Parte 12: Fogonazos

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Vio a los dos hombres casi encima suyo, bajaron las escopetas y apuntaron a la mujer tendida en el suelo.

—Creo que está muerta —dijo uno, dándole una patada.

—Mejor la rematamos, con estas putas nunca se sabe —sentenció el otro, poniendo el cañón sobre el cuerpo y disparando a quemarropa, los tímpanos de Taylor casi estallan en el momento del fogonazo.

Apenas tuvo tiempo para salir reptando de entre aquella fila de lápidas, sintió la piel de las rodillas desgarrarse del roce con el suelo, sus manos tanteaban adelante, explorando apenas para seguir alejándose de allí, en dirección a la tapia de atrás del cementerio. Escuchó más risas de aquellos salvajes, tiros y gritos de mujeres.  Se quedó un momento  tumbado, sobre el suelo húmedo y frío, intentando orientarse, sin aliento. Ahora escuchaba también ruidos en la parte de atrás, aquella por la que pretendía huir. «No hay escapatoria». Vio el rayo de una linterna barriendo en torno a un panteón.

—¡Vamos zorrita!... sé que estás ahí...

—¡Allí!, ¡allí! —gritó excitado un chaval con voz aniñada, antes de que una mujer, agazapada, se pusiera en pie y echase a correr,  la carrera fue corta,  otro hombre la intercepto, descerrajándole un tiro en el vientre que la levantó en el aire en un fogonazo de odio.

Taylor temblaba, le castañeaban los dientes. Lo peor eran las risas, aquellos  energúmenos continuaban correteando por todo el cementerio, de vez en cuando, se escuchaban gritos y tronidos de armas. Miró hacia la entrada principal. «Quizá sea lo mejor, por allí parece que no hay nadie». Sacó fuerzas de flaqueza y empezó a correr hacia la gran cancela, poco le importaba que alguno de aquellos tiros le alcanzara. Corrió con todo el ímpetu, sintiendo el golpeteo de la mochila sobre la espalda y manteniendo agarrado el micrófono entre sus crispados dedos. Notó uno de sus pies apoyar en falso, en la carrera no había visto un tramo de escalones y cayó de bruces contra el suelo frío y húmedo de la entrada. Escuchó más voces, levantó le cabeza y vio los faros de un vehículo apuntándole.

—¡Levántate!

 Taylor miró hacia arriba, deslumbrado por los focos, dos hombres uniformados le apuntaban con sus armas.  Se apoyó sobre las manos para intentar incorporarse y movió una rodilla.

—¡Así está bien!, ¡de rodillas!, ¡las manos a la cabeza!

Uno de ellos enfundó la pistola y se acercó, apuntándole con una larga linterna. Taylor cerró los ojos ante la intensa luz.

—Es  él, va desarmado. —Miró al suelo, un metro más atrás, hacia el lío de cables—. Eso que llevaba parece un micrófono.

—Ayúdale, alma de cántaro —dijo el otro, bajando también el arma.

—Vamos chaval —dijo Vega alzándolo del antebrazo—. Levántate, tus amigas Olga y Mariana vienen en camino.

—¡No pueden! —gritó Taylor desgañitado—, ¡es peligroso!, ¡están disparando! —Se incorporó y señaló hacia el interior del cementerio—.  ¡Están por todas partes!

—Ramón, Ramón Tello.

Taylor se volvió, aquella voz no la conocía. A la luz de las linternas pudo ver a alguien con uniforme sanitario y chaleco reflectante.

—Todo está en calma Ramón, estamos aquí para ayudarte.

Ramón se dejó caer de rodillas, se llevó las manos a los ojos y comenzó a llorar.

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