El capitán Garfio olvidó mostrarme este lugar....

Curiosa, giró el picaporte intentando ser lo más silenciosa posible. La puerta parecía no querer abrir como si esta estuviera hechizada y no pudiera concederle el paso a nadie que osara ingresar, pero Moira Darling no se rendiría tan fácilmente. Colocó sus pequeñas manos sobre la puerta de madera y la empujó con todas sus fuerzas hasta lograr abrirla de golpe e ingresar en aquella misteriosa y oculta habitación .

Aquel cuarto se encontraba repleto de relojes divinamente sorprendentes: Algunos rotos y otros en función. Cada uno con formas y sonidos inimaginables. Cada uno especialmente diferente.
No había un solo espacio vacío en las paredes. Todas se encontraban ocupadas por aquellos relojes. Los había de madera, de oro, de plata, de bronce y de muchos materiales más. Habían algunos muy pequeños y otros extremadamente grandes. Algunos relojes eran de pared, otros de bolsillo y otros de accesorio para la muñeca....pero sin duda alguna lo que más le había llamado la atención, es que ninguno de estos marcaban la misma hora.

Y había uno, uno en específico que había logrado capturar por completo a la bella jovencita.

Moira se acercó despacio hacia donde el inmenso reloj de color dorado se encontraba. Su única manecilla parecía marcar el tiempo de una manera diferente a la de los demás. A decir verdad, parecía estático, demasiado lento para su gusto.

La castaña ladeó su cabeza. No podía entender cuál era el patrón que seguía aquel reloj de pared dorado.

El reloj movía la manecilla poco a poco, como si este amenazara con detener su cuenta en cualquier momento.

Y tal vez el hecho de que ese reloj le había llamado la atención podría tratarse de una simple coincidencia, pues dicho marca-pasos del tiempo se parecía tanto al que alguna vez la joven había visto en el brazo derecho de su padre...

Moira no pudo evitar recordarse a si misma en la sala de su casa, cuando su padre llegaba únicamente para cenar y ella se quedaba por horas haciéndole compañía solo para poder ver ese reloj que nunca faltaba en su muñeca derecha. Recordó cómo su padre solía despedirse de ella y también recordó la última vez que llegó a verlo sin saber que ese sería su último encuentro.

Moira no recordaba con certeza los rasgos de su rostro puesto que con el paso de los años aquellos detalles se fueron borrando de su memoria, pero sí que podía recordar cómo se sentía en su presencia, cuando él se encontraba cerca de ella o en la misma habitación. Moira pudo jurar que sentía las manos de su padre volver a tomarla y elevarla por los aires como solía hacer todas las mañanas en las que él no acudía al trabajo; y también pudo jurar que su característico aroma parecía haberse escapado de su memoria y se estaba impregnando en sus fosas nasales abriéndole paso a la imaginación...

De un momento a otro, la fantasía desapareció.

Moira notó su reflejo bien detallado sobre el vidrio que protegía la manecilla de aquel inmenso reloj y la curiosidad que hace un rato le acompaña se comenzó a transformar en sorpresa.

El reloj no estaba marcando las horas, así no era como deberían verse...

La imagen de Moira se distorsionó poco a poco sobre el cristal y la figura de su reflejo se volvió bastante borrosa y abstracta. Entonces y solo entonces fue cuando Moira se dio cuenta de lo que realmente estaba sucediendo en aquella habitación.

Aunque el reloj no lo marcara de manera correcta, sí que el tiempo estaba corriendo y mucho más rápido de lo que ella creía, pues ese inmenso reloj con finos toques dorados no marcaba las horas...

Al parecer, marcaba los años.

¿Cuántos años lograría marcar aquel reloj si ella decidía quedarse ahí? ¿Si ella decidía no volver a casa?

Sin quererlo, Moira volvió a observar su reflejo sobre el cristal y esta vez su imagen ya no se encontraba borrosa y distorsionada ante sus bellos ojos. Esta vez la imagen era muy clara, incluso demasiado clara para su gusto, tanto así que llegaba a ser algo aterradora: Se trataba de su propia imagen con el pasar de los años. De su reflejo envejeciendo, cobrando el peso de la edad que se saltaría si no cumplía ese lapso de tiempo que debía seguir por orden natural y verse a sí misma de esa manera la había atemorizado por completo.

