Parte 10: Enredado

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Cuando pase la guadaña a la altura de tu cuello,

sabrás que ya llevo horas bailando en tu cabeza

y este puede ser por fin el mejor de tus días,

déjame robar tu alma y despierta frio,

da vueltas conmigo sin más ni más, cielo oscuro todo negro

y esa hora de la noche (...)

"El Mejor de tus días", Barricada.

—¡Corre gilipollas!... llegaremos tarde  —aquella voz rasposa carraspeaba,  mientras Taylor  jadeaba sin aliento.

—¡Hago lo que puedo!  —Se paró un momento ajustándose lo auriculares—. ¡Y ya está bien de insultos!, ¡estoy haciendo todo lo que dices!, ¿no te basta?

—¡Es que más tonto y no naces!, ¡gilipollas!, no te lo tomes a mal —tosió como un fumador en las últimas—, yo hablo así siempre, ni en eso eres especial, doctor pollas.

Taylor ajustó el volumen, bajándolo al mínimo necesario para seguir oyendo aquella voz, que era tan compañera y déspota a la vez. Taylor reconocía que, desde que contactara con aquel informante extracorpóreo, su investigación había despegado y se aceleraba a ritmo vertiginoso, pero las instrucciones del informante eran siempre precipitadas y acuciantes, no le daba un respiro.

—¡Ya está bien!, no metas prisa ahora, cuando has sido tú  el que ha insistido en aparcar tan lejos del cementerio. «Me va a volver loco este tío».

—¡Claro cojones!, ¿quieres que nos detengan?

—No, eso no, nunca. —Taylor estaba de acuerdo en ello, hacía semanas que no conectaba el móvil, le había quitado incluso la batería, de esa manera se hacía ilocalizable—.  ¿Estamos cerca? —susurró al micrófono. En los últimos tiempos, había seguido indagando sobre electrónica y había conseguido hacerse un spiricom portátil, más pequeño que el armatoste de Saúl. Se trataba un par walkie tolkies acoplados y conectados a un micrófono en la entrada y una grabadora y auricular en la salida. Lo portaba todo en un mochila a la espalda, de esa manera podía caminar e investigar sobre el terreno, contando con las explicaciones de su informante. Claro que ello le obligaba a caminar con la cabeza ataviada por unos auriculares con micrófono incorporado. Parecía un teleoperador ambulante, aunque en aquella noche oscura nadie podía verlo.

—Sí, allí está la tapia —tosió la voz en sus auriculares—. ¡Sáltala ya!, que empieza la cacería.

—¿De qué hablas? —Taylor había apagado su linterna frontal y buscaba un punto de apoyo para el pie.

—Ya te enterarás, no quiero que pienses que te sugestiono.

—Joder, parece que hasta tú estás aprendiendo a respetar las premisas para dotar a la investigación de las suficientes garantías epistemológicas.

—¿Cómo no?, con el coñazo que das con eso de la validez y estabilidad, ¡aburres hasta a los muertos!  —dijo la voz rasposa, pareció por unos momentos que iba a empezar a reir, aunque en lugar de ello tosió como si se estuviera asfixiando.

Había rodeado el cementerio, era de madrugada y nadie había por los alrededores. Agarró unos herrajes en forma de punta de lanza que sobresalían de la tapia, metió el pie en un desconchón y, de un fuerte impulso estaba encima de la tapia, tuvo cuidado para sortear las puntas de lanza y se dejó caer por el otro lado. Aterrizó de manera suave, no se oía nada, rebuscó en su mochila. El spiricom portátil estaba guardado en un bolsillo externo y bien fijado con cinta americana, aunque buscaba otra cosa, sacó del interior un micrófono ambiental y una grabadora, conectó el largo micro a la grabadora  y  la puso a funcionar.

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