Parte 6: El Caballito

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«El caballito, otra vez con la mierda del caballito», Taylor  le daba vueltas a la cabeza,  mientras que se restregaba con la esponja y veía caer el agua chocolatosa, frotaba y seguía sacando fideillos de roña de sus brazos. «Joder, en esto Mariana tenía razón, cuanta mierda arrastraba...».

Salió de la ducha y agarró la toalla, comenzó a secarse mientras se miraba en la fila de espejos y lavabos que se extendían frente a él. Se puso ropa limpia, un traje de Taichí negro, con sus pantalones de tela vaporosa y su  camisa suave le reconfortaron la piel, algo irritada por el frotar de la esponja de rafia. Con un peine de largas púas intentó desenredarse el pelo, tuvo que dar varios tirones a las puntas. No insistió más, sería cosa de varios días, tendría paciencia, el caso era tomar consciencia del problema. El rapapolvo de Mariana le había venido bien. «Una verdadera amiga te dice la verdad aunque sea incómoda». Hurgó en su neceser y saco una maquinilla de afeitar desechable, la puso bajo el grifo y esperó un momento a que el agua se pusiera caliente... todo lo caliente que podía salir el agua en los lavabos de un camping en aquella época del año. Se aplicó a la cara un gel de afeitar natural de aloe vera, el líquido verde viscoso se pegó a una cara que parecía pedir a gritos una buena hidratación. Afeitarse no fue fácil, tuvo que usar dos maquinillas para quitar de su cara aquella barba que más de tres días era barba de tres semanas. Se lavó la cara y se miró a los ojos. «¡Nunca más!, nunca más este abandono, mi declive físico podría dar al traste con la investigación».

Se abrigó, cubriéndose con un forro polar, el frió en las piernas no le molestaba tanto. Se pasó por el lavadero anexo, la lavadora seguía dando vueltas, normalmente lavaba en las pilas, pero este era un caso de urgencia: había acumulado una montonera de ropa casi sin darse cuenta. Era la segunda lavadora del día. La primera ondeaba al sol de diciembre tratando de secarse. Se dirigió a la zona de caravanas, atravesando la parte del camping que más le gustaba: eran parcelas permanentes, donde sus dueños habían creado una suerte de chalets a base de tiendas de campaña de grandes dimensiones, techos, avances, tiendas cocina, vallados, macetas y el elemento de categoría que más le gustaba encontrar: los enanos de jardín. Cada vez que veía uno nuevo, algo de alegría y sarcasmo sacudía su interior: le encantaban los enanos en ese contexto, eran como la guinda del pastel que aportaba el toque kitsch.

Llego a su furgoneta, había sacado el colchón y lo estaba soleando durante todo el día, también había descongelado y fregado la nevera. Del vehículo salía un fuerte olor a amoniaco perfumado.  Desplegó una butaca y agarró un bloque de hojas encuadernado en espiral de dentro de una de las cajas de cartón que había estado ordenando, eso era lo más difícil para él: tirar papeles.

Miró la portada:  "Borrador de tesis: Tradiciones orales, el factor misterio en los pueblos de Andalucía", pasó la página y vio el índice: Introducción a las Tradiciones Orales, Lo Misterioso, lo Tenebroso y lo Milagroso,  El Árbol de la Mujer en el Cerro del Fantasma, La Curva de las Mujeres, La Cacería, El Niño del Caballito..."

—¡Joder! —Arrojó el borrador de tesis al gran cubo negro de basura que había colocado allí, desde por la mañana, para empezar la limpieza. «No es tan difícil empezar a tirar».  Fue hacia la caja de cartón repleta de cuadernos de campo y la levantó, con algo de dificultad, estaba ante el bombo de basura, pero algo le flaqueó dentro... «¡No puedo hacerlo!, esto no es solo mío». Resopló, agitando su melena, aún mojada y metió todas las cajas de nuevo bajo el hueco de la cama, ahora impecable.

Cuando salió, miró de nuevo el bombo de basura, entre restos de comida de la nevera, papelotes arrugados y varios calzoncillos que había decidido tirar. Eran incómodos, por estar sus elásticos dados de sí, últimamente se le caía toda la ropa. Miró de nuevo su borrador de tesis. «Eso se puede quedar ahí, quizá tenga que pasar página». Arrastró el gran bombo de basura por el camping para emplazarlo de nuevo en su lugar, mientras caminaba recordó lo del caballito, aquello había dado alas a sus detractores. «Los trepas pueden resultar hasta graciosos por lo ridículo... hasta que deciden joderte».

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