Capítulo 34

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Max estaba mirando unos papeles cuando Alice asomó la cabeza por la puerta. Tenía una sonrisa inocente en los labios.

—Hoooola.

—¿Qué quieres?

—Saludar a mi alcalde favorito del mundo mundial.

—Si no has venido a devolver el cinturón, puedes volver a cerrar la puerta.

Alice le puso mala cara y entró en el despacho. Él ni siquiera había levantado la cabeza. Seguía revisando algo con el ceño fruncido.

—Tienes que sonreír más a menudo, Max.

—No me gusta sonreír.

—Eso ya lo veo.

Ella se dejó caer en la silla que tenía al lado y, tras suspirar, le tendió el cinturón de nuevo. Max levantó la cabeza un momento, solo para quitárselo y ponerle mala cara.

—Espero que la próxima vez que te pelees con alguien, lo afrontes de forma más madura.

—¿Y qué hice inmaduro? —preguntó, irritada.

—¿A parte de recurrir a los métodos de Charles?

Ella enrojeció y se encogió de hombros.

—Estaba enfadada.

—Todos estamos enfadados continuamente. Supéralo.

—Gracias por tu comprensión continua, Max. Es muy reconfortante.

—Con todas las cosas que podías aprender del ser humano, ¿lo primero que se te ocurrió fue aprender ironía?

Ella se encogió de hombros.

—La ironía es divertida.

Se quedó mirando un momento sus papeles y vio un montón de números que no entendió. No era su punto fuerte. Prefería las letras.

—¿Qué haces? —preguntó, curiosa.

—Cuentas.

—¿De qué?

—De los gastos de la ciudad —replicó, algo molesto.

Alice repiqueteó un dedo en la mesa.

—¿Y puedo ayudarte?

—Sí. Callándote me ayudarías mucho.

—Vamos, puedo ser útil cuando quiero.

Max suspiró y quitó la hoja que tenía delante para sustituirla por otra que se veía todavía más complicada..

—¿Por qué no vas a molestar a Jake? —le preguntó.

—Hemos quedado en vernos a la hora del desayuno.

—¿Y con Rhett?

—Está enfadado porque esta mañana nos han interrumpido un montón de veces cuando intentábamos...

—...no necesito tantos detalles, la verdad.

Alice vio que soltaba la hoja y la miraba.

—No vas a irte hasta que tengas algo que hacer, ¿no?

—Creo que los dos sabemos que no, Max.

—Pues muy bien —él suspiró y se puso de pie—. Tenía que ir a ver a Charles y Tina. Puedes venir. Si te callas.

Ella sonrió ampliamente y lo siguió por el pasillo. Max bajó las escaleras sin mucha prisa y lo detuvieron tres veces en que Alice se limitó a mirar a su alrededor, sin tener la menor idea de qué le hablaban. Al final, empezaron a cruzar el patio delantero en dirección a las caravanas.

Ciudades de Humo (¡YA EN LIBRERÍAS!)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora