II. Ayuda de una extraña

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II. Ayuda de una extraña

La escena que veo en ese techo es terrible.  La esquina en la que usualmente duermen Maliki y su familia está vacía.  Los gatos que deben estar ahí están dispersos por todo el techo.  Y todos ellos están inertes.  No se mueven.  Ni siquiera los puedo ver respirando.  Mucho me temo que están muertos.  Todos ellos.

Doy un par de pasos temerosos al más cercano.  Se trata de Cafú, uno de los hijos mayores de Maliki.  Está ahí sin moverse, sin respirar, con los ojos cerrados.  Con una pata trato de moverlo para despertarlo.  No pasa nada.

“Está muerto”, me dice una voz detrás de mí.  Yo me volteo rápidamente y veo en la oscuridad una gata adulta, de pelaje gris y orejas puntiagudas.  Sus ojos brillan, como suele ser el caso con los gatos. “Todos están muertos”

“¿Qué les pasó?”, pregunto. “¿Qué enfermedad mata así?”

“Ninguna enfermedad”, responde mientras avanza.  Ahora la puedo ver mejor.  No recuerdo haberla visto antes. “Esto es veneno”

Se para frente a mí y se me queda mirando.

“¿Tú quién eres? ¿Eres hijo de Maliki?”, me pregunta.

Yo recuerdo entonces mi predicamento.  Mi familia está muriendo.

“No.  Vine a pedir ayuda.  Mi familia está mal.  Creo que los han envenenado también”

La gata me mira y no dice nada.  Luego mira a los cuerpo de los demás gatos en el techo.  Duda.  No sabe qué hacer.  Sabe perfectamente lo que diré a continuación.

“¿Me puedes ayudar? No sé qué hacer”

Ella suelta un suspiro.

“No soy curandera, niño”, me dice. “No sabría qué hacer”

“Pero, ¿qué puedo hacer? Mi mamá sigue viva, pero puede morir en cualquier momento.  Algo debe de poder hacerse”

La gata no responde.  Da media vuelta y pretende irse.

“Por favor”, insisto. “No sé quién eres, pero tienes que ayudarme.  Por favor.  Mi hermana Bianca está sufriendo”

“¿Bianca?”, la gata se voltea hacia mí nuevamente. “¿Cómo te llamas?”

“Dalton”, le respondo con lágrimas en los ojos.

Ella niega con la cabeza y se me acerca. 

“Tú eres hijo de Enola”, afirma ella.  Yo asiento.  Ella se lamenta mirando para un lado.  Luego me mira fijamente. “Está bien. ¿Cuán lejos estamos?”

“No mucho.  En un patio por aquí cerca”

“Llévame.  Rápido.  Lo más rápido que puedas”, me ordena.  Yo no lo pienso dos veces.

Salto por el borde del techo a la cornisa que sé que me está esperando.  Corro por el camino que acabo de utilizar, pero esta vez de regreso.  A cada vuelta, la gata gris me está siguiendo incitándome a acelerar, a ir cada vez más rápido.  

El problema, por supuesto, es que estoy cansado.  Muy cansado.  Para llegar hasta el techo de Maliki he tenido que llevarme al límite.  Dar saltos que nunca antes había hecho y correr tan rápido como nunca antes.  Ahora estoy cansado y hacerlo todo de nuevo, pero de regreso, es demasiado para mí.

Para cuando llego al patio en el que me espera mi familia estoy mareado.  Muy cansado y respirando con dificultad.  Me dejo caer junto a mi madre y le pongo una pata encima.

“¿Mamá?”, pregunto temeroso. “¿Estás bien?”

Ella abre los ojos y me sonríe.  Tiernamente me levanta una pata y me acaricia en la cabeza.

“Volviste”, dice debilmente.  Pero no dice nada más.

“No te quedes parado”, escucho la voz de la gata que me ha seguido.  Lo dice con tal don de mando que no dudo en obedecerla. “Mantente en movimiento.  Camina.  Aunque sea lentamente.  Si no, no podrás volver a correr en un momento, cuando necesites hacerlo”

“¿Astra?”, pregunta mi madre con su voz débil y abriendo los ojos como nunca antes. “¿Eres tú?”

Yo comienzo a caminar lentamente alrededor de mi familia.  Constato que Iker, Bianca y los demás están respirando lentamente, pero lo están haciendo.  Aún están vivos.  Aún hay esperanza.  La gata gris se acerca a mi madre y la mira fijamente arrugando la frente.  Como si estuviera molesta con ella.

“Tienes que ayudarme.  Salva a mis hijos.  Yo no importo”, le dice mi madre.  Yo estoy aterrado de escuchar esas palabras.  La gata gris la observa brevemente y luego me mira a mí.  Luego a cada uno de mis hermanos.  Su respuesta me aterra más aún.

“Está bien”, dice. “¿Alguna preferencia? No podré llevar a todos.  Puedo intentar salvar a dos”

La gata da unos pasos hacia mis hermanos y los observa.  Yo me apresuro en pararme junto a ella y le susurro al oído.

“A Bianca, por favor”, le digo. “La menor.  Ella”

La señalo con una de mis patas.  La gata gris se acerca a Bianca, la toca en el cuello y se voltea hacia mí. 

“Apenas está viva. ¿Estás seguro? No creo que sobreviva lo suficiente como para que la llevemos con Febo”

Yo miro a mis demás hermanos y siento que la única que se merece realmente esa oportunidad es precisamente ella.  Miro a la gata gris y asiento.  Ella hace un gesto y luego mira a los demás.  Pasa por encima de Iker y llega donde Gigio.  

Gigio es el más travieso de todos.  Junto con otros dos de mis hermanos siempre está  explorando el patio y encontrando cosas y haciendonos malas pasadas a Iker y a mí.  Es como si Gigio sintiera envidia de nosotros.  Es el hermano con el que peor me llevo.  

La gata gris no me pregunta y simplemente lo levanta sujetándolo con su boca.  Lo muerde en la piel, con cierto esfuerzo lo lleva un poco hacia atrás, hasta donde está mi madre.

“Dalton, trae a Bianca”, me dice la gata gris.  Yo intento levantarla imitándola: Cierro mi boca en su piel, sujetándola.  Hago un esfuerzo grande para levantarla del suelo y llevarla hasta donde está mi madre.

“Ellos dos”, dice la gata gris.  Luego se voltea hacia mí. “Despídete de tu madre”

Yo miro primero a la extraña y después a mi mamá.  Luego me quedo paralizado.  Nunca nadie me ha preparado para esto.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora