Parte 17: La Monja Espectral

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"Cuando las puertas de la percepción sean abiertas, las cosas aparecerán como realmente son: infinitas". William Blake.

Aquel fino dedo índice pulsó el botón del ascensor, el número seis quedó tapado por la afilada uña esmaltada de negro.

-Será solo un momento, tomaremos un café, y, después, volveremos a estar juntos, a solas, tú y yo. -Abrazó a Saúl por la cintura-. Saúl se miró en el espejo del fondo, no le acababa de convencer el peinado con pelos de punta, a lo Goku, que le había hecho Paula a base de fijador extrafuerte, aunque eso era secundario. Posó sus manos en los muslos de la chica y notó su acogedora piel. Ella se había vestido con una minifalda negra, adornada con pequeños volantes de igual color, desde debajo de la misma, pendían ligueros negros que se enganchaban a unas medias de franjas horizontales anchas, color naranja y blanco, el mismo naranja que había utilizado para elaborar una sofisticada sombra de ojos. Estaba calzada por sus inseparables botas Dr.Martin color cereza. Saúl había comprobado, pisándolas de manera discreta, que tenían puntera de acero. Había algo peligroso en aquella chica que lo volvía loco. Se besaron hasta que las puertas se abrieron.

Llamaron a la puerta con los nudillos, el timbre no funcionaba, la puerta se abrió y apareció una chica bajita, vestida con un pantalón de peto de finas rayas multicolores, con una cara muy linda, en la que destacaba un lunar que tenía en la mejilla.

-¡Pauli! -Le dio dos besos-. ¿Y tú debes ser?...

-Saúl, soy Sa... -Fue interrumpido por dos besos.

-Y yo Nativel, anda pasad y os presento a mis compañeras de piso.

Pasaron al típico salón, amueblado en provenzal, de los pisos de estudiantes. Las paredes estaban adornadas por dos posters, uno de Ricky Martin y otro de David Bisbal. Dos chicas estaban sentadas en el sofá, viendo un programa de cotilleo. Nativel señaló el televisor.

-Anda, quitad eso, qué llevan todo el día discutiendo y me ponen la cabeza como un bombo. Os presento: esta es mi prima Pauli y su amigo Saúl.

Las chicas se levantaron y hubo un intercambio de besos.

-Yo soy Eva -dijo una rubita de melena rizada.

-Y yo Antonia. -Antonia era alta y tenía el cabello moreno y lacio, busco el mando a distancia en la mesita baja de delante del sofá y apagó el televisor -. Anda sentaos-dijo señalando el sofá-, tenemos el café preparado, voy a por...

-Déjalo, ya lo traigo yo. -La voz de Eva les llegó desde el fondo del pasillo.

-¡No Eva!, ¡tú no! -gritaron Nativel y Antonia al unísono.

Eva apareció, con una bandeja en la que transportaba una cafetera, una jarra de leche templada, un azuquero, varias tazas y una cajita de lata azul, repleta de pastas danesas, todo ello fue al suelo en un traspiés de último momento.

-¡Joder! -gritó Eva, mientras Nativel y Antonia se agachaban para ayudarla a recoger todo.

-Bueno, no pasa nada, sólo se ha roto una taza, voy a poner otra vez la cafetera -dijo Nativel.

Eva recogía lo derramado del suelo con una fregona.

-No sé qué ha podido pasar, debo haber tropezado con algo.

Al momento, todo se organizó de nuevo y estuvieron sentados en torno a la mesita rectangular: Paula y Saúl en aquel sofá rojo de piel sintética, flanqueados por Eva y Antonia, en sendos sillones del mismo estilo. Nativel se había sentado en un puf, frente a ellos, su menudo cuerpo estaba enmarcado, a sus espaldas, por la televisión apagada. «Parece que estemos viendo un capítulo de Heidi» ...pensó Saúl.

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