I. Una tragedia en la familia

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I.    Una tragedia en la familia

Lo que voy a contar a continuación no es algo que me pasara a mí.  No son mis aventuras, a pesar de que yo estoy ahí para presenciarlas.  No soy yo el que pone mi vida en peligro para salvar a otros, a pesar de que por el mero hecho de estar presente mi vida efectivamente está en peligro.  No soy yo el que se debe llevar el crédito.  Es él.

Pero no nos adelantemos.  Hablemos primero de mí.  Cuando sucede esto yo soy un niño.  No puedo sobrevivir sin la constante protección y cuidados de mi madre.  Por eso es particularmente impactante cuando ella misma me dice que ha sido envenenada.

“Escúchame, Dalton”, me dice echada de costado, teniendo problemas para respirar.  Yo estoy parado junto a ella, con lágrimas en mis ojos porque sé que algo está mal.  Temo por ella, temo por mis hermanos.  La verdad -y luego no tendré problemas en aceptarlo- es que estoy petrificado de miedo. “Necesito que hagas esto por mí”

Yo me volteo hacia los demás.  Estamos solos en ese rincón de ese patio en el que hemos crecido.  Mi mundo, mi espacio en el universo.  No conozco nada más.  Por supuesto que me he aventurado fuera un par de veces, pero siempre acompañado de mi madre.  Jamás solo.  Siquiera sugerirme que salga sin acompañante alguno es sencillamente una locura.

“Tienes que ir.  Ve a buscar ayuda”

“Pero mamá”, le digo en voz baja. “Estás mal.  No te puedo dejar solo.  Yo tengo que quedarme.  Que vaya Iker”

Iker es mi hermano.  Es el mayor.  Y si bien yo soy el responsable, Iker es el valiente.

“Dalton, hijo mío”, me dice mi madre. “Iker también está enfermo”

Yo me volteo hacia mis hermanos y caigo en cuenta de que es verdad.  Por alguna razón todos están enfermos menos yo.  De hecho, no me habría dado cuenta de nada si no hubiese sido que mi madre me despertó.  Cuando me fui a dormir, era una noche como cualquier otra.  Nos acurrucamos todos juntos, como de costumbre, y el calor nos ayudó a dormir más rápido.  A las pocas horas, sin embargo, mi madre me despertó gentilmente, como suele hacerlo.  Y me hizo caer en cuenta de la situación.  No obstante, todos parecían estar enfermos menos yo.

“¿Iker?”, le pregunto preocupado. “¿Cómo te sientes?”

Él no me responde.  Solamente me mira.  En su cara puedo ver el dolor.  Los ojos entrecerrados, los labios tensos... Está mal y sufriendo.  Mamá tenía que hacer algo al respecto.

Pero ella está peor.  Está tratando de ser fuerte por nosotros.  Pero es fácil notar que está con mucho dolor. 

“Dalton, tú eres el único que puede ir por ayuda”, me dice.  Yo me quedo estático sin hacer nada. No le respondo, no digo nada.  No sé qué hacer. “Ve donde Maliki.  Ella sabrá qué hacer.  Ve rápido.  Corre”

Yo retrocedo unos pasos.  Luego me volteo hacia el muro que protege el patio en el que vivimos.  El patio está descuidado, con muchas cosas abandonadas y tiradas.  Está sucio, pero es nuestro hogar.  Para salir de ahí debo saltar a una especie de mesa de madera vieja que hay en una esquina y desde ahí saltar al borde del muro.  El primero es un salto bastante común para mí.  A mi edad ya lo he hecho muchas veces.  Iker lo suele hacer primero y después me reta a que lo siga.  Lo normal es que yo sea lo suficientemente tonto como para aceptar el reto.  Pero el segundo... El segundo salto puede resultar un problema.  Soy muy pequeño aún.  Ni siquiera Iker lo alcanza.

“No voy a poder”, le digo a mi madre.  Ella a pesar de todo me sonríe.

“Por supuesto que sí”

Yo voy a la mesa y la subo de un salto sin problema.  La preocupación del segundo salto me tiene nervioso.  Miro fijamente al borde del muro.  A mi objetivo.  Me volteo hacia mi madre y mis hermanos y de inmediato me doy cuenta de que mirarlos fue un error.  Verlos ahí sufriendo y en dolor me afecta.  Mis piernas comienzan a temblar.

Pero solo por un segundo.  Luego me doy cuenta de que mi madre tiene razón.  Soy la única posible salvación.  Si no lo hago yo, nadie lo hará y todos ellos morirán.  Sus vidas dependen de mí.

Me armo de valor y recuerdo lo que me dijo una vez mi hermana menor, Bianca.  Una vez que Iker hizo algo que yo no pude hacer -ni siquiera recuerdo de qué se trataba-.  Ella vio que estaba llorando y se me acercó y con su tierna voz me dijo que ya teníamos a Iker para hacer esas locuras.  Y que lo que ella necesitaba además era un hermano responsable.  Yo la miré y acepté que tenía razón.  Que para proezas irresponsables teníamos a Iker.  Pero que cuando llegaba el momento de confiar en alguien para salvar a los demás era a mí al que acudían. 

Ahora Bianca está en el rincón, junto a los demás.  Con los ojitos cerrados y temblando.  Afectada por lo que sea que está afectando a todos los demás.  Ella necesita más ayuda.  Es más pequeña y podría morir antes.  Si alguien necesita que me apure es Bianca.  Y no la pienso decepcionar.  Yo soy el hermano responsable.  Tengo que hacer lo que tengo que hacer.

Retrocedo hasta donde me lo permite la mesa y luego doy dos saltos hacia adelante antes de llegar al borde e impulsarme con todas las fuerzas de mis patas traseras.  En el aire me estiro lo más posible y con mis garras delanteras llego a sujetarme al borde superior del muro.  Con un poco de esfuerzo logro jalarme a mí mismo hacia arriba y a los dos segundos estoy parado.  Miro una última vez a mi familia y luego comienzo a correr por la parte superior del muro haciendo equilibrio.  Maliki y su familia viven en el techo de una casa cercana.  Me tomaría poco llegar donde ella, pero es un camino traicionero.  Así que mejor es apresurarme.

Hace frío, pero no me importa.  Sé que el camino es peligroso, pero tampoco me importa.  Hay muchas cosas que podrían salir mal, pero tampoco me importa.  Lo único que tengo en la cabeza es la carita de Bianca con los ojos cerrados y temblando.  Si me demoro un segundo en lo que sea y ella tiene que pasar un segundo más en sufrimiento por mi culpa, no me lo podré perdonar jamás.  Así que a pesar de que casi ni me acuerdo del camino y que tengo que arriesgarme a perderme dando una vuelta por aquí y otro salto por allá, tiro hacia adelante porque sé que tengo que hacer lo posible por llegar cuanto antes donde Maliki. 

Cuando por fin veo la casa en cuyo techo vive, estoy jadeando y sudando.  Mis orejas están inclinadas hacia atrás.  Estoy muy cansado y apenas puedo seguir.  Nunca antes había corrido por tanto tiempo sin parar, pero no me puedo dar el lujo de parar a descansar.

Sigo corriendo y doy los últimos dos saltos para llegar al techo.  Ahí le diré a Maliki lo que está pasando y ella sabrá que hacer.  Maliki es la mejor amiga de mi mamá.  Sabrá qué hacer sin duda.

Lamentablemente cuando llego al borde del techo de inmediato me doy cuenta de que algo está mal.  El plan de mi mamá no había contemplado esto.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora