III. En camino a Febo

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III. En camino a Febo

“Mamá, resiste”, le digo poniendo mi cabeza debajo de su cuello, como tantas otras veces lo he hecho antes. “Regresaremos con ayuda”

“Ya viniste con ayuda”, me dice ella sonriéndome. “Trajiste a Astra.  Ella sará qué hacer.  Ahora vayan.  Corran y traten de salvar a Bianca y a Gigio.  Nosotros los esperaremos aquí”

“Pero, mamá...”, comienzo a decir.  Veo que Iker niega con la cabeza.

“¡Sal de aquí!”, me grita mi hermano. “Lleva a Bianca con el curandero.  Ve y sálvala”

Yo lo miro y se me nubla la vista.  Nunca antes había llorado así.  Siento de pronto la garra de la gata gris en mi hombro.

“Tenemos que irnos si es que queremos salvar a alguien”, me dice.  Luego toma a Gigio en su boca y da media vuelta evaluando el patio.  No está segura de cómo salir de aquí.  Me apresuro en tomar a Bianca en mi boca y con mucho esfuerzo comienzo a seguir a la extraña mientras ella ingresa a la casa abandonada a la cual pertenece el patio en el que vivimos.  

La tal Astra corre por las habitaciones polvorientas hasta llegar a una ventana rota que da a la calle.  De un salto con gracia pasa por el hueco en la ventana y llega al otro lado.  Yo no pienso en nada más que no sea seguirla.  Doy el salto con la fuerza que me alcanza mi cuerpo cansado y si bien logro atravezar la ventana por el hueco en el vidrio, no puedo caer al otro lado con la elegancia con la que lo hizo ella.  

Caigo con un lado de mi cuerpo primero y luego ruedo un par de veces.  Suelto a Bianca, la cual emite un maullido débil de dolor.  La caída le ha golpeado fuertemente.  Me apresuro a recogerla nuevamente, ignorando el duro dolor que siento en mi pata derecha.  Antes de levantarla le pido disculpas.  Ella no me responde.

Escucho un gruñido a un lado.  Me volteo y veo que la gata gris me está esperando con Gigio en la boca.  Luego retoma su camino.  Corre por la calle llevando a mi hermano.  Yo voy tras ella a duras penas.  Cada salto que doy pienso que podría ser el último, pero me obligo a mí mismo a continuar.  La vida de Bianca depende de mí.

Corremos por varias cuadras.  Me sorprende que nadie nos venga a ayudar.  Algo está mal.  Usualmente de noche esta zona está repleta de gatos yendo de un lado para otro.  Si alguno nos viese, vendría ayudarnos.  Algo no está bien, definitivamente.

Es más, cuando llego a la esquina en la que hay una casa con un inmenso jardín en la fachada me preocupa no ver ahí a los usuales gatos jóvenes conversando y burlándose de los que pasan por ahí.  Mi madre siempre me prohibió tomar este camino para no cruzarme con ellos.  Ahora no los veo.  Es extraño.  Ellos siempre están ahí.

A media cuadra los músculos de mi quijada no dan más y sueltan a Bianca.  Ella nuevamente emite un maullido débil.  Ya no puedo más.  Jadeo, trato de recuperar mi aliento.  Me falta el aire.  

“¡Hey!”, grito.  La gata gris para y se voltea hacia mí.  No suelta a Gigio. “No puedo más. ¿Falta mucho?”

“¿Nunca has ido donde Febo?”, me pregunta acercándose lentamente.  Ha soltado a Gigio, el cual cae cual piedra al suelo. “¿El curandero? ¿No sabes en dónde está?”

“No, lo siento”, le respondo.  De pronto me siento mal por haber hecho la pregunta.

“Faltan un par de cuadras.  Cada segundo cuenta.  Toma a tu hermana y sígueme”, regresa donde Gigio, lo recoge y sigue su camino.

Sin más ni más, ella sigue corriendo.  Yo hago un último esfuerzo, levanto a mi hermana y continúo siguiéndo a la gata gris.  Mi cojeo se está acentuando.  Los músculos de mi boca están cada vez más flojos.  No podré mucho más.  De pronto, mi cuerpo ya no me responde.  Caigo de costado, suelto a Bianca y estoy a punto de desmayarme.

“¡Ayuda!”, grito con todas las fuerzas que puedo. “¡Necesito ayuda!”

Pero nadie viene.

Me quedo tirado en el suelo mirando al cielo primero, luego a mi hermana Bianca.  Apenas puedo notar que respira.  Sigue con los ojitos cerrados y con una expresión de sufrimiento.  Ya no llora, pero en la cara se puede ver le ruta que tomaron las lágrimas.  

No puedo evitar llorar yo mismo.  Le he fallado a mi madre.  Le he fallado a Bianca.  Le he fallado a todos.  Debí ser más fuerte.  Debí correr más rápido rumbo al techo de Maliki.  Debí convencer en menos tiempo a la gata gris.  Debí demorarme menos en decidir a quiénes traeríamos.  Pero fui débil.  No pude con el peso de mi hermana y ahora estoy aquí tirado.  Solo.  Abandonado.

Volví mi vista al cielo estrellado.  Lo usual era que en la ciudad no se pudiera ver más que un cielo gris deprimente.  No obstante, ese día el cielo estaba extrañamente despejado.  No era usual.  Las estrellas capturaron mi atención.  Me quedé mirándolas y sin darme cuenta, mis ojos se comenzaron a cerrar.  El cansancio era así de fuerte.

Cuando creo que ya todo está perdido, siento que me levantan del suelo.  Abro los ojos pesadamente y veo que otro gato está levantando a mi hermana.  Bianca y yo estamos siendo transportados hacia Febo por dos gatos adultos.  En la oscuridad no los llego a reconocer, pero no me importa.  Debo recordar agradecerles luego.

De pronto pasa junto a mi la gata gris.  Está corriendo a grandes saltos.  No diría que era veloz, sino algo más.  Era más bien... precisa.  Cada movimiento, cada salto, cada impulso era exacto.  Saltó de la calle al borde de un muro y desde ahí siguió su camino y se perdió detrás de una esquina, en dirección a mi casa.  No pude seguirla admirando.  

Lo que sí pude ver fue a los gatos que la seguían, teniendo problemas para mantener el ritmo de la gata gris.  Sonreí y no me sentí tan mal.  Se veían tan desconcertados como yo, que hace un rato había pasado por exactamente lo mismo.

Me acordé entonces de mi madre.  De Iker y de todos los demás.  Me retorcí en la boca del gato que me estaba llevando y caí al suelo.  Éste se volteó hacia el que llevaba a mi hermana y le habló con voz gruesa y segura.

“No pares”, le dijo. “Lleva a esa gatita donde Febo.  Aun la podemos salvar”

Luego se volteó hacia mí y me miró fijamente.  Me sentí mal de haberme hecho soltar.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora