La furia de Damian visita la granja Kent

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Tras la pasada pelea que los clones habían tenido jugando las cartas, la batifamilia optó por qué era mejor tenerlos separados a cada uno respectivamente.

Lois aceptó llevar a su casa al Damian gruñón, pues quien mejor que ella para aplacar los sumos del menor. Bruce había aceptado la idea, al igual que el resto de los chicos, sin embargo, Jon no podía aceptarlo. Bastante tenía con verlo una o dos horas al día, pero las 24 horas era inaceptable, y por si fuera poco, tendría que compartir su cama con él.

—Alégrate, Jon. Ahora ya no tendrás que lavar los trastes tu solo, ambos podrán apoyarse mutuamente —habló Lois, en un intento por que su hijo cambiase la cara larga que llevaba a lo largo de todo el camino.

Los cuatro: Clark, Lois, Damian y Jon venían a bordo del modesto auto de los Kent con rumbo de regreso a su casa. El chico de los Wayne venía inmerso en el rítmo de la música en sus auriculares, ignoraba al resto, pues el frío recibimiento de Jon no era algo que le importase lo suficientemente.

—Basta, mamá —chilló el ojiazul sin quitar la mirada de la ventana —quiero dormir en el techo de ser posible.

—Jonathan —exclamó el padre lanzándole una severa mirada por medio del retrovisor —recuerda tus modales, él es nuestro invitado y lo tratarás como tal.

—Como sea —el menor no hizo más que que rodar los ojos.

Para cuándo finalmente habían llegado a su hogar Damian se quitó los audífonos, de inmediato fue a bajar su maleta y la dejó en la puerta de la casa para ir directo a explorar la granja, pero en cuanto el moreno se descuidó Jon no dejó de patear su maleta una y otra vez.

—¿A dónde crees que vas, jovencito? —reclamó la reportera en dirección de Wayne con los brazos cruzados.

—Quiero conocer a los animales —se limitó a contestar sin interrumpir su camino.

—¡Damian Bruce Wayne Al Ghul! —exclamó la mujer con una voz tan potente que al mismo Clark le hizo poner los pelos de punta —Ven aquí ahora mismo. Te doy cinco segundos —amenazó con una desafiante miradas de aquellas infalibles —Uno...

El niño detuvo sus pasos por un instante pero tan solo permaneció ahí en pie.

—Quiero ver a los animales —reafirmó.

—Primero deberás acomodar tu ropa y tus cosas. Son las reglas en esta casa, después podrás explorar todo lo que quieras. Dos...

Pero Al Ghul no dió ni un solo paso.

—Tres... —la furia de la mujer comenzaba a desatarse. —Cuatro...

El chico dió un vistazo a su descuidada manicura.

—Cinco.

En ese instante Damian se echó a correr, no hacía Lois, sino a los campos de maíz que recientemente comenzaba a crecer. La furiosa madre en ese instante se lanzó a perseguirlo.

—¡Juro que esta noche no habrá postre para ti!

Lane conocía perfectamente los campos, muy a diferencia de Wayne quien pronto detuvo sus pasos al verse en medio del sembradío. La mujer tomó la manguera del piso y siendo con la que se limpiaban el lodo y la suciedad de los establos, apuntó contra el chico en cuanto logró ubicarlo, y el agua a presión lo golpeó con tanta fuerza que logró aventarlo de cara al lodo.

—A la casa —insistió Lois.

Damian se levantó del lodo poco a poco y se limpió lo que pudo del rostro con sus manos. Apenas podía creer que Lois fuera capaz. Sus manos se hicieron puño y su mandíbula pronto compactó sus dientes, sin embargo no era capaz de hacer nada, tenía límites y su propia moral, e indudablemente Lois era protegida por esta.

El niño salió del sembradío completamente asqueado de sí mismo, refunfuñando insultos que solo él entendía.

Jon estaba a punto de soltar una carcajada pero Clark le tapó la boca antes de que pudiera sonar algo, a pesar de que él mismo estaba tan sorprendido de lo que su esposa había hecho.

Lois le dió una mojada más para limpiarlo del lodo. El empapado pequeño tan solo se dirigió a la casa a buscar un poco de calor, pues empezaba a tiritar de frío. Pero Clark le negó la entrada parándose frente a la puerta, no iría a entrar con la ropa mojada, y con una severa mirada lo obligó a desnudarse.

...

El Damian perfeccionista se había ido a vivir al departamento que Jason y Tim compartían, y ellos no podían estar más felices de su elección.

—¿Es enserio? —respondió Todd arqueando ambas cejas con una retórica tal que insultaba la inteligencia de aquella fracción de su pequeño hermano.

—La cocina es un asco —volvió a insistir —ambos son unos cerdos... no, no de nuevo ese picor —gimoteó retorciéndo su cuerpo ante un posible escalofrío  —¡No puedo tolerar su desorden! —gritó.

—Podemos ayudarte a limpiarlo —propuso Tim con una sonrisa de oreja a oreja y chocó los puños con Jason. Ambos sabían que no harían absolutamente nada.

—¡No! —rápidamente exclamó el menor —¡Son tan torpes como un tractor! No son capaces de separar por colores, por tamaños, por formas ¡Son unos inútiles, holgazanes!

—Está bien —respondió Jason con aquella misma ironía —podemos irnos para que puedas organizar a tu manera.

—Estaremos aquí cercas nada más —agregó Tim.

—¡Por favor! Idiotas... Ineptos... Asquerosos... Simios pútridos —refunfuñaba para sí mismo.

Jason y Tim salieron del departamento, con una sonrisa de satisfacción que no cabía en sus rostros y casi bailando de la emoción. Ambos una vez más chocaron los puños.

—¿Qué? Vamos por una cerveza.

—Yo no tomo, Jason.

—Eso dicen todos los que terminan vomitando en sus ropas.

—Va, pero solo unas cuantas.

Los cristales de la personalidad de DamianDonde viven las historias. Descúbrelo ahora