Parte 8: Varón Dandy

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Lanzó un gruñido y se revolvió en su sillón cuando notó que alguien lo zarandeaba, abrió los ojos y bostezó enfurecido.

—¡Coño ya!.. ¡¿qué pasa?!... ¿no puede uno tener una puta guardia tranquilo? —El cabo Cáceres se abotonaba el pantalón y ajustaba el cinturón mientras se incorporaba con el rostro enrojecido—. ¿Qué pasa ahora Vega?... ¡me cago en tus castas!, no te había dicho que hoy necesitaba descansar.

—Ya lo sé, pero es que es un tema muy importante.

El cabo Cáceres se atusó las patillas.

—Mira Vega, ¿tú sabes lo que decía Winston Churchill a su subalterno cada vez que se iba a dormir?

—Me lo dices todos los turnos de guardia, pero si te hace ilusión, repítelo.

—Pues eso mismo: “Que nadie me despierte a no ser que sea un tema de vital importancia y lo único de vital importancia es que Inglaterra sea invadida”.

—El tema es de vital importancia: han venido dos señoritas a... —Vega señalaba la puerta entreabierta que comunicaba la oficina de atestados con la sala de espera.

 —¡Dos señoritas! —Cáceres dio un brinco y se abotonó el cuello de la camisa, hizo un movimiento de cejas —¿Pero...?

—Canela fina —susurró Vega, acercándose.

—¡Coño! —Cáceres intentaba alisar su camisa verde pasándose las manos a modo de planchas inútiles, humedeció sus dedos con saliva y trató de peinarse las rizadas patillas, se dirigió al cuarto de aseo anexo a la oficina y buscó en el armario. Salió del mismo a prisa. —¿Donde coño está ahora tu bote de colonia?

—¿Pero no me dices siempre que perfumarse es cosa de maricones?

—¡Sí coño!, ¡pero esto es causa de fuerza mayor!, además, tratándose de Varón Dandy, el mariconismo queda descartado.

Vega suspiró y buscó en el cajón de un escritorio.

—Toma, pero no te pases, el aroma de un hombre tiene que ser sutil.

Cáceres agarró aquel difusor, no era el bote original, ya que resultaba más económico comprar la colonia por litros y repartirla entre diferentes difusores. Tenía uno en casa, otro en la oficina y otro en el todo-terreno, nunca se podía saber a ciencia cierta cuando podía hacer falta un toquecito de Varón Dandy.

El ambiente se llenó de aquel aroma a barbería antigua. Para ser reticente a perfumarse, Cáceres se había empleado a fondo.

Tiró a la papelera los restos de un bocadillo que había sobre su mesa y retiró unas migas, también escondió “El Marca” en un cajón.

—Bien, vamos Vega, hazlas pasar.

Tuvo tiempo de observarlas detenidamente en los pocos pasos que dieron hasta sentarse frente a su mesa. Una de ellas le sonaba de algo, era muy alta, elegante, venía abrigada con una cazadora de cuero beige y tenía un corte de pelo moderno y corto; la otra era más bajita, pero igual de bien proporcionada, vestía un abrigo militar de segunda mano sobre el que resaltaba una bufanda larga con los colores del arcoíris.

—Por favor, siéntense señoritas. —Cáceres señalaba las dos sillas frente a su mesa mientras Vega retiraba una de ellas.

—Señoras, siempre señoras —La chica alta sonreía.

—Ya sé de qué te conozco —Cáceres dio una palmada a la mesa—. Tú trabajas en el pueblo, en el ayuntamiento, ¿verdad?...en los Servicios Sociales. ¡Ya nos hemos visto por algún asunto con algún prenda!, ¿qué se os ofrece a estas intempestuosas horas de la madrugada?... ¿tú eras Olga verdad, a tu amiga no la he visto nunca?

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