Extra 3 - 'La habitación de Rhett'

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¿Dónde demonios se había metido Alice?

Miró la puerta de nuevo, irritado. Los demás ya estaban aquí. Se giró hacia el chico que había visto con ella unas cuantas veces, que se llamaba... ¿Tom? El que había echado unas cuantas miradas desagradables a Alice. 

Bueno, como se llamara. ¿A quién demonios le importaba su nombre?

—Eh, tú —lo llamó con el ceño fruncido, a lo que como-se-llamara dio un respingo—. ¿Por qué no está todo el mundo aquí?

—Yo... eh... no sé... supongo que...

—Déjalo —Rhett puso los ojos en blanco—. Dispara, se te da mejor que pensar.

Como-se-llamara enrojeció un poco y volvió a centrarse. Los demás fingieron sabiamente que no habían escuchado nada.

Rhett los revisó con la mirada, poco centrado, hasta que por fin escuchó la puerta de la casa de entrenamiento abriéndose. Se giró de golpe y no pudo evitar poner mala cara a Alice, que estaba casi completamente cubierta de barro.

—¿Sabes qué hora es? —le preguntó, acercándose.

Alice tragó saliva y echó una ojeada insegura a los demás.

—Sé que llego tarde —aclaró.

—Sí, exacto. Y espero que tengas una buena excusa.

Su buena excusa fue levantar la mano que, para el asombro de Rhett, estaba vendada.

—¿Qué demonios has hecho? —preguntó, olvidando por un momento que no debería preocuparse por eso con tanta gente delante.

—Ir a clase de Deane.

—¿Qué...? —oh, iba a matarla—. ¿Deane te ha hecho esto?

—Bueno, no exactamente... ha sido en el circuito.

—En las cuerdas —masculló Rhett. No era muy difícil deducirlo.

Alice asintió con aire avergonzado. Él tuvo que contenerse para no decirle nada más. Ya se ocuparía de ello.

—No puedo usar la mano —añadió Alice, mirándolo—. Ni siquiera puedo doblar los dedos.

—Muy bien —dijo él finalmente—, te has librado de esta clase. Pero te quiero ver aquí a la hora de la clase extra, como siempre.

—Pero... ¿y qué hago ahora?

—Aprovecha para comer algo —le sonrió de lado—. Siempre te quejas de que no te dejo hacerlo, ¿no?

Ella dudó un momento antes de asentir y marcharse felizmente.

•••

Encontró a Deane esa misma noche en la mesa de los guardianes. Estuvo a punto de ir directamente a gritarle unas cuantas cosas poco agradables a la cara, pero tuvo que contenerse. Era mejor no llamar tanto la atención.

Así que dejó la bandeja en la mesa, apartado de ella —como siempre— y empezó a comer como si Deane no existiera. También como siempre, ella tardó pocos segundos en deslizarse por el banco para sentarse más cerca de él.

—¿A qué viene esa cara? —preguntó Deane, mirándolo de reojo.

—No tengo otra.

—Pero tienes otras expresiones —sonaba algo burlona—. ¿O es que hay algo que te preocupa?

—Unas cuantas cosas, sí.

—¿Por ejemplo?

—El hecho de que no seas capaz de dejar en paz a Alice por unos celos absurdos que ni siquiera deberías sentir.

Ciudades de Humo (¡YA EN LIBRERÍAS!)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora