XXIV. El otro lado del papel

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XXIV. El otro lado del papel

El papel muestra una imagen de Kenzo arrastrando una especie de bolsa blanca del tamaño de su cabeza.  Lo lleva en la boca.  Está caminando por una superficie larga y angosta, que es parte de un mueble que no conozco.

“¿Qué es eso?”, pregunta Jaque tratando de entender la imagen.  Luego se voltea hacia el gato negro. “Kenzo. ¿Qué significa esto?”

Kenzo no responde.  Está dominado por decenas de gatos que tiene encima y que lo están arañado y maltratando.  Tiene sangre saliéndole de varias partes.  Es un espectáculo deplorable.

“Eso no demuestra nada”, llega a decir Kenzo.  A pesar del dolor que le están causando, él considera más importante responder a la acusación.  Los miembros del Consejo giran para desviar su atención a Cliste, que está sonriendo.  No es difícil reconocer que está disfrutando la situación.  Ya sea por la atención que está gozando o por el castigo que está recibiendo el culpable.  O quizás porque éste es el final de una investigación exitosa.

“Quizás sea momento de explicar brevemente lo que ha pasado”, comienza a hablar el detective.   Algunos de los gatos que estan maltratando a Kenzo dejan de hacerlo por un momento.  Otros no están interesados y continúan arañando e hiriéndolo. “Sabíamos que el asesino había usado medicina robada de una farmacia de humanos.  Y pensé que lo más probable sería que ese robo haya sido localmente.  Los conozco y sé que ustedes tienen miedo de salir de Miraflores, así que supuse que las pastillas habrían sido conseguidad dentro del distrito.  Consulté con un contacto que tengo y me identificó la farmacia que había reportado la desaparición de las medicinas hace dos semanas.  Y otro contacto me consiguió una imagen captada por los mecanismos de seguridad que los humanos instalan en sus establecimientos.  Lo siento, Kenzo, pero sí es una prueba contundente.  Tú fuiste el que envenenó a todos esos gatos”

“¿Y por qué?”, pregunta pacientemente Jaque. “¿Por qué lo habría hecho? ¡El trabajo de Kenzo es evitar estas cosas! ¡Él es el que queda mal!”

“¿Sí?”, Cliste se voltea hacia el anciano. “¿Estás seguro? ¿Qué es lo que les ha dicho al respecto? Déjame adivinar.  Que no podría haber evitado esto, porque no tiene suficientes gatos bajo su mando.  Y que necesita tener más poder en las decisiones del Consejo.  O algo así. ¿No es cierto?”

Jaque, Ibis y los demás miembros del Consejo de inmediato se voltean hacia Kenzo temerosos.  En ese momento recién se dan cuenta de que han sido engañados.  Que han sido objeto de una cuidadosamente planeada jugada política.  Y que cayeron como niños ingenuos.

“Qué decepción, Kenzo”, dice finalmente Jaque, dándose cuenta que lo que dice Cliste tiene sentido. “Matar a todos esos inocentes para escalar políticamente.  No puedo creerlo”

“Es mentira”, dice Kenzo primero en voz baja y luego gritando.   Es sorprendente que aún pueda hablar.  Cada palabra sale escupida con tanta sangre que me intriga que aún esté vivo. “¡Es mentira! ¡No tienen pruebas! ¿Le van a creer a este... demente? ¡Fue Ibis! ¡Es clarísimo! ¡Ella fue la que...!”

“Oh, ya basta”, le interrumpe la gata blanca. “No te atrevas a acusarme a mí. ¿Cómo se te ocurre que envenenaría a mi propia familia?”

En ese momento todos comienzan a hablar al mismo tiempo.  Jaque grita a la multitud para que sigan golpeando y arañando a Kenzo, Ibis insiste en que ella es inocente, Orion repite que no entiende lo que está pasando.  Y todos sienten la necesidad de expresar algo.  Todos menos Cliste y Astra.  Ambos están consumiendo la escena y la están asimilando lo mejor que pueden.

De pronto -y aprovechando el caos-, Kenzo se suelta de sus captores, se toma una fracción de segundo para decidir qué hacer y luego salta como un rayo en dirección a Cliste.  Todos los miembros del Consejo se callan de inmediato.  Sangre de su cuerpo salta en todas direcciones.  Es un último esfuerzo por hacerle daño a quien lo había descubierto.  Sabe que su vida ha llegado a su fin y pretende llevarse a Cliste con él.

El detective está observando esto desde el comienzo, pero no reacciona.  Se queda exactamente en donde está, de tal manera que el salto de Kenzo en su dirección es limpio y directo.  Incluso su sonrisa está intacta.  Yo pienso por un momento que Cliste está loco y que nada le cuesta dar un salto a un lado para salvarse del ataque, pero luego me doy cuenta de lo que está pasando.

“Intrometido”, le grita Kenzo en el aire, cuando aun cree que obtendrá su último objetivo en la vida.

Astra estaba esperando el ataque.  Y si Cliste se movía en una dirección o en otra, habría alterado el salto de Kenzo.  Por el contrario, el salto directo es exactamente lo que necesita Astra para brincar de abajo hacia arriba y coger al gato negro del cuello con sus colmillos.  En menos de dos segundos todo ha acabado.  Astra tiene a Kenzo agarrado del cuello.  Los agentes de seguridad corren hacia ellos para sujetar al prisionero otra vez.  La multitud, por el contrario, se abre.  Kenzo está muerto y Cliste se dirige al Consejo.

“Él es el culpable”, les dice y luego se voltea con la intención de retirarse. “Espero que la justicia haya sido servida”

Pasa junto a mí y lo detengo.  Le hablo en voz baja.

“¿Cuál es el secreto de Ibis?”, le pregunto sospechando la respuesta.

“No tengo idea”, me responde él susurrando. “Solo supuse que había algo raro ahí y decidí explotarlo para distraer a Kenzo.  Quizás sea buena idea que le preguntes directamente de qué se trata”

Luego Astra y él saltan por el borde del techo y nos dejan.  Veo con curiosidad cómo los gatos de la seguridad se llevan el cuerpo de Kenzo y cómo los miembros del Consejo lo observan sin decir nada.  Se miran entre ellos una última vez y luego se va cada uno por su lado, como si nada dramático hubiese pasado.  La multitud se empieza a dispersar lentamente.

Sin pensarlo bien doy un par de saltos en al Consejo y antes de darme cuenta, estoy eparado frente a Ibis.  Ella tiene los ojos húmedos.  Está a punto de llorar.  No es muy difícil reconocerlo. ¿Por qué los demás miembros del Consejo no hacen nada al respecto? 

“¿Sí?”, me pregunta ella. “¿Qué se te ofrece?”

“Ese secreto del que hablaron”, digo sin realmente saber lo que estoy haciendo. “Tiene que ver con mi madre, ¿no es cierto?”

Ibis sonríe y pretende sortearme.  Yo me muevo y no se lo dejo.  Me la quedo mirando seriamente.  Ella sigue sonriendo.

“Niño”, me dice finalmente. “¿Sabes quién soy, no es cierto?”

“Entonces, si no tiene que ver con mi madre, tiene que ver con mi padre”, digo y su sonrisa se borra.  La señal que Cliste me ha insistido que busque en los gatos con los que hablo. “Yo no conocí a mi padre, pero sé que nos cuidó bien hasta que murió.  Nosotros vivíamos en ese cómodo jardín, mientras otros vivían en lugares menos favorecidos.  Maliki y su familia, por ejemplo.  Ellos vivían en un techo.  Pasaban frío.  Se mojaban cuando llovía.  Era un hogar terrible.  Nosotros, en cambio, la pasábamos bien.  Siempre me pregunté qué le impedía a Maliki mover a toda su familia a nuestro jardín”

Ibis no está sonriendo en lo más mínimo.  Me está observando con el ceño fruncido.  Todos ya se han ido.  Estamos solos.

“Y ahora entiendo”, le digo a la gata blanca. “Mi padre era hijo de alguien influyente”

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