Capítulo 01 - EL NÁUFRAGO

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El océano enfurecido rugía terrible y ensordecedor. Negras nubes se cernían tronando y relampagueando en mitad de la noche más oscura y amenazadora que había conocido en toda mi vida. Se desató la tormenta. Una y otra vez el violento oleaje me engullía hacia las profundidades con su vaivén y ya a duras penas me concedía un segundo para recuperar el resuello antes de que volviese a romper sobre mí otra de aquellas voraces y sanguinarias olas. Me encontraba exhausto y desconsolado, perdido en medio de la inmensidad, allí donde nadie más llegaría a escucharme. Tantas veces tuve que luchar por mantenerme a flote que mis esperanzas ya se habían consumido por completo, apenas llegaba a alcanzar la superficie aferrándome a un listón de madera que también trataba inútilmente de sobrevivir al naufragio. No tenía escapatoria, tan sólo era cuestión de tiempo que aquel mar embravecido terminase por agotar las escasas fuerzas que me quedaban. Con cada nueva sacudida mi desesperación agonizaba en aquellas aguas que presagiaban la muerte. No estaba dispuesto a sufrir más ¿Para qué batirme en duelo contra mi destino, si tanto él como yo sabíamos en qué terminaría todo aquello? Entonces dejé de pelear, la siguiente ola me derribó estallando contra mi cara y arrastrándome seis metros bajo el nivel del mar. Un intenso aroma a sal embriagó mis sentidos y abrí la boca para tragar el agua que me mataría como si de un veneno letal se tratase. En el último instante de mi vida perdí el miedo a morir y allí mismo, bajo el agua, abrí los ojos para que el reflejo de la luna se convirtiese en telón de mi trágico desenlace. Los volví a cerrar cuando ya no resistía más el escozor salado. Finalmente, abandonado a su voluntad, exhalé el último aliento que albergaban mis pulmones y una cortina de burbujas acarició mi rostro justo antes de que comenzase a dormir. La angustia tan sólo duró un instante. Luego, todo a mi alrededor recuperó su calma. Me estaba hundiendo. Lentamente. Ya ni siquiera podía escuchar el rugido del océano, ni el sacudir de la tormenta, ni sus truenos, ni sus olas. Nada. El silencio me reconfortó. Lo siguiente que experimenté fue una agradable sensación de total ligereza. Hormigueo a flor de piel, suaves caricias. Sosiego.

Como vi que de alguna forma aún seguía consciente después de haber muerto traté de respirar... y comprobé asombrado que todavía podía hacerlo. Poco después abrí los ojos para otorgarle crédito al milagro y entonces, bajo una atmósfera azul turquesa llena de tantos otros vivos colores, envueltas en un aura de divinidad resplandeciente se mostraron ante mí las maravillas del mundo submarino. Nadé bajo el mar como si estuviese volando por los cielos, respiraba sin ni siquiera llegar a plantearme cómo podía hacerlo. Nunca antes había experimentado aquella sensación de bienestar.

Todo estaba bien, al fin.

...

–Despierte –Me susurraba una voz lejana. La imagen del mar apacible comenzaba a enturbiarse, sus cálidas luces y su espectro de vivos colores se iban degradando hasta ser absorbidos de nuevo por la profunda oscuridad.

– ¿Qué? –Conseguí responder a duras penas. Entre tanto me percaté de que debía llevar bastante tiempo sin pronunciar ni una sola palabra. Tenía la boca seca y carraspeaba al hablar, mi propia saliva me resultaba tan amarga que parecía como si hubiese tenido la lengua muerta durante meses. Me encontraba tendido sobre una cama que parecía no ser la mía, probablemente en la de un centro sanitario pues el ambiente flirteaba con ese indescriptible pero a la vez tan característico olor a hospital, mezcla aromática de alcohol para desinfectar, cloro, penicilina y sangre humana.

– ¡¡QUE CERRÉS EL PICO DE UNA PUTA VEES, CACHETUDO DE LA VEERGAAA!! –El descomunal alarido me espantó y tuve que incorporarme sobresaltado; No veía nada, la deslumbrante luz de la habitación me estaba cegando.

– ¡JODEER, CABRONEES! – Exclamé con toda mi furia.

– ¡La reputa madre que lo parió en su casa de la mierda! ¡Que me dio la noche entera garchándome el orto! –Me gritaba un hombre exasperado que hablaba empleando un irritante acento como de argentino barriobajero o algo por el estilo.

– ¿Flómar? –Le pregunté desconcertado.

– ¡Pero qué pija Flómar ni qué reconcha de su puta madre! ¡Con sus endemoniados gritos de mina colegiala no hay cristo que se le enganche el sueño!

– ¿Dónde coña estoy? ¿Qué... qué diablos ha sucedido? –Pregunté desorientado.

– ¡No me dejó dormir en toda la noche porque probablemente se escabió, se descompuso y luego largó un caldo terrible por toda la habitasión que dejó una baranda de mil reconchas! ¡Eso es lo que le pasó, pascualina de estercolero!

* * *

CHAPARRÓN DE POLLASWhere stories live. Discover now