Su corazón se aceleró al estar frente a frente con su peor enemigo, el miedo que la había acechado durante toda la vida. Un miedo que tal vez ni ella sabía que poseía o si lo sabía, no le quería dar la bienvenida.

La palabra que la había torturado año tras año y que atesoraba a la memoria sus seres queridos. Una palabra que no quería volver a escuchar durante toda su vida.

La muerte.

–¿¡Es que acaso no te dije que estaba prohibido ingresar en esta habitación!?

Moira se sobresaltó al oír la grave y rasposa voz del capitán Garfio detrás de ella, y aquel reloj divino en el que había depositado toda su atención, admirándole su única manecilla, de un momento a otro estalló en pedazos, pues su cristal fue brutalmente destruido de un solo golpe por el garfio del Capitán logrando que Moira soltara un grito despavorido al ver como el reloj se hacía añicos frente a sus ojos y ahora se encontraba completamente destrozado sobre el suelo.

Aquel reloj que a simple vista se veía eterno y completamente indestructible pero que, sin embargo, se desintegró con tan solo un golpe de aquel temible garfio.

—U-usted.—Tartamudeó mientras analizaba la siniestra mirada que poseía el capitán. En sus ojos había algo que la pequeña jamás había notado previamente. Una mirada sumamente turbia, perturbadora y escalofriante que inmediatamente la hizo sentir completamente inferior a él en todo sentido de la palabra.—Usted me dijo que no había reglas.

–Y no las hay.—Sonrió.—Pero este es mi lugar privado, mi más intimo refugio.–Gruñó.— Y no dejo que nadie se acerque a él. Solo yo puedo ingresar aquí.

–N-No lo sabía. Perdóneme.–Moira contestó un poco atemorizada.

–Moira....–Llamó el mayor.–Vuelve a tu habitación.– La niña no contestó . Solo se limitó a asentir rápidamente abandonado así aquel cuarto escalofriante a toda prisa.

Moira se sobresaltó al escuchar cómo la puerta se había cerrado de manera abrupta tras ella. Por un momento; agradeció que el capitán se desquitara con el reloj y no con ella.

Eso sí que habría sido una pesadilla, una verdadera tortura. Pensó.

No podía estar más claro, las flores habían repetido esos sonidos cerca de ella por alguna razón. Intentaban avisarle. Intentaban protegerla.

El lugar en donde estaba no era un refugio, era un calabozo disfrazado de habitación donde se encerraría durante toda su vida y lo peor es que ella misma se había obligado a aceptarlo. Se había condenado y ahora ella se encontraba prisionera de su propia decisión.

Aquel reloj le había enseñado que el tiempo pasaba y que a pesar de todo, este nunca se repite ni se repone. No importa que tan duro fuera el golpe. El tiempo solo pasa, se detiene, se esfuma y se vuelve añicos; y en algún momento, el reloj interno que poseía cada persona también se detendría y entonces sí que no había vuelta atrás.

Debía salir de aquel lugar ahora mismo. Debía vivir y no perderse ni un momento de su vida; no volver a evitar vivirla como tanto lo había hecho aquellos días. De ahora en adelante ya no la evitaría, le haría frente y tan sólo la dejaría continuar para que así se pudiera seguir tejiendo el hilo de la historia de su vida. Porque, tal y como le había aconsejado su amada Wendy Darling, esa era su aventura. Una única e irrepetible. Una aventura que la esperaba con los brazos abiertos y que solo ella podía escribir y echarla a andar. Nadie más.

Decidida, Moira se recordó a si misma que ahora no contaba con la ayuda de cierto muchacho burlón y risueño para salir de este enredo. Peter Pan ya no se encontraba a su lado y tal vez no volvería a tenerlo nunca más. Tenía que planear su escape completamente sola.


El País de Nunca Jamás también es un perfecto reloj aunque Moira Darling no tuviera conocimiento sobre ello. Si preguntaran por mi opinión, yo diría que Nunca Jamás es un reloj especial que te llama durante distintas etapas en tu vida: Nos marca cuando debemos hacerle una primera visita, nos marca cuando debemos abandonarlo, pero también nos marca la hora en la que eminentemente, debemos volver a visitarlo.

¿Y qué ocurrió con Peter Pan? (EN EDICIÓN)On viuen les histories. Descobreix ara