Capítulo 11. Recolector (Parte 1)

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N/A: Como podrán adivinar por el título de este capítulo, tenemos nuevo punto de vista para esta narración. Espero sea una decisión acertada y que les permita tener una idea más amplia y clara de la historia de este intrigante lugar que dado en llamar Nowe.

La sorpresa incluye un fan-art hecho por mí misma a lápiz, al que le saqué una foto con la malísima cámara de mi teléfono. No resultó una obra de arte, pero es inspiradora al menos para mí.

Les presento a Derló:

Les presento a Derló:

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Capítulo 11

(Primer fragmento)

RECOLECTOR


Le gustaba pescar porque podía meditar en calma. Había algo relajante en tirar la red y ver cómo los peces caían en ella. Algunas veces demoraban en llagar y apenas podía conseguir dos o tres. No era suficiente para alimentar a toda su gente, pero confiaba en que los otros recolectores tendrían mejor suerte. No solía ser así. Sus muchachos no podían alejarse de Nowe, donde el agua es más turbia y cargada de sedimentos, así que usaban arpones para atrapar peces u otros animales de la zona. Él tenía su propio lugar para pescar que los demás respetaban. Cuando no lo veían se alejaba hasta su muelle escondido, donde dejaba amarrado su bote con su red adentro. Allí el agua corría más limpia y veloz llevando cardúmenes numerosos.

Su mirada se detuvo en las cañas del muelle que habían quedado fisuradas por el choque. Esa niña había roto su adorado muelle.

Cada vez que pensaba en ella algo se removía en su cabeza y ahí estaban otra vez: los recuerdos.

Le había tomado tantos años olvidar. Le costó tanto dejar atrás su otra vida. Resignado se convirtió en recolector y se dedicó a una existencia pacífica. Siglos de polvo y barro depositados en sobre sus pensamientos, barridos de un plumazo en una sola madrugada con la soñadora. No calculó el peligro.

Los cuestionamientos de la joven forzaban a su memoria a buscar las respuestas y eso no era bueno.

Su gente no hacía preguntas. La mayoría habían olvidado junto con él. Los más jóvenes no conocían la historia, así que tampoco hacían preguntas. La curiosidad era una cualidad fácil de dominar en los calima. No había mucho para investigar en la aldea, los niños pronto se resignaban a ver siempre lo mismo. Los jóvenes que no aceptaban las limitaciones de la vida en Nowe y buscaban algo más que estanquidad, morían cuando intentaban escapar. Eso era suficiente para aplacar la intriga de los que quedaban.

Habían olvidado lo que era la curiosidad, hasta que llegó la soñadora.

Los recuerdos se agolpaban en el fondo de su mente como un enjambre de abejas que le quitaban la concentración. No quería recordar, pero tampoco podía evitarlo.

Decidió volver a la aldea con su pobre aporte: cuatro pescados.

Caminó entre la bruma rodeado de la nostalgia que siempre lo acompañaba y a la que aceptaba resignado. No buscaba razones a su melancolía, no tenía sentido. No necesitaba saber la razón de su tristeza para superarla, porque en el fondo sabía que ya lo había intentado y fracasado. Se detuvo de repente a mitad de camino, en la nada misma. Lo sentía en la piel, en su interior, incluso en sus huesos ¡extrañaba el sol! Lo supo aún si querer tomar conciencia de ello. Estaba melancólico porque necesitaba sentir el calor y el brillo del sol. Su debilidad, su mal humor, su desgano, se debían a la falta de luz solar. Hubo un tiempo en que él se alimentaba del sol, era distinto, se sentía más...

—¡Basta! —le gritó al enjambre de recuerdos que lo acosaban.

Apretó los puños con fuerza y respiró profundo, aunque entrecortado, hasta que su mente se calmó.

Continuó hasta la aldea a paso acelerado, casi trotando, como si pudiera poner distancia entre el recolector en que se había convertido, y la persona que alguna vez fue.

Al adentrarse en el caserío estaba casi convencido de que necesitaba hablar con Bilse. Si le confesaba lo que le estaba pasando, él encontraría la forma de volver todo a la normalidad. Bilse decía que los recuerdos eran peligrosos y que era la función de todos los jefes velar por la seguridad de los calimas, por eso él haría lo que fuera necesario para preservar el estado actual de la vida en la aldea. Derló sabía que Bilse era realmente capaz de cualquier cosa para mantener su misión, y aunque no podía recordar por qué, le aterraba la certeza de que ese hombre no tenía límites ni escrúpulos cuando de ello se trataba. Ese terror visceral a algo desconocido que se sabe amenazante era lo que evitaba que hubiera recurrido antes a contarle sus penurias al jefe espiritual.

Caminaba tan ensimismado en sus pensamientos que no notó que una niña se cruzaba en su camino y tropezó con ella. La sujetó del brazo justo a tiempo para evitar su caída. Pero no era una niña.

"No, tú otra vez" pensó con desasosiego. Era la soñadora, parlanchina como siempre, disolviéndose en disculpas por haberse atravesado y hacer que los pescados terminaran desparramados por el suelo.

Tuvo el incómodo presentimiento de que nada bueno saldría de ese encuentro.

Tuvo el incómodo presentimiento de que nada bueno saldría de ese encuentro

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El fin de NoweDonde viven las historias. Descúbrelo ahora