XXIII. El martillo cae

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XXIII. El martillo cae

“Yo... Ustedes me encargaron que investigara”, responde tímidamente Ibis.  El contraste de la imagen que proyecta ahora con la que proyectaba cuando la conocí es notable.  Hace un par de días era una gata segura de sí misma y agresiva.  Hoy día está completamente cambiada.  Algo ha pasado y no lo estoy viendo.

“Eso fue antes de que llegara Cliste”, indica Jaque. “Como bien me explicó él, no tenía sentido que tú, que podías ser una sospechosa, seas la que lleve a cabo la investigación.  Y bueno, todos conocemos a Cliste y sabemos que es el mejor detective que podríamos tener.  Por más antipático que nos caiga.  Tenía sentido que él se encargue”

“Exacto.  Tenía sentido que yo me encargue”, se mete Cliste. “Y aun así, te encontramos en el jardín en donde la familia de Dalton fue envenenada.  No estabas sola.  Estabas con varios otros gatos.  Buscando evidencia, ¿no es cierto?”

“Sí, así es.  Estaba buscando evidencia”

“¿Y encontraste algo útil?”, pregunta el detective.

“No realmente.  Nada útil”

“Y si lo hubieras descubierto, ¿la habrías revelado?”

Todos guardan silencio de inmediato.  Estaban mirando a Cliste, pero todos pasan de inmediato a ver a Ibis.  Ella lo nota y se pone nerviosa.

“¿Qué estás sugiriendo?”, pregunta ella nerviosa.

“No estoy sugiriendo nada.  No hace falta.  Tú lo estás haciendo por mí, querida Ibis.  Y es que es particularmente sospechoso, ¿no crees? Ya te habían dicho que tú no tendrías parte en la investigación.  Pero eso no te importó.  Igual fuiste a ese jardín con un grupo de los gatos más confiables de tu entorno a examinarlo”, Cliste camina mientras habla.  Termina junto a Kenzo, el gato negro encargado de la seguridad. “¿No crees que es momento de revelar la verdad? ¿De confesar?”

Ella calla.  Todos la miran.  Yo no puedo creer lo que estoy oyendo.  La miembra del Consejo está por confesar.  Pero, ¿de qué? ¿Del asesinato? Cuando él le dijo a Cliste que sospechaba de Ibis, el detective insistió en que ella no era la respuesta.  Que había que considerar otras variables.

“Está bien, no respondas”, le interrumpe Cliste y luego se dirige a todos los demás. “Hablemos de otra cosa, entonces.  La noche del envenenamiento, tú llegaste donde Febo antes que todos los demás miembros del Consejo.  Estabas ahí desde el comienzo, incluso antes que Kenzo, quien se supone que está encargado de la seguridad del distrito. ¿Cómo es eso posible?”

“Fui la que más se apresuró”, responde Ibis dudando.  Los demás están en completo silencio.  De hecho, Jaque la está escuchando con la boca abierta. “Traté de llegar lo antes posible”

“¿Por qué?”, pregunta Cliste.  Y en ese momento se le acerca un poco. “Está bien, lo puedes decir.  Va a ser lo mejor”

Ibis mira de un lado a otro y no confiesa.  Todos la miran.  Cliste está sonriendo.  Ibis no dice nada.

“Tú tienes un interés personal por este caso, ¿no es cierto?”, añade el detective. “Tú corriste más que otros y estabas al tanto de lo que pudiera pasar, porque tenías un interés personal en todo esto.  Por eso también fuiste al jardín donde vivió Dalton con su familia.  Con su madre, Enola.  Una gata que vivía con varios lujos a pesar de todo.  Su padre, Picasso, me cuentan...”

“Está bien, está bien”, Ibis interrumpió al detective. “Pero antes dime cómo me descubriste”

“No fue muy complicado, de hecho.  Como te digo, había algo que no cuadraba.  Estabas particularmente al tanto de lo que sucedía en ese lado del distrito.  Quizás hasta tenías un informante apostado con el encargo de avisarte si pasaba algo.  Y tú reacción cuando se te quitó el encargo de investigar lo que había pasado fue bastante inusual.  No es por nada, Ibis, pero claramente yo estoy mejor capacitado para descubrir qué fue lo que pasó esa noche que tú.  Hasta Salem que me odia estaba tranquilo con que yo me encargara de la investigación.  Pero no huiste, lo cual me pareció interesante.  Digo, tú sabes perfectamente que casi nunca fallo.  Tú me has conocido desde el comienzo, desde mis primeros casos.  Sabes que sería tonto quedarse aquí si yo estaba investigando el asunto.  Aún así te quedaste.  Además, fuiste con un contingente de gatos a la casa de Dalton a buscar algo.  Con muchos.  Si hubieses sido la culpable, habrías ido tú sola.  No te habrías expuesto a que todos sepan que hay algo raro”

Todos estaban oyendo con mucha atención a Cliste.  Por eso cuando para de hablar y mira fijamente a Ibis, el suspenso no se puede mantener por mucho tiempo.  Es Jaque el que intervino.

“¿Qué estás diciendo, entonces?”, dice molesto. “¿Es Ibis la culpable o no?”

“¿De los asesinatos? Por supuesto que no”, dice Cliste de inmediato sin dejar de mirar a la gata en cuestión. “No es la culpable de los envenenamientos.  Aunque sí es culpable de algo más”

“¿Entonces, quién fue?”, pregunta Jaque.

“Oh, ¿no es obvio? Fue Kenzo”

Todos se voltean hacia el gato negro.  Éste se sorprende.  Levanta las orejas y su cola se estira.  Da un par de pasos hacia atrás, pero los gatos que ha traído de respaldo le impiden seguirse moviendo.  La multitud se le acerca lentamente.

“¡Deténganlo!”, grita Jaque. “Que no se mueva”, luego se dirige a Cliste. “¿Estás seguro de esto?”

“¡Vamos!”, le dice Kenzo a los que lo sostienen contra el suelo. “¡Esto es un error!”

“Lamentablemente no lo es, querido Kenzo”, Cliste se voltea hacia él y mientras habla camina lentamente en su dirección. “Lamentablemente has hecho un trabajo bastante flojo y ha sido bastante simple encontrar una prueba definitiva”

Cliste se voltea hacia mí y me señala el pedazo de papel que trajo.  No obstante, la explicación que está por venir es estrictamente para el Consejo.  La masa de gatos que está ahí no piensa esperar nada.  Ellos han venido porque han sufrido profundas pérdidas y les habían ofrecido al culpable.  Ahora lo tienen aquí y quieren venganza.

“Dalton, hazme un favor y voltea ese papel”

Con mucha inseguridad porque la situación es muy poco usual, lo hago.  Todos nos demoramos en reconocer qué es lo que muestra.

Mientras tanto, la multitud llega a Kenzo y comienza su castigo.

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