Capítulo 4: Chozas (Parte 2)

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Capítulo 4

Segundo fragmento

Chozas


Un grupo de jovencitas había rodeado a Ribée admirando los adornos de su cabello. No creía mantener aún su tocado pero todavía llevaba colgantes prendidos de diminutas trenzas. Cuando volteó para hablar con las chicas, se dio cuenta de que los hombres de la reunión estaban también allí, observándola. Bajo su mirada atenta siguió hablando con la gente de la aldea sobre cosas como preparar los vegetales o cómo preservar sus semillas.

—Creo que deberías ir a descansar —la interrumpió al fin el anciano que le había dado el medallón—. Guarda reposo. Maile te llevará comida más tarde. Procura comerla toda esta vez —la regañó.

Ella caminó despacio hasta la choza en la que había despertado. Aún la seguían algunas personas, cuchicheando a sus espaldas. Vorck ya no la acompañaba.

Pensó que podía perderse entre las chozas. El lugar se veía muy distinto a como estaba cuando había desembarcado con sus ofrendas.

Al llegar a la pequeña vivienda encontró al hombre serio apoyado en el umbral, cruzado de brazos.

—Puedes quedarte con ella —dijo haciendo una seña con la cabeza hacia el interior de la vivienda—. Ya me trasladé a otra en estos días que estuviste aquí enferma.

—Lo siento —murmuró Ribée con vergüenza—, no quería arrebatarle su hogar.

Con razón la había llamado "intrusa" y tratado con tanto desprecio, ella había elