3 - El río

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Alice estaba sentada al margen de los demás, limpiando el arma que le habían dado. Solo habían pasado veinticuatro horas y ya se sentía como nueva, como si volviera a estar en casa. Le daba igual estar en medio del bosque. O dormir en el suelo. O tener poca comida. Nada malo importaba.

Y, sin embargo, cuando limpió el interior del arma con un trapo viejo, no pudo evitar acordarse de las clases de Rhett. Lo había aprendido con él.

Y él la... la había...

No, él no importaba. Quienes importaban eran los que seguían con ella. Rhett era historia. No le importaba en absoluto. Tenía que desaparecer de su cabeza. Ya tenía demasiadas cosas malas como para añadirlo a él. No se merecía ni ese derecho.

Justo cuando había limpiado la última pistola que tenían, Tina se acercó a ella con una mueca.

—Creo que deberías dejar que te viera la espalda.

—Estoy bien —refunfuñó Alice.

—De todos modos, prefiero verla.

Ese día, ella había encabezado la marcha. Y había estado comiéndose todas las ramas, espinos y todo tipo de cosas punzantes del bosque ella solita. Pero apenas lo había sentido. Cada vez que daba una patada a una rama caída, era como si estuviera pateando a Deane, o a Kenneth, o a Rhett. O incluso a Giulia. Todos eran una buena opción.

Alice suspiró y se giró para darle la espalda. Tina se agachó detrás de ella y le subió la camiseta hasta los hombros. Por el suspiro que soltó, supo que no le gustó lo que veía.

—¿Cómo puedes haberte hecho tantos rasguños?

En cuanto se puso a hacer lo que podía con el agua del arroyo y un trapo medianamente limpio —no tenía sus ungüentos, se habían quedado en el hospital de la ciudad— Alice notó un latigazo de dolor en toda la espalda que hizo que se aferrara con fuerza al tronco del árbol que tenía delante.

—Sé que duele —le aseguró Tina—. Lo haré tan rápido como pueda. Este rasguño no me gusta nada.

Sabía de cuál hablaba. Del que se había hecho poco antes de llegar con una rama que estaba en medio del camino. Había notado la piel desgarrándose junto a la camiseta y, pese a que no había sangrado demasiado, había escocido en todo momento.

Alice soltó un gruñido de dolor cuando Tina siguió curándola.

—Al menos, veo que Charles no te hizo daño —murmuró ella.

No, la verdad es que Charles se había portado bien con ella... dentro de lo que cabía, claro. No iba a olvidar que no tenía problemas en venderla.

—Yo le rompí un vaso —murmuró ella.

—Bueno, estoy segura de que podrá superarlo.

Tina se separó, pero le hizo quitarse la camiseta vieja. Estaba destrozada y sucia. Tina se quitó su propia chaqueta, quedando con una fina camiseta, y se la dio a Alice.

—¿No tendrás frío? —preguntó ella, dubitativa.

—Más frío tendrás tú si te quedas en sujetador. Venga, cielo, póntela y no protestes.

Alice se puso la chaqueta. Seguía algo caliente, y le iba un poco pequeña. Tina era más menuda que ella. Pero no importó. Agradeció tener algo cálido alrededor, porque por las noches la temperatura bajaba en picado.

Cuando se acercó de nuevo a la pequeña hoguera que habían hecho, Trisha y Jake discutían sobre quién debía hacer la primera guardia. Alice supo la respuesta al instante.

Ciudades de Humo (¡YA EN LIBRERÍAS!)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora