XXV. El adiós final

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XXV. El adiós final

Los siguientes días son extraños.  Sé que debería sentirme de otra manera, pero ése no es el caso.  Ibis insiste en que Bianca se quede a vivir con ella.  Ambas congenian de inmediato, así que no hay problema.  Yo insisto en irme con Cliste como su asistente.  Todos tenemos claro que el mundo debería tener más detectives como él, así que apoyan que yo sea su aprendiz.  Incluso Astra, que anuncia que se ha cansado de viajar con él y que se quedará en Miraflores.  No nos dice en dónde piensa vivir o cuáles son sus planes.  Simplemente un día se separa de nosotros y nos dice que se queda.  Cliste me explica lo demás.

En cuanto a Kenzo, sé que se han llevado su cuerpo, pero no sé a dónde.  Simplemente está... desaparecido.  Cliste me explica que es mejor no pensar en ello.  Que hace la labor de un detective más complicada y que no le incumbe.  Lo que sí queda claro es que el distrito de Miraflores necesita un nuevo gato a cargo de la seguridad.  Mientras discuten a quién ponen a cargo, Noa es el que está al mando.

“¿De aquí a dónde vamos, entonces?”, le pregunto a Cliste cuando subimos al techo de la iglesia vieja que está en el medio de Miraflores.  Es una especie de ritual de despedida que al detective le gusta repetir cada vez que viene a este distrito.  Lo sé porque varios gatos están ahí para agradecerle por descubrir lo que en realidad pasó la noche del envenenamiento.  Parientes de las víctimas y sobrevivientes.

“No lo sé”, me dice. “¿Algún destino de preferencia?”

Yo no sé qué responder y me quedo callado.  Cliste entonces sonríe y se queda mirando al horizonte, disfrutando el paisaje.

“Nunca me contaron cuál es tu relación con Astra”, comento.

“Es cierto, nunca te lo contamos”, pero no dice nada más.

Mantenemos el silencio por un rato.  En el suelo, allá abajo, hay varios gatos sentados mirándonos.

“No, en serio”, insisto. “¿Era Astra tu pareja o algo así?”

“¿Tú qué crees?”, me pregunta.

“Pues, no es tu pariente, porque se despidieron muy fríamente.  Así que no creo que sea tu prima o tu hermana.  Aunque quién sabe.  Pero alguna vez han tenido una relación más cercana, porque ella te siguió en tus viajes.  Y estaba dispuesta a dar su vida por ti”

“Continúa”, me dice.

Yo tengo unas cuantas ideas más en mi cabeza, pero no me atrevo a seguir especulando.  Tengo miedo de ofenderlo.  Entonces él retoma la palabra.

“No tengas miedo.  Tómalo como un ejercicio.  Tienes tres intentos.  Si no adivinas a la tercera, te quedarás con la duda para siempre de cuál era mi relación con Astra”

Yo sonrío.  Me gustan estos juegos.  Sí, por supuesto que extraño cómo jugaba con Iker y cómo corría y saltaba porque él me retaba a hacer tal o cual cosa.  Pero estos desafíos que me plantea Cliste son más de acorde a lo que me gusta.  Más para mí.  Son para pensar.  Cuando jugaba con Iker él siempre ganaba porque era más fuerte y más rápido.  En cambio con Cliste yo gano o pierdo.  No estoy compitiendo contra nadie.  Es algo personal mío.

“Me vas a preguntar si fue alguna vez mi pareja”, me interrumpe Cliste.  Yo me lo quedo mirando. “Es la posibilidad más obvia y te he insistido en perseguir las posibilidades con mayor probabilidad. ¿Es ésa tu pregunta?”

“Sí, supongo que sí”, respondo sin realmente pensarlo.  Es la opción más obvia, como dice él. 

“Pues no.  Astra y yo nunca hemos sido pareja.  Te quedan dos intentos”

Y habiendo dicho eso, comienza a caminar lentamente al borde, deja que todos los gatos que están abajo lo vean y luego camina con paciencia hacia el otro extremo, que es por donde subimos.  Yo lo sigo y sé que no pararemos hasta que salgamos del distrito.  Iremos saltando de techo en techo, pacientemente y saludando a los gatos que nos esperen para felicitarnos por el trabajo bien hecho y para agradecernos por haber descubierto al culpable de los envenenamientos.

Yo no estoy seguro de cómo me siento con respecto a esto.  Por un lado me siento triste, porque estoy dejando atrás a mi hermana y a mi nueva abuela.  Y al mundo que conozco.  Pero por el otro estoy contento y emocionado, porque me dirijo a lo desconocido.  A la aventura.  A conocer el mundo y a aprender a ser un detectivo.

“Entonces, ¿a qué distrito vamos?”, le pregunto después de caminar unos minutos en silencio.  Cliste se demora en responderme y lo hace sin mirarme.

“Me han informado que en Barranco ha desaparecido una especie de joya.  Debes estar preparado.  En Barranco los gatos están organizados de otra manera.  Debes estar atento”

Y sin decir más, caminamos hasta el borde del distrito.  El límite entre Miraflores y Barranco es un puente.  Un puente largo e imperfecto, dañado por el tiempo.

Antes de cruzarlo, me volteo una última vez.  Estoy por abandonar el mundo que conozco y nunca he estado más seguro en mi vida de que quiero hacerlo.  Solo espero que pueda regresar vivo algún día.  Y que sea el mismo Dalton que soy ahora en esencia.

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