XX. Un repaso con Bianca

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XX. Un repaso con Bianca

Llegar a la casa en la que estaba Bianca no representa un problema.  Recuerdo exactamente en dónde estaba.  Alcanzar ese lugar me toma un rato.  Nada dramático.  Es más, durante el camino ni siquiera tengo tiempo para pensar en mi situación, algo que me ocupa bastante ahora.

Entro por el patio.  Por un momento temo lo peor, pues no escucho nada.  Me imagino que la casa podría estar vacía y que entonces tendría que salir corriendo a buscar a mi hermana.  Y que en ese caso no sabría por dónde empezar.  Que tendría que acudir a Cliste para que me ayude a encontrar a Bianca y que él tendría que estar obligado a ayudarme, pues Maurice, el gato viejo y gordo que él trajo para que se quede cuidando a mi hermana, es su responsabilidad.  No obstante, Cliste tiene una forma bastante peculiar de decidir qué es lo que le corresponde y qué no, así que no habría forma de saber de si aceptaría ese encargo.

Por otro lado, claramente a Cliste le encanta los retos, así que uno más le atraería.  El encontrar a una gatita perdida.

De pronto mi fantasía se esfuma.  Escucho a Bianca roncando levemente en una esquina de la cocina.  La encuentro ahí, con su cabecita apoyada en la inmensa barriga de Maurice, el gato que se supone que debería estarla cuidando.  El cual también está durmiendo.

Mi primer impulso es despertarla para preguntarle cómo ha estado.  Si algo ha sucedido que yo deba saber.  No obstante, si está ahí durmiendo tan plácidamente, seguramente que nada grave ha pasado.  Además, se ve tan tranquila ahí, inofensiva y en paz, que no tengo el corazón para sacarla de su sueño.

Me siento a un lado de ellos, sobre la alfombra.

Miro a ambos.  No sé cuál sea la historia de Maurice, pero pareciera que ha llevado una buena vida.  Es haragán y gordo y está bien alimentado y se le ve limpio.  Debe vivir en una casa.  Debe ser el gato de una familia de humanos.  Y aún así se le ve tan cómodo aquí.  Seguramente le debe un favor a Cliste y por eso accedió a cuidar a mi hermana.

Mientras pienso en qué puede haber hecho Cliste por Maurice, me quedo dormido.  La verdad es que estoy muy cansado de todo lo que he hecho en el día.  De todo lo que he corrido y de todo lo que he visto.  Estoy exhausto.

Mientras estoy dormido sueño con mi familia.  Sueño con mi madre, con Iker, con Gigio y con los demás.  Con todos los que se me han ido y con los que no podré volver a jugar o hablar.  Empieza siendo un sueño bonito y placentero.  Pero luego sé que es un sueño y me deprime, porque también que tengo que despertar.  Solo por eso se convierte en una pesadilla.

Apenas me despierto sé que me he estado retorciendo en el suelo y que me he estado quejando en voz alta, porque frente a mí están mirándome Bianca y Maurice.  

“Oye, muchacho”, me dice él. “¿Estás bien? Has estado haciendo toda clase de sonidos extraños”

Yo de inmediato busco la mirada de Bianca.  Ella me está sonriendo.

Sonriendo. ¿Cómo es eso posible?

Después de todo lo que ha pasado.  De las muertes, del cambio de escenario, de las pérdidas. ¿Cómo puede estarme sonriendo?

A menos que lo esté haciendo para darme valor a mí.  Para mostrarme que no está mal, que no tengo nada de qué preocuparme.  Que puedo seguir con mi aventura con Cliste y dejarla aquí con un extraño.  Bianca es muy valiente, después de todo.  Y muy inteligente.  Siempre lo ha sido.

“¿Todo bien?”, le pregunto simplemente.  Ella me sigue sonriendo.  Asiente.  No dice nada.  Me dirijo a Maurice, entonces. “¿No hubo problemas?”

“¿Qué problema va a haber?”, me responde molesto.  Yo no tengo claro qué agregar, así que no digo nada.

Me acerco a Bianca y la acaricio ligeramente.  Ella se ríe y luego se sienta.

“Y bueno”, me dice. “Cuéntame. ¿Cómo es trabajar para ese detective?”

“Oh, es muy interesante”, le respondo. “No te imaginas”

Me siento junto a ella y le cuento todo lo que ha sucedido desde que nos separamos.  El perro que había conocido, la medicina que habría matado a nuestros padres, la conversacion que había oído a escondidas, lo que había hablado con Febo... Pero sobre todo, las cosas que me había dicho Cliste.

“Es un tipo particular, ese Febo, ¿no es cierto?”, comenta Maurice.

“Pero es una buena persona.  O eso me parece, en todo caso”, comento yo. “Es Ibis la que me preocupa.  Según Cliste, no es muy probable que ella sea la culpable.  Pero aún así no me causa una buena impresión”

“Ibis nunca le cayó bien a nadie”, comenta Maurice. “Desde que era pequeña fue bien... especial”

Bianca y yo miramos a Maurice.  Es de noche y hay poca iluminación en la cocina, pero aún así vemos claramente la mueca que hace.  

“¿Les sorprende que la conozca?”, pregunta. “Para que sepan, yo fui miembro del Consejo también.  Hace mucho tiempo, cuando me interesaba la política”

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