Parte 21: Semilla Bravía

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Mariana atravesó el hall de la facultad, pasando entre la multitud allí congregada, repartida en varias colas, esperando ante las mesas alargadas en las que se estaba entregando la documentación y acreditación a cada uno de los asistentes. Subió por las escaleras, revisando multitud de mensajes y watssap en su móvil y repasando mentalmente todas las tareas que le quedaban por hacer.

Entró en el decanato, saludó con un movimiento de ceja a la secretaria y entró, sin llamar, al despacho de José Antonio. Lo pilló repeinándose hacia atrás los cuatro pelos de rata que despuntaban en su cabeza.

-¿Listo José Antonio?, en una hora comienzan las jornadas.

-¡Y tan listo!, tengo que felicitarte: Ginés y Fermín pretenden arrogarse le mérito, ¡menudos pájaros! -Dio unos cachetitos afectuosos en la cara de Mariana-. Los conozco bien y sé de sus limitaciones. Sé que el gran esfuerzo logístico y la organización es cosa tuya. ¡Qué nivel!, nunca había venido gente de tantas universidades, incluso hispanistas británicos... por no hablar de la repercusión en los medios: ya he concedido tres entrevistas.

-Y las que te quedan por hacer. Me han llamado incluso televisiones para pedir acreditación a sus reporteros: evidentemente se las he dado.

-¡Bien hecho Mariana!, esto va a ser sonado.

-No dudes que lo será. -Mariana volvió a consultar su móvil, respondiendo a diferentes mensajes.

Bajaron por el ascensor del fondo del pasillo y se apresuraron a entrar en el Aula Magna, aún vacía, salvo por algunos alumnos que colaboraban, colocando copas, botellitas de agua y carteles en la mesa presidencial.

-Muy bien chavales -José Antonio repartió palmaditas en la espalda, el único salario que recibirían aquellos alumnos por casi mes y medio de trabajo organizando el congreso; después miró a Mariana -.Y tú eres la mejor, Ginés y Fermín querían moderar, pero les he dicho que ese papel es para ti, ¡así aprenderán a no querer subírseme a la chepa! -Suspiró-. La verdad, son muchos años, pero últimamente se me han abierto los ojos con respecto a ellos, gracias a ti. ¿Los has visto ahí fuera?, revoloteando y dorando la píldora a los profesores de otras universidades, cafelito pa arriba, pasillito pa abajo.

-Bueno, José Antonio, eso también es necesario, cada uno tiene su papel.

-Está claro, siempre hace falta un tonto útil, en mi caso tengo dos, me he dado cuenta tarde.

Mariana removió unos papeles y los distribuyó sobre la mesa presidencial.

-Bien, José Antonio, aquí tienes tus papeles: Tu discurso de apertura, el orden del día, la ponencia de después...

-Estupendo, ¡qué eficiente eres!, he hecho bien en dejarlo todo en tus manos.

-Y aquí está la lista de los profesores de las universidades de fuera, por si quieres mencionarlos, a modo de saludo, durante el discurso de apertura.

-Ah, estupendo. ¿Todo listo entonces?, creo que podemos relajarnos e ir a tomar un café.

-Sí, está controlado, en media hora empieza todo, si me disculpas, me quedo aquí: siempre salen algunos flecos. -Levantó una mano, respondiendo a uno de los alumnos, que trasteaba con la megafonía en la grada alta de aquel aula magna, que tenía la disposición de un teatro, con grandes sillones que se levaban en altura hacia el final de la sala y otro nivel con grada alta.

José Antonio salió de la sala, mientras Mariana accionaba los micrófonos de la mesa y los probaba, uno por uno, después se dirigió al estrado dispuesto para la lectura de ponencias, haciendo una última comprobación:

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