Capítulo 04 - BOLLYMIERDAS

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Mira Juanantonio, quería pedirte consejo, como amigo... ya sabes. Verás, resulta que tengo un colega al que le llaman el Travestis. Sí, sí... El Travestis. Y no es por nada en particular, sólo que por lo visto suele alardear de que le gusta que le den por culo en traje de marinero y esas cosas. Pues bien –que ya me ando por las ramas y no he hecho más que comenzar–, resulta que éste amigo mío del que te hablo tuvo una novia hace ya algún tiempo. Ella se llamaba Péstula y durante el año y medio que duró su relación alcanzaron un nivel de confianza tal que incluso llegaron a comerse sus propios chorongos. Sí, sí... te lo digo en serio, y en sentido literal... vamos, que se comían los zurullos mutuamente.

Bueno, pues resulta que cuando se conocieron ambos trabajaban en la fábrica de la Panrico en el turno de noche. Él era el encargado de envasar los bollos y ella era controladora en la línea de inyección del chocolate. Como ambos vivían independizados mi colega le propuso a Péstula que se mudase a su piso y ella accedió encantada. Al comienzo de su delirio todo era sexo a cada momento... vamos, que se pegaban el día follando como conejos. Saliendo de trabajar lo hacían en el asiento trasero del coche de él mientras estaban aparcados en un descampado; al llegar a casa se echaban tres o cuatro polvos en diferentes posturas antes de quedarse dormidos por el agotamiento. A la mañana siguiente sonaba el reloj y, recién levantados, él le comía el coño a ella en la ducha para luego terminar follando en los vestuarios del curro cuando aún no había llegado nadie. A media mañana acostumbraban a encontrarse en el aseo de mujeres del restaurante al que acudían juntos para desayunar y ella le comía la polla con pan y cebolla; no sé, al parecer les debía hacer gracia. Luego él se la follaba a cuatro patas tapándole la boca para que no pudiese gritar... y eso a ella la ponía muy perra. Durante la hora que se reservaban para comer Péstula se hacía una paja mientras mi colega cocinaba en pelotas; después comían juntos y, justo antes de entrar de nuevo a trabajar, se amagaban en un cobertizo hecho con maderas que tenían los gitanos junto al río y allí sí que ya triscaban en plan salvaje, a lo guarro, revolcándose por el suelo y prorrumpiéndose alaridos de auténtico placer.

La única barrera que les quedaba por traspasar era la de follar en el trabajo, el problema resultó ser que la empresa panificadora tenía una política muy estricta respecto a las relaciones interpersonales entre sus trabajadores... por lo de que pudiera caer vello púbico en sus productos alimenticios y todo eso. Las advertencias no consiguieron detenerles y, en cuanto tuvieron la oportunidad, los amantes planearon un encuentro fortuito en el servicio de caballeros donde estuvieron fornicando como cabrones sentados sobre la taza del váter. Todo eso cambió de repente cuando, en una desafortunada ocasión, ella le pidió a él que le hiciese un beso negro... ya sabes, por experimentar nuevas sensaciones y tal. Pues bien, ni corto ni perezoso mi colega el Travestis se puso a comerle el agujero del culo a su novia. Ella se estaba derritiendo de gusto porque jugaban a que él le escribía cosas con la lengua y Péstula las tenía que adivinar. En esas que, debido a la dilatación y al frenesí del momento, ella relajó demasiado sus esfínteres y bueno... digamos que hubo alguien que aquella mañana desayunó Conguitos. En cuanto mi colega el Travestis se dio cuenta de que estaba chupando los cagarros de su amada profirió un grito ensordecedor que recorrió la fábrica entera. Fue el viernes siguiente cuando los encargados de personal les reunieron a ambos para darles un toque de atención y advertirles muy seriamente que iban a ser despedidos en caso de que estuviesen manteniendo relaciones sexuales durante la jornada laboral.

Desde entonces, el rumbo de aquella sexualidad de la que estuvieron gozando viró por completo cuando ambos se dieron cuenta de que sentían un concupiscente y lujurioso amor por la coprofagia. Se sucedieron las prácticas dentro de éste nuevo campo y, en uno de esos febriles devaneos que tienen los enamorados coprófagos, ella rellenó amorosamente un bollo de los que envasaban cada noche utilizando uno de sus propios truños. A la mañana siguiente se lo entregó a mi amigo, cuidadosamente envuelto en papel de plata, como prueba de su amor incondicional. Ella le guiñó un ojo, él le dio un bocado y, sonriéndole satisfecho, desde aquel preciso instante no dejaron de hacerse bollos rellenos de mierda para compartirlos en la hora del almuerzo. Era como una forma de follar sin que sus jefes pudiesen tener motivos para despedirles. Lo cierto es que dicho así suena de lo más repulsivo y repugnante... pero ¡Eh! Quiénes somos nosotros para juzgar al amor ¿verdad?

El idilio se abrió paso entre los prejuicios y las dificultades, pues así de absurdo es el milagro de la atracción humana. Cada mañana él se zampaba un bollo relleno con las heces calientes de su enamorada y ella por su parte, que era más bien de comer poco, se decantaba por embetunarse el bigote con un buen tazón de Cola Cao con tropezones... bueno, con grumos de esos... pero vaya, que no hace falta añadir más detalles porque con un mínimo de imaginación uno ya puede visualizarlo fácilmente. Eso sí, ni os podéis llegar a imaginar la peste a mierda que corría por toda la fábrica. Total, que todo fue muy bonito hasta que llegó un día en el que se pelearon, ya sabes, una de esas discusiones tontas que se tienen cuando los tíos hacemos más caso de nuestras madres que de nuestras novias. Sucedió que a ella se le fue la pinza y del rebote que pilló terminó dejando el trabajo. Semanas después abandonó también a mi amigo.

Mi colega el Travestis estaba hecho polvo. Al principio aceptó la ruptura, pero con el tiempo se dio cuenta de que sería incapaz de rehacer su vida con ninguna otra tía... y es que es difícil encontrar una mujer de buen ver que además acceda a deglutir tus cagarros así por las buenas. Sucedió que, al igual que ocurre en los cuentos de hadas, mi amigo tuvo una brillante idea para conquistar de nuevo a su media naranja. Él era el príncipe cagadero... y a partir de entonces su objetivo en la vida sería reencontrarse con su princesa consorte. Sobreponiéndose al dolor de su corazón el Travestis se propuso a sí mismo que cada mañana truñaría en un bollo con la esperanza de que algún día Péstula se comería un Bollycao relleno de mierda que le haría recordar lo felices que fueron juntos.

Y así fue como, durante meses, mi amigo estuvo soltando sus croquetones dentro de aquellos bollos rellenos que terminarían perfectamente envasados, cumpliendo con su cometido de 'mensaje en la botella' y que una flota de camiones se encargaría de distribuir por las estanterías de todos los supermercados, panaderías y demás superficies comerciales de gran envergadura. No te puedes llegar a imaginar la cantidad de gente que, dispuestos a zamparse un delicioso bollo pensando que éste estaría indudablemente relleno de chocolate, se comían un pedazo de tordal inmenso y terminaban potando como cabrones ante el primer regusto a mierda. Ja, ja, ja ¡Menuda putada! Y bueno, te contaría más... pero sólo te diré que a mi colega lo despidieron, que ahora es maricón y que trabaja en la Coca cola.

¡Ah! Y que a ella se la dio por muerta semanas después... aunque los equipos de búsqueda jamás consiguieron encontrar su cadáver.

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CHAPARRÓN DE POLLASWhere stories live. Discover now