Capítulo 10: Proyectos (Parte 1)

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Capítulo 10

(Primer fragmento)

Proyectos

Con la tierra que habían conseguido Ribée por fin pudo poner en práctica su ambicioso proyecto de siembra de vegetales.

Había dos o tres carpinteros a los que explicó cómo hacer cajones que servirían para los cultivos. Ella dio ideas a Merú sobre cómo podrían preservar de la humedad y la pudredumbre la madera de la plataforma en que se asentaba la aldea para evitar que la nueva huerta perjudique el suelo.

A pedido de Vorck, trató de enseñar a los aprendices a cuidar de los animales, aunque ese no era su fuerte, pero los calimas se las arreglaron para llenar los huecos y se las ingeniaron por sí mismos mejorando el proceso.

Estaba tan orgullosa de ser tratada con el respeto que se reserva a los maestros. Solía ser la inservible de la tribu thama, la que sólo era bonita y no tenía más utilidad que la de un adorno. ¡Cómo había cambiado su vida! Se sentía feliz y afortunada.

Geré siempre la acompañaba tomando nota de todo lo que ella decía. Conversaban mucho. Ambos tenían tantas preguntas para hacer al otro que podían pasar horas hablando sin parar.

—La historia de Nowe es demasiado extensa como para contártela en un solo día —le dijo Geré, sentado en el suelo junto a unas macetas. Había dejado de escribir lo que Ribée decía al intercambiar los roles y ser él quien contestaba las preguntas—. Han existido muchas clases de líderes, dependiendo de la situación del pueblo, pero nunca tuvimos un rey con ese título específico.

Ella se había quedado preocupada con ese punto de las visiones que aún no había logrado responder. Aprovechó su charla con del joven escriba para preguntarle e insistió mucho en que él ahonde en la respuesta, por el puro gusto de oírlo hablar. Casi ni estaba prestando atención a lo que le decía.

—Hablas muy bien —le dijo Ribée, que se había quedado otra vez embobada escuchando el sonido de la voz de Geré. Ella tenía sus manos hundidas en la tierra negra que estaba removiendo, sin percatarse de que se había ensuciado las rodillas y los brazos—. Si estuviéramos en Tham te nombrarían maestro de letras.

—Sería un honor —dijo él y mostró una amplia sonrisa que le iluminó el rostro.

—Sería una pena —lo contradijo Ribée, todavía embelesada por el rostro fino del chico, su piel pálida, la sonrisa brillante, la mirada estrellada y las marcas doradas.

Él frunció el ceño pero no dejó de sonreír. Ella se preguntó si en algún momento dejaba de hacerlo, aunque se veía muy lindo cuando sonreía así.

—Si fueras maestro de letras te lo tatuarían en el rostro —dijo ella señalando sus propias marcas y dejando un reguero de tierra en su cara—. Las runas para esa profesión son feas y enrevesadas. Tus marcas son mucho más... lindas.

No se le ocurrió otra palabra para describirlas y se reprendió mentalmente por ser tan obvia.

Geré extendió la mano y la pasó por la cara de Ribée tratando de remover la tierra que le había quedado. Ella casi se derrite por su tacto suave y tibio. Si hubiera estado de pie, le habrían temblado las piernas.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó ella de repente.

—¿Qué tipo de años? No creo que tu raza y la mía cuenten los años de la misma manera.

—Sólo quería saber tu edad —le contestó, aunque no era a eso a lo que quería llegar.

—Bueno, eso es descortés. No medimos a la gente por el tiempo que lleva en este mundo, sino por su madurez o su experiencia. Tenemos etapas, no edades. ¿Por qué lo preguntas?

—Sólo quería saber... ¿Tienes esposa? —inquirió nerviosa.

—¡¿Qué?! —preguntó entre horrorizado y divertido—. ¿Tan viejo te parezco? —No pudo reprimir una carcajada.

—No, no es eso. Es que en mi aldea, a mi edad, ya están todos casados. De hecho, yo ya soy considerada una solterona porque pasé los veinte años y todavía no tengo esposo.

—No entiendo qué tiene que ver tu edad con el hecho de estar preparada para casarte, pero me alegro que estés soltera —afirmó con una mirada intensa que hizo a Ribée hervir la sangre. Él soltó otra risita—. ¿Por qué te pones de color? ¿Cómo lo haces? —Puso su mano sobre una de las sonrojadas mejillas—. Estás muy caliente. ¿Te sientes bien? —Se quedó serio.

—Mejor que nunca —alcanzó a decir ella, que se estaba quedando sin aire. Sonrió y eso devolvió la sonrisa al rostro de Geré.

Sí, estaba muy bien, más de lo que podría haber imaginado antes de llegar a ese lugar. Todo estaba saliendo exactamente al revés de lo que habían esperado y eso le encantaba.

El fin de NoweDonde viven las historias. Descúbrelo ahora