XII. Medicina fatal

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XII. Medicina fatal

“¿Entonces quién fue?”, le pregunto de inmediato a Cliste. “¿Ya lo sabes?”

Él se detiene y me mira.  Con la cola estática me mira y me pregunta.

“¿Quién crees tú que podría haber sido?”

“Ibis”, respondo sin pensarlo.

“Pues, sí.  Supongo que es la opción más obvia.  Y quizás sea la respuesta correcta.  Pero en este momento no lo podemos decir con seguridad aún.  Vamos, salgamos de aquí”

“¿A dónde vamos?”, pregunto.  Cliste antes de saltar del techo de Maliki responde de un grito.

“¿A dónde más?”, pero no añade nada.  Yo me volteo hacia Astra, quien me mira inexpresiva como de costumbre, pero no brinda más información.  Ella también camina al borde del techo y salta.  Supongo que no me queda otra alternativa que seguirlos.

Esta vez ir detrás de ellos no es fácil.  Cliste está corriendo, saltando de un lado para otro.  Tiene un destino en la cabeza y quiere llegar a él cuanto antes.  No me necesita a mí guiando el camino.  Y Astra va detrás de él a la misma velocidad.  

Esto me deja a mí en aprietos.  Yo tengo las piernas más pequeñas y aun estoy adolorido por mi proeza de hace un par de días.  Se me hace muy complicado mantener el ritmo.

Después de unos minutos, ya no los puedo ver y no sé hacia dónde ir.  Cliste no llegó a decirme a dónde se dirigía, así que no sé qué hacer. Me quedo parado en el medio de una calle considerando mis opciones, cuando de pronto, Astra aparece.  Se para delante mí de un salto y con una garra me da un golpe fuerte.  Yo pierdo el equilibrio y caigo al suelo.  La miro desconcertado.

“Nunca dejes de estar en movimiento”, me dice.

“Pero... No sabía hacia dónde se habían ido.  No sabía hacia dónde ir”

“Eso no importa.  Si te quedas quieto te conviertes en un blanco fácil.  Nunca dejes de moverte.  Ahora ven.  Cliste te está esperando”

Cuando damos la vuelta a la siguiente esquina sé a dónde estamos yendo.  Vamos a visitar a Febo, el curandero.  Bajamos por la rampa y caminamos hasta la esquina en la que esa noche había atendido a varios de los gatos envenenados.  Y dentro de la habitación que alguna vez estuvo llena de pacientes, está Febo con otros dos gatos hablando con Cliste.  En el medio de todos, el pedazo de veneno sólido.

“Pues, tienes razón”, le estaba comentando Febo a Cliste cuando entramos. “Nunca había visto algo así”

Febo era un gato delgado y muy viejo.  Tenía los bigotes zigzagueantes y un ojo que no funcionaba.  Sus movimientos eran lentos y su mirada cansada.  Hablaba haciendo pausas para respirar.

“Si tuvieras que describir a la persona que preparó este veneno, ¿qué dirías?”, le pregunta Cliste.

“Oh, pues, que es un inexperto, para comenzar”, Febo sonríe. “Éste es el trabajo de un principiante”

“Exactamente lo mismo que pensé yo”, indica Cliste. “Y por eso es que varios gatos sobrevivieron. ¿Cuántos, aproximadamente?”

Me sorprendo yo mismo.  En todo este tiempo que había estado dando vueltas con Cliste y con Astra no me había detenido a pensar en que Bianca y yo no habíamos sido los únicos que sobrevivimos lo sucedido hace dos días.  Me siento mal al respecto.

“Pues, tiene sentido.  En total han sobrevivido unos quince gatos, entre los que se encuentran tu nuevo amigo”, dice mirándome a mí. “Y su hermana.  Por supuesto, él sobrevivió porque no consumió el veneno.  En cambio, ella.  Ella sí lo consumió y la pudimos salvar porque la trajeron a tiempo”

“¿Y qué usaron de antídoto?”, pregunto yo.  Me sorprende que no haya hecho esa pregunta antes.

“Pues, en términos estrictos no usamos ningún antídoto”, responde Febo. “Lo que usamos fueron unas infusiones que parecieron calmar los síntomas.  Esto quiere decir que el veneno mismo era muy débil.  Nuevamente, el trabajo de un principiante”

“¿Conoces este veneno?”, pregunta Cliste. “Es una versión mal hecha de algo que de haber sido hecho bien habría matado a todos.  Pero, ¿conoces la receta? ¿Qué veneno es?”

“Hm”, dice Febo pensativo.  Se acerca al cristal y lo huele y luego lo lame.  Después escupe lo que ha lamido. “Sí, lo conozco.  Lo llamamos aspirina”

“¿Aspirina?”, pregunto yo.  Me parece haber oído esa palabra alguna vez.

“Así es.  Para lo humanos es una medicina.  La toman cuando tienen dolores de cabeza.  Pero para nosotros los gatos es fatal.  Veneno.  Lo normal es que nos mate de a pocos.  Pero esto”, hace un gesto hacia el cristal que trajo Criste. "Esto mata a las pocas horas.  El que hizo esto sabía lo que quería, pero no fue muy hábil para fabricarlo"

"Pero, ¿lo hizo por su cuenta?", pregunto yo intrigado. "¿O tomó la medicina para humanos y la transformó en esto?"

"Partió de la medicina", responde Febo.

“Entonces, necesitamos saber quién tiene acceso a una buena dotación de aspirinas”, comenta Cliste. “¿Alguna idea?”

“No creo que eso te lleve a nada.  Miraflores tiene un montón de farmacias.  Vigilar todas se te va a volver imposible”, responde Febo.

“Pero no necesitamos vigilar todas.  Necesitamos saber cuál de ellas ha reportado inventario perdido o robado. ¿Cuántas aspirinas debe de haber necesitado el asesino para preparar esta cantidad de veneno?”

“No lo sé.  No tengo idea.  Pero definitivamente una cantidad que no habría pasado desapercibida por los humanos.  Tú sabes cómo son”

“Perfecto”, dice Cliste y se dispone a irse. “Muchas gracias, Febo”

Los tres salimos de ahí y al cabo de unos segundos estamos subiendo por la rampa a la calle.  Cuando ya estamos lo suficientemente lejos, le hago la pregunta al detective.

“¿Es Febo también un sospechoso?”

“Mi querido aprendiz”, responde él. “Todos son sospechosos.  Pensé que había dejado eso claro”

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora