ATANEA: XXVII

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Capítulo 27: La sangre hace parientes, el amor hace familia. 

Theo me abrazaba de forma protectora mientras yo descansaba mi rostro en su pecho. Hinchada de felicidad, nervios y un pelotón de mariposas aleteando desenfrenadas en mi estómago.

El sol ya casi salía por completo y yo aún no podía creer lo que había sucedido. Si, había besado a mi guardián, nuestros labios juntos, moviéndose.

Por más que intenté no sentir cosas por él, para no complicarlo en su misión y que no lo desplacen de "su cargo" como mi guardián, simplemente no lo pude evitar. Cuando el corazón manda, todo el resto se calla. La química entre nosotros había sido palpable desde el primer día. Besarlo simplemente era un deseo oculto que tuve todo ese tiempo, ni siquiera quería admitirlo para mí misma.

Rodeada de sus fuertes brazos cálidos, con la brisa del amanecer acariciándome la piel, me sentí más fuerte y segura que nunca.

Y luego recordé donde estaba. En el campamento al borde de Atanea, en medio de una guerra, rodeada por lumbianos que querían asesinarme.

Di un último suspiro que sonó ridículamente cursi y me sentí estúpida. Alcé la vista sin salirme de los brazos de Theo, mirando hacia lo que había detrás... entonces lo recordé: Finn había estado justo ahí, a unos escasos metros antes de que Theo me robara el mejor beso de mi vida. Y ya no estaba. Me sentí mal al pensar lo incómodo que debe haber sido para él presenciar aquello..., o quizás solo había querido darnos privacidad.

―Hey, tórtolos ―interrumpió Mike a mis espaldas―, el helicóptero ya viene, tenemos que estar listos.

Le sonreí una última vez a Theo y antes de soltarme me dio un beso en la frente. Me encaminé al sector del campamento dejando a Mike y Theo más atrás.

―Buena suerte explicándole al alto mando que te has enamorado de la princesa ―escuché a mis espaldas que Mike le susurraba molestoso a Theo. Luego sentí el golpe de un codazo y un "auch" de Mike.

De vuelta a la tienda de campaña, había una enfermera ordenando, y sobre la mesita había fruta fresca.

―Sírvase, princesa, hoy le toca un largo día ―ofreció con ojos llenos de compasión y salió rápidamente.

Ella tenía razón. Hoy era el día. El día en que si el universo nos dejaba, llegaría a Atanea. Con mis abuelos que jamás había visto. El reino de mi madre. El reino que me convirtió en princesa.

Mi estómago se estrujó de solo pensar en eso. La ansiedad creció en mí y mi mente estaba nublada sobre qué decir o qué hacer una vez que llegara. Tampoco sabía qué esperar.

Me alisé el pelo con las manos, no quería llegar como una cavernícola. Me lavé la cara con un bowl de agua que había allí y di un largo suspiro que terminó en una liberación de aire tembloroso.

―Tranquila, es tu familia, solo tienes que ser tú ―intenté calmarme a mí misma.

―No tienes nada de qué preocuparte, una vez allí, ellos se encargarán de todo... ―La voz de Finn apareció por la entrada de la tienda―. Y tus abuelos te amarán, nadie podría odiarte.

―Solo un reino lleno de lumbianos que quieren asesinarme ―respondí irónicamente―. Gracias, Finn ―agregué algo enrojecida al recordar que había presenciado el beso.

―Sale en cuanto puedas, el helicóptero ya se escucha ―terminó sin ninguna expresión en el rostro y salió al exterior.



El viaje en el helicóptero fue en silencio. Demasiado silencio.

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