Capítulo 3

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En ese momento me sentía completamente inútil: hiciera lo que hiciera nada cambiaba, todo mi esfuerzo era en vano y mis problemas sólo crecían cada vez más y todo por culpa de... ¡Una maldita jarra!

Las manchas de aquel recipiente eran diversas: desde una mancha roja completamente pegada en uno de los laterales hasta una amarilla y pegajosa en la parte inferior, que provocaba que se quedara pegada casi permanentemente a cualquier superficie con la que entraba en contacto.

Era completamente increíble lo sucios que podían llegar a ser los clientes de "La daga incandescente". Era mi primer día lavando vajilla y ya odiaba a muerte el trabajo: todo lo que llegaba a mis manos tenía tal cantidad de suciedad incrustada que ni siquiera la luz se reflejaba en su superficie.

No comprendía cómo alguien como yo —entrenado durante años para llegar a ser una arma letal— había terminado en un puesto tan lamentable. Suspiré, deprimido, y cogí con firmeza la esponja dispuesto a acabar con todo: froté aquella dichosa jarra lo más fuerte y rápido que pude.

En ese momento, Shinra entró por la puerta y comenzó a reírse:

—Si ni siquiera eres capaz de limpiar una mísera jarra no durarás aquí —dijo—. Debes hacerlo con más energía y sin parar un momento, ¿Entendido?

Yo asentí y me decidí a acabar el trabajo: durante más de diez minutos froté la jarra con todas las esponjas y estropajos que había en la sala... De hecho, tan duro era el esfuerzo que estaba realizando que mis [Sp] comenzaron a disminuir paulatinamente.
Nada parecía dar resultado y eso hacía que la rabia poseyera mi cuerpo... En un momento de desesperación agarré con firmeza la jarra y la lancé con todas mis fuerzas contra la pared de azulejos verdes.

— ¡Y Aiden gana el combate! —chillé en voz alta mientras alzaba las manos cubiertas de jabón.

Al oírme, Shinra asomó la cabeza a través de la pequeña ventana que comunicaba aquel lugar con la barra y me asesinó con la mirada. Yo esbocé una sonrisa de disculpa y me agaché para recoger todos los pedazos de la jarra ya inexistente.

El resto del trabajo fue mucho más sencillo y llevadero: el resto de la vajilla no estaba ni la mitad de sucia que aquella jarra. En cuestión de minutos finalicé mi tarea y tras limpiarme los restos de jabón y suciedad acumulados en las manos, me dirigí hacia la puerta orgulloso por haber terminado mi labor... Pero en ese momento, una de las camareras me agarró del brazo para detenerme:

—Espera un momento —dijo.

Miré a la chica, de pelo castaño y corto, que tenía el aspecto de una niña de trece años... No obstante, por su forma de hablar supuse que debía ser más mayor.

— ¿Qué quieres?

Ella señaló una enorme caja que se hallaba en una esquina:

— ¿Podrías ayudarme a llevar ese paquete a la oficina de correos? —preguntó.

Era obvio que no podía llevarlo ella sola, así que no dudé en responderle afirmativamente:

—Está bien, te ayudaré.

Cogí la caja con ambas manos y comprobé que era aún más pesada de lo que parecía... su peso rondaría sobre los quince kilos. Luego, sin hablar, ambos salimos de la posada.

Después de unos cortos cinco minutos llegamos a un edificio de unas tres plantas, con un gran cartel en el que había dibujada una carta con alas. Tras dejar el paquete dentro y que la chica rellenara un par de papeles, emprendimos de nuevo el camino hacia la posada.

—Gracias por ayudarme —dijo ella una vez estuvimos de vuelta en "La daga incandescente"—. Me llamo Rubil y tengo veinte años... Encantada de conocerte.

I'm (Not) A Hero (Pausada Hasta Nuevo Aviso) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora