regar los rosales de su jardín. Miraba con ojos profundos a aquel joven de melena castaña enmarañada.

—Taylor, por favor llámeme Taylor, señor Angel, si tiene un misterio dígamelo, estoy aquí para eso, ¡para investigar lo extraño!

—¡Pues esto es muy extraño Teirlo!, anda, vente conmigo, esto es algo mu gordo que pasa aquí mismo, en la calle de atrás de donde yo vivo.

Caminaron unos veinte metros y doblaron una esquina encalada, cómo muchas otras de aquel pueblo de Andaluz, con algunas de sus casas aún de adobe y otras más modernas, pero conservando la estética de pueblo blanco con ventanas adornadas por macetas de geranios. Angel Camponegro se paró ante la calle que encaraban, transcurría cuesta abajo en pronunciada pendiente. Taylor lo miró, allí, con sus brazos en jarras y  su guayabera blanca impecable, aquel anciano, de casi dos metros de alto, curtido por el sol y recio por su vida de trabajo en el campo, parecía un titán, un hombre que con su mirada hacía a Tailor dudar de su búsqueda.

—Mira muchacho, este es el sitio del misterio.

—¿Qué misterio? —Taylor había agarrado su cuaderno y anotaba en el mismo con un bolígrafo verde, una manía de las suyas: escribir todo con bolígrafo verde, era su marca, sus compañeros de la universidad se reían de ello al principio, pero poco a poco se fue ganando el respeto. Claro que eso era antes, aquellos canallas le habían dado la espalda, no estuvieron a la altura de las circunstancias y le vendieron, ninguno había sido capaz de enfrentarse a esa mafia de catedráticos y lameculos que imperaban en el departamento: mancha de mamahostias, sólo Mariana le había sido sincera, una buena amiga, aunque poco pudo hacer ante aquella corte de mediocres.

—Un misterio mu grande, que a mí me tiene sin sueño. —Los ojos de Camponegro se abrieron más de la cuenta, dando énfasis a sus palabras—. Ves esta calle tan empiná, esto es un problema mu grande, aquí pasa una cosa mu mala.

—¿Qué pasa? —a Taylor empezaba a temblarle el bolígrafo entre sus crispados dedos.

—¡Qué las garrapatas se nos caen de espaldas! y tengo que venir yo todos los días a darles la vuelta. —Camponegro se inclió hacia delante palmeando sobre sus rodillas, mientras Taylor accionaba el bolígrafo verde para guardar su punta y engancharlo dentro de la espiral de alambre de la libreta.

—¿Era eso?... ¿cachondeo no?

—No muchacho, es un tema mu serio, dímelo a mí, que estoy todo el día cuesta pa arriba, garrapata pa abajo. —Camponegro sonreía con los ojos, mientras hacía ademán de agacharse y levantarse removiendo con sus dedos unas imaginarias garrapatas.

— Bueno, señor Ángel, si no hay nada más, me voy, se hace tarde.

—Camponegro, tú llámame Camponegro, como me llama tor mundo. —Dio unas palmadas en el hombro de Taylor— Y ahora vamos al sitio que tú quieres, que todavía se ve. Tu no me eches mucha cuenta, que yo siempre estoy de guasa, pero es que esta vida si no tiene guasa... ¡no hay quien la aguante! Anda, tiramos por ahí andando pa abajo y llegamos un momento a lo del Puente Paraíso, que tenía guasa también el nombre pa to lo malo que pasó.

—Mejor vamos en mi furgoneta, que se hace tarde y yo ya sigo el camino por la carretera.

—Bueno, como tú quieras.

El motor sonaba fuerte, pero más fuerte era la voz de Camponegro.

—Muchacho, ¿y a ti por qué te gustan estas cosas?

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