Capítulo 1: Tham (parte 2)

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Nota:

Hola, gente. Voy a dejarles algunos pedacitos más, para que el inicio de la lectura no se haga tan lento.

Los leo en los comentarios.


En Tham cada niño era entrenado desde pequeño en distintas disciplinas hasta dar con aquella que se le daba mejor, para dedicarse a ello como su profesión de por vida. Pero había alguien que, pese a su edad, nunca había aprendido a hacer nada bien, al menos no tan bien como lo exigían los elevados estándares de perfección de los thama.

Ribée no se consideraba tonta, sabía hacer de todo, pero ninguna tarea le quedaba demasiado bien como para encontrar su lugar en el pueblo. Siempre aparecía alguien que hacía las cosas mejor que ella. Otro niño hacía crecer vegetales más grandes, otra niña cuidaba mejor de los animales. Según sus padres no servía ni para esquilar ni para hilar. No fue elegida para ser maestra de letras, porque tenía mala memoria. Por esa misma razón no podía recordar todas las fórmulas necesarias para ser herboristera. Aunque se le daba muy bien leer y escribir, tendía a distraerse. En la costura era desprolija y como cocinera era un desastre. Ni siquiera habían podido conseguirle esposo, porque en Tham los matrimonios se acordaban en beneficio de la comunidad. Las parejas se armaban conforme a sus profesiones, para así lograr los mejores equipos de trabajo. Ribée, con sus veinte años ya era considerada una solterona. Ni siquiera tenía pretendientes porque a los hombres de Tham no le gustan las mujeres inútiles por más bonitas que fueran. Y tampoco era la mujer más hermosa de toda la aldea. Su pelo verde brillante tenía demasiadas ondas y se enredaba. Sus ojos de un intenso color rosado siempre estaban tristes y su boca era demasiado pequeña, tal vez porque nunca sonreía.

Se resolvió que Ribée sería la doncella de ofrenda y con eso todos ganaban. El rey de la otra tribu tendría una compañera, los thama dejarían de preocuparse en que aprenda algo para ocuparse de cosas más importantes y ella por fin podía ser útil para algo. Si Ribée estaba o no de acuerdo no importaba, nadie le preguntó y ella tampoco hizo comentario alguno. No tenía sentido.

La familia de Ribée organizó una sencilla ceremonia en la que la marcarían como adulta. Debían tatuar sobre su rostro las runas de la profesión que ejercería de por vida, pero era algo nuevo para lo que no tenían signos específicos, así que le dieron las marcas que usaban para regalos, adornos y chucherías bonitas que no llegaban a ser consideradas arte.

Con la humillación tatuada en el rostro, Ribée casi se alegró de que podría salir de ese pueblo. Casi. Su madre la consoló diciéndole que por fin sería de beneficio. Otros aldeanos le dieron las gracias. Alguno le deseó suerte.

Al rato dieron por concluida la ceremonia y dejaron el tema de lado.

Al rato dieron por concluida la ceremonia y dejaron el tema de lado

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