—¿Por qué hiciste eso? —pregunté con la voz temblorosa. Un nudo había comenzado a formarse en mi garganta.
Frente a mí se encontraba el chico con el cual compartí desde la infancia; mi primer amigo que, a pesar de que nos distanciamos por varios años, siempre consideré como uno de los pocos que estarían ahí para mí incondicionalmente, pero después de toda la travesía de aquella arriesgada misión, me demostró que ni siquiera una amistad de más de quince años puede ser fiel. Me dolía saber que incluso llegué a considerar tener algo más que una amistad con él, pero eso quedó enterrado muy profundo junto con nuestra amistad.
—Ya te lo dije. —Sorbió por la nariz antes de hacer ademán de acercarse a mí; ante ello, Jessica me hizo retroceder otros tres pasos para ponerse entre ambos de una manera protectora—. Creí que así todo volvería a la normalidad y te dejarías de estupideces.
—¿Y tú quién te crees para decidir por ella? —Bramó Jessica sin intentar ocultar el asco que le causaba estar en el mismo lugar que él.
—Eduardo... Él... —Suspiró con pesadez mientras negaba por lo bajo—. Prometió que no te delataría, simplemente haría que te alejaras de Mark.
—¿Cuál es tu maldito problema con Mark? —grité al borde del colapso.
Aldair avanzó dos pasos más cerca de Jessica, la cual se puso a la defensiva levantando sus brazos por encima de su pecho. Debido a la tensión y al augurio de que algo malo sucedería, Bruno se abrió paso entre nosotras hasta llegar al frente y encararse a Aldair.
—No te atrevas a acercarte un paso más —advirtió con rudeza.
Mi antiguo amigo obvió las palabras de Bruno. —¡Me molesta todo él! Su presencia, su estúpida manera de ser, que su padre sea un observador, y odio la manera en la que te mira.
—¡Eso es absurdo! —Mi voz continuaba temblorosa, pero poco a poco comencé a recobrar la tan familiar adrenalina que guiaba cada una de mis acciones durante la última semana—. ¿Preferiste joderme la vida a que estuviera con otro chico? ¡Pues sorpresa! Me jodiste la vida, estaré con otro chico y ahora sólo eres una mierda a la que solía llamar amigo.
—Emily, por favor. —Ignoró la advertencia de Bruno e hizo ademán de acercarse, pero el friki lo sostuvo por los hombros, evitando que pudiese tocarnos—. Perdóname. Juro que hice todo esto por tu bien. Yo sólo... —Comenzó a llorar de nuevo—. Es que tú no sabes cómo es vivir con el hilo roto.
—Adelante, te escucho —dije mientras intentaba controlar lo acelerado de mi respiración.
Aldair se apartó de Bruno con brusquedad, quien lo observó detenidamente por si decidía realizar un ataque sorpresa. Sin embargo, mi antiguo amigo optó por retroceder hasta que su espalda chocó contra un librero. Su oscura mirada café recorrió el rostro de todos los presentes, como si estuviese sospesando la situación, pero terminó por suspirar en muestra de rendición.
—Sé que dije que lo superé hace mucho tiempo, pero era mentira. —Tomó un libro grueso de pasta dura roja, lo hojeó con velocidad hasta detenerse en una de las página de en medio, de donde sacó una fotografía que nos mostró desde la distancia. En ella se encontraban retratados Aldair y Deyra, la chica con la que compartía su hilo rojo antes de ser asesinada—. En nuestro caso, realmente estábamos enamorados, es decir, Quirmizi no se equivocó al unirnos. Y cuando la... asesinaron, el dolor que sentí fue casi inhumano, fue como si yo también estuviese muriendo.
—Tal vez conmigo sea diferente —dije taciturna debido a la tristeza que los ojos de Aldair reflejaban—, porque ninguno de los dos morirá, y yo no amo a Eduardo como tú amaste a Deyra.
—No lo sé, pero hasta el día de hoy aún duele una parte de mí. —Del mismo librero, tomó su celular y marcó un número sin apartar la mirada de nosotros—. Y no quiero que tú sufras algo así. —Colocó el móvil sobre su oreja y sonrió—. Eduardo, Emily está aquí.
Mis piernas flaquearon y caí de rodillas antes de que Fernanda pudiese sostenerme. No sentí el impacto en mis articulaciones, pues el palpitar de mi corazón era más doloroso que cualquier otra cosa, cada latido era como un filoso cuchillo que me atravesaba mi pecho hasta salir por mi espalda, una y otra vez. Una tercera traición por parte de él... Aldair.
—Eres un maldito hijo de... —comenzó a decir Bruno, pero fue interrumpido por el otro chico en la habitación.
—Emily, en verdad te quiero, y lo hago por tu bien.
—Oh mierda, cállate de una jodida vez. —Jessica asestó un golpe rápido y certero en la mandíbula de Aldair, quien cayó de costado sobre el suelo, inconsciente—. ¡Hace tanto tiempo que quería hacer esto! —Sobó sus nudillos con cierta petulancia—. Larguémonos de aquí antes de que llegue el otro lunático.
—Es mi fin —dije en voz baja, ignorando el hecho de que Fernanda y Bruno estuvieses intentando ayudarme a ponerme de pie—. Eduardo sabe que salí de ese lugar, no importa a dónde vayamos, él me puede encontrar.
Jessica intercambió una fugaz mirada con mis demás cómplices y, a pesar de que cada uno estaba a mi costado y no podía ver sus rostros, imaginé sus reacciones de terror. Era el fin del camino. No importaba lo siguiente que hiciéramos, estábamos acorralados a menos de que ocurriera un milagro, pero Mark quizá aún estaba a más de dos horas de Jorak.
—Em, no podemos rendirnos así nada más. No después de todo lo que hemos hecho. —Fernanda sujetó mis manos entre las suyas. Me obligó a que la mirase a sus profundos ojos verdes que, por primera vez en la noche, denotaron la valentía que ella escondía en su interior—. Si tenemos que asesinarlo, eso haremos.
—No quiero que ustedes se metan en problemas por mi culpa.
—Realmente eres idiota si crees que te dejaremos a estas alturas. —La rockera tomó unas llaves que estaban sobre el escritorio en la esquina de la habitación y, por la argolla, las hizo girar en su dedo índice—. Friki, ve y cierra todas las puertas de la casa. —Le lanzó las llaves a Bruno, quien las atrapó torpemente, pero obedeció la orden sin inmutarse por el cariñoso apodo por parte de su novia—. Fer, quiero que consigas algún tipo de velas en la sala y cerillos de la cocina. —Su gemela asintió y salió enseguida de Bruno—. Tú, prepárate emocionalmente para lo que pueda suceder.
—¿Cómo se supone que lo haré?
—Sólo haz lo que te dijo el anciano —respondió mientras arrastraba el cuerpo de Aldair fuera de la recámara como si de una pluma se tratase.
—¿Y si no funciona?
Dejó al traidor afuera de la habitación de sus padres antes de centrar su atención en mí.
—Por supuesto que funcionará. —Limpió sus manos en su pantalón—. Y si no, todos nos convertiremos en los asesinos de tu otra mitad.
Fernanda corrió escaleras arriba hasta nosotras, cargada con cuatro velas blancas y delgadas, una caja de cerillos y un florero de cristal con tres rosas rojas dentro. Su respiración estaba agitada, lo que causó que sus pálidas mejillas se tornaran rosadas, haciendo juego a su cabello rojizo alborotado.
—Esto es lo mejor que conseguí como ofrenda a Quirmizi. —Me entregó el florero—. Y sólo había cuatro velas.
—Así está bien, gracias hermana. —Jessica le dio un pequeño beso en la mejilla a su gemela. En cualquier otra situación me hubiese sentido enternecida por la pequeña demostración de afecto, pero en esa circunstancia lo visualicé como una despedida—. ¡Rápido, no hay tiempo!
Las tres pusimos manos a la obra. Fernanda se dedicó a recoger cualquier cosa de la habitación que pudiese estorbarme para llevar a cabo un ritual que desconocía, mientras que Jessica puso todo su esmero en construir un pequeño altar sobre el escritorio con las velas y las flores que servirían como ofrenda. Por mi parte, sólo pude sentarme al borde de la cama, temerosa, pero con unas inmensas ganas por comenzar con mi libertad. Para ello necesitaba concentrarme, buscar las palabras adecuadas para orar, sin embargo, la intranquilidad que me embargaba era un impedimento para que pensara claramente.
—Emily. —Mi amiga de cabello morado tocó mi hombro, sacándome de mis pensamientos—. Debes darte prisa. Estaremos abajo por si necesitas algo. —Asentí—. Todo saldrá bien, no debes tener miedo, ¿de acuerdo?
Ambas hicieron ademán de salir de la habitación, pero me levanté de golpe de la cama, mostrando mi nerviosismo. Se detuvieron en el alféizar de la puerta, adivinando mis pensamientos. Las dos se acercaron a mí para encerrarnos en una brazo triple que caló hasta mi alma, lo que provocó que las tres comenzáramos a llorar, mirándonos frente a frente.
—Las quiero como no pueden imaginárselo, y estaré eternamente agradecida con ustedes por ser mis amigas y ayudarme con esta locura. No sé que hubiera hecho sin ustedes dos. —Por unos segundos un nudo se atoró en mi garganta, impidiéndome continuar con mi despedida, por lo que sólo pude llorar con mi cabeza pegada a las de ellas—. Si algo sale mal, quiero que le cuenten todo a mis padres, desde el primer golpe que me dio Eduardo, hasta este momento.
—Emily, saldrás de aquí con nosotras y podrás contárselos tú misma. —La voz de Fernanda temblaba al igual que la mía, pero una sonrisa estaba dibujada en su rostro—. Pero aún así quiero decirte que te quiero amiga, y estoy orgullosa de ti por hacer esto.
—Basta de cursilerías. —Jessica se apartó de nosotras con brusquedad, dándonos la espalda—. Eduardo estará aquí en cuestión de minutos. Vámonos Fernanda. —Caminó fuera de la habitación, y se detuvo durante varios segundos—. Maldición, ¿a quién engaño? ¡Ven aquí, pedazo de tonta!
Las tres corrimos para reencontrarnos en un abrazo que duró apenas unos segundos, pues el sonido de una puerta siendo golpeada hizo que nos separáramos.
—¡Date prisa! —gritó Jessica con el rostro más pálido de lo normal.
Vi por última vez las cabelleras de mis amigas antes de que desaparecieran por la escalera. De nuevo estaba sola, con el miedo calándome hasta los huesos. Me sentía indefensa, como una niña pequeña a merced de los monstruos en la oscuridad. Por milésima vez el sentimiento de la tristeza me golpeó. Realmente no sabía si estaba preparada para romper mi unión con Eduardo, pero luego su voz hizo que me olvidara de mi debilidad.
—¡Joder Emily! ¡Abre la puerta! —Sus gritos se escucharon amortiguados por la lejanía, pero los sentí como si me estuviese gritando en mi oído—. ¡Aldair! ¡Ábreme de una puta vez!
Me encerré en la habitación, deseando que todo saliera bien. Las velas estaban encendidas, las flores estaban colocadas a un lado de éstas, y la parcial oscuridad me incitaba a proclamar mis palabras al cielo, esperanzada de que el dios escuchara mi petición.
Me hinqué sobre el suelo de madera. Mi meñique izquierdo pareció temblar, pero la sensación fue gracias al destello rojo que emanó debido a la cercanía de Eduardo. Ignoré los factores exteriores, debía de concentrarme, tenía que volverme una con mi deseo... Quería, realmente necesitaba, que todo saliera bien.
—Quirmizi, por favor, necesito que me escuches. —Un fuerte golpe hizo que perdiera la concentración en mi rezo. En la parte inferior de la casa se escuchó el grito de Fernanda, por lo que me puse de pie e hice ademán de salir de la habitación, pero recordé que todo eso se debía a mí, y que entre más rápido terminara mi plegaria, más rápido terminaría todo. Me volví a hincar, ignorando un segundo grito—. Por favor Quirmizi, te pido con todas mis fuerzas que rompas...
Un golpe. Dos gritos desgarradores que taladraron hasta lo más profundo de mi ser. Un sollozo. Groserías inteligibles que resonaron por toda la casa. Otro golpe. Más gritos aterrados.
Silencio.
Más silencio.
Demasiado silencio.
Inevitablemente me puse de pie y busqué cualquier cosa que pudiese servirme para defenderme: un trofeo de metal sobre una repisa en la habitación de Aldair. Me quedé callada, atenta a cualquier ruido pegada contra el librero. El silencio se prolongó por varios minutos hasta que el piso de madera de las escaleras crujió bajo el peso de algunos pasos lentos. Alguien estaba subiendo al segundo piso, y por la tranquilidad de los pasos tuve un mal augurio. Respiré con profundidad cuando la perilla de la habitación se movió.
La puerta se abrió, revelando una figura terrorífica.
—Hola mi amor.