VIII. Una conversación en las alturas

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VIII.      Una conversación en las alturas

Cliste y Astra me llevaron a lo más alto de una casa, desde donde se podía apreciar el jardín en el que estaba el tal Maurice.  No llegaba a ver a mi hermana a través de la ventana a lo lejos.  De todas maneras me sentía más seguro ahí arriba.  Podía conversar de lo que pasó esa noche sin que Bianca lo escuche.  Y no estaba demasiado lejos por si pasaba algo y tenía que ir a socorrerla.  Después de todo, ella era todo lo que quedaba ahora.

“Listo, muchacho”, me dijo Cliste. “Ahora viene la parte en la que me cuentas todo”

“La verdad es que no hay mucho que contar”, le digo.

“Cuéntamelo de todas maneras.  Algún detalle nos podría servir”

Pienso que tiene sentido.  Que a lo mejor él, siendo una especie de detective con experiencia, podría sacar algo útil de lo que le contaría.

“Me desperté esa noche y todos estaban enfermos.  Mi mamá y todos los demás.  Incluso Bianca”, comienzo.

“Pero tú no”, comenta Cliste. “¿Por qué puede ser eso?”

“No lo sé”, respondo.

“Pero, ¿por qué crees?”, insiste. “¿Qué hiciste tú que no hicieron ellos? O al revés. ¿Qué hicieron ellos que tú no hiciste?”

“Mi hermana también se salvó”, digo de pronto.  Mientras Cliste y yo hablamos Astra está observando la ciudad desde ese techo.  Pareciera estar analizando el movimiento de Miraflores.  A los humanos, a las palomas, a todos los demás.  Está concentrada en algo. “¿No deberíamos buscar algo que tengamos en común?”

“No, porque ella sí fue envenenada.  Es distinto”, explica Cliste. “Tú, en cambio, te salvaste sin tratamiento alguno.  A ella la tuvieron que salvar con un tratamiento.  Si no la hubieras llevado con Febo habría muerto”

“Pero Gigio sí murió”, sigo.

“¿Quién es Gigio?”, pregunta Cliste. “¡Nadie había mencionado un Gigio! ¿Quién es ese Gigio?”

“Mi hermano”, le explico. “Cuando Astra fue a ayudarme, yo cargué a Bianca y Astra cargó a Gigio.  Los cargamos todo el camino hasta ese sótano en el que Febo estaba curando a los envenenados.  Bianca sobrevivió, pero Gigio no”

“Qué extraño”, Cliste comenta. “De hecho, hay varios elementos extraños en lo que me cuentas.  Primero, ¿tú cargaste a tu hermano todo ese tratecto? ¿En serio?”

“Bueno, no todo.  Me faltaron dos cuadras.  Vino un gato a ayudarme.  Pero sí, casi todo”

“Debes sentirte muy bien contigo mismo al respecto.  Orgulloso, ¿eh? Pero te debe doler todo el cuerpo.  Los gatos no fuimos hechos para esa clase de proezas.  Segundo, ¿dices que Astra cargó a ese tal Gigio y él no sobrevivió? Pensé que Bianca era la menor”

“Así es.  Ella es la menor.  Gigio era mayor que Bianca”

“Y Bianca sobrevivió, pero Gigio no.  Interesante.  Eso es otro dato útil.  Tercero, ¿qué comieron ellos que no comiste tú?”

“No lo sé.  Nada que mi madre nos dio, porque nos lo habría dado a todos por igual.  Así que tiene que haber sido algo que estaba en el patio.  Algo que alguien arrojó y que Gigio comió por curioso.  Y Bianca también”

“Y todos los demás, de hecho”, dice Cliste. “Tiene sentido.  Alguien arrojó pedazos de algo a tu patio y al techo de Maliki y a todos los demás lugares en los que ha habido decesos.  Eso definitivamente no es obra de un humano.  Es un trabajo demasiado micro.  A los humanos les gusta dar un solo golpe y olvidarse de asunto”

“¿Quién haría algo así?”, pregunto yo intrigado.

“No lo sabemos.  Pero vamos avanzando.  Necesitamos ir al patio en el que todo sucedió.  Astra”

La gata rompe su concentración y se voltea hacia Cliste. 

“¿Ya nos vamos?”, pregunta ella.  Cliste asiente.

“Así es, tenemos que ir al patio en el que vivía Dalton y su familia.  Y después quizás al techo de Maliki.  Tú me guías.  Gracias, Dalton”

“Un momento”, me paro y me acerco un poco a ambos. “¿Me van a dejar aquí?”

“Pues... Ése es el plan”, Cliste levanta las cejas. “¿Tienes una alternativa?”

“Podría... Ir con ustedes...”, digo con inseguridad.  Cliste y Astra se miran entre ellos y luego me miran a mí.

“Sabes que esto es peligroso, ¿no?”, pregunta él. “Alguien allá afuera te ha intentado matar y falló.  Lo más probable es que esté dispuesto a matar de nuevo para protegerse.  Astra y yo... Nosotros dos sabemos defendernos.  Pero si tenemos que sacrificar parte de nuestra atención en protegerte...”

“Puedo aprender”, añado. “Soy fuerte.  Pude llevar a mi hermana todo el camino hasta Febo.  Bueno, casi todo”

“Se necesita más que simplemente ser fuerte, niño”, explica Cliste acercándose a mí. “Es saber correr.  Es saber cuándo correr.  Cuándo enfrentarte a alguien.  Cuando gruñir.  Cuando reír.  Es saber muchas cosas que en tu corta vida nadie te ha enseñado aún”

Da media vuelta y se dispone a irse.  Entonces le digo lo primero que viene a mi mente, que resultó ser lo único que lo podría haber interesado en que lo acompañe.

“¿Me enseñan?”, pregunto dudando.  Cliste se queda paralizado en donde está, dándome la espalda.

“¿Qué has dicho?”, pregunta seriamente.  Usualmente su voz es una explosión de emociones y de tonos y de fascinación de todo.  Cuando hizo esta pregunta estaba monótona.  Gris y sin vida. “¿Qué es lo que acabas de decir?”

“Pregunté si me quieren enseñar todo eso”, insisto con un poco más de seguridad.

“¿A qué te refieres con 'todo eso'?”, Cliste se da media vuelta.

“A todo eso que dijiste.  A correr.  A cuándo correr.  A cuándo gruñir.  Todo eso”

“Pues, niño”, responde Cliste acercándose un poco a mí.  A su lado está Astra inexpresiva. “No necesitamos un aprendiz.  Nosotros dos estamos bien como estamos.  Sólo sería sun estorbo”

“Ustedes no me necesitan”, acuerdo. “Pero yo los necesito a ustedes”

Cliste se me queda mirando.  No había forma de saber lo que sucedería a continuación.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora