Capítulo 02 - ARGENTINO DE LA KATANA

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–Joder... ¡¿Pero dónde cojones estoy?! ¡¿Y se puede saber en qué coño de puto idioma me estás hablando?!

– ¡Puto del orto! ¡Bajá la vos, que por si no lo sabés esto es un hospital y aquí la gente quiere seguí durmiendo!

– ¡¿Cómo que baje la voz?! ¡Pero si has sido tú que me has despertado chillando como un puto mandril con almorranas in-candescentes en el trasero, sudaca maricón de las pelotas!

– ¡Le chillo si me sale de la pija! ¡Shevo tres noches sin pegar el ojo por culpa de sus condenadas pesadillas con los maricones de la verga!

–Mire –Le dije apacible–, a decir verdad, me suda la polla saber quién coño es usted y en qué cojones de puto idioma me está usted hablando pero, por hacerme el favor, ¿sería tan amable de decirme qué demonios ha sucedido con mi vida última-mente?

– ¡Chupa pijas! ¡Culo roto! ¡Demagogo! ¡Vos estás en el hospital, carajo!

– ¡¡Que sí, cojones!! ¡¡Que no soy imbécil, coño!! ¡Pero que no me grites más, que tengo la cabeza que me va a estallar como un petardo en una puta cacerola!

–Suerte tuvo que no le estallase de verdad cuando se la dio –Me dijo–, le pude ver perfectamente el color del cráneo por unos instantes. Tuvieron que darle más puntos que a un cuadro de macramé.

En cuanto me restregué los ojos para quitarme las legañas pude comprobar por mí mismo que, en efecto, aquello sólo podía ser la habitación de un centro sanitario. Junto a mi cama había una pequeña mesita de madera que parecía bastante antigua; allí estaban mis llaves, mi teléfono móvil y mi pañuelo de tela. Entonces quise incorporarme para echarle un vistazo al resto de la sala y ponerle rostro a mi compañero de habitación, el perturbado mental de la pampa argentina. El somier debía ser antiguo –uno de esos de muelles– porque al apoyar el codo contra el colchón éste emitió un chasquido de chicharra infernal. La cabeza me daba vueltas y necesitaba beber. Unas finas cortinas blancas volaban gráciles con cada débil soplo de la suave brisa que aireaba la sala. Fuera hacía un día magnífico, el cielo se intuía despejado y no tenía sensación de frío ni tampoco de calor. Tras el cabezal de mi cama resplandecía la reconfortante calidez de una mañana soleada a través de la amplia ventana de hojas correderas que casi era tan grande como el mismo tabique. Un ligero calambrazo en la columna me recordó que había sufrido un accidente la noche anterior; me dolía la espalda, aunque no lo suficiente como para tener que preocuparme demasiado. Por un momento me asusté ante la idea de hacer memoria... pero no pude evitar abstraerme en mis pensamientos y entonces recordé lo sucedido:

Durante la entrevista de trabajo había saltado desde un primer piso mientras trataba de escapar; rompí una ventana; tiré a una vieja por las escaleras que estuvo chillando como una rata en celo mientras se precipitaba al vacío; también había una mujer desnuda, con un buen par de tetas, y un tío calvo en el suelo que se lamentaba aquejado por un fuerte golpe en la zona abdominal; luego estuve durmiendo dentro de un contenedor lleno de bolsas de la basura aceitosas y pestilentes; finalmente me desperté deslumbrado porque me estaban enfocando con varias linternas en la oscuridad, por todas partes rugía el intenso barullo de la ciudad y a mi alrededor aullaban furiosas las sirenas de los coches patrulla de la policía. Unos camilleros me sacaron de allí y, lógicamente, aquel sería el indicio más fehaciente para explicar por qué me encontraba ahora en un hospital.

–Bueno, pues ahora que por fin vos está despierto sha me dejarán ensender la condenada tiví –Articuló el mamarracho argentino.

Dicho y hecho, acto seguido escuché el característico zumbido que emite cualquier televisor al encenderse. Mi compañero de habitación, el argentino impertinente y desagradable, vestía el típico camisón hospitalario que se ata con unas cintas por la parte posterior de la cintura e iba completamente rapado al ce-ro; lo común en esos tíos que, siendo más o menos jóvenes, comienzan a quedarse calvos. En aquel instante se encontraba incorporado, recostando la espalda contra la almohada, e hizo ademán de querer cambiar de canal, por lo que levantó la vista señalando con su mando a distancia hacia el arcaico televisor que colgaba de una frágil plataforma atornillada a la pared. Lo que más me llamó la atención a primera vista fue que el tipo llevaba una especie de parche en el ojo, como Kurt Russell en Rescate en Nueva York, sólo que en lugar de ser el clásico par-che de pirata llevaba puesto un tanga de hilo color negro. Pensé que no le quedaría tan ridículo si no fuese porque se veía evidente que aquello era un tanga de mujer y que, además, el pavo no había reparado ni en cortarle la etiqueta con la talla. Decidí que había llegado el momento de enterrar el hacha.

CHAPARRÓN DE POLLASWhere stories live. Discover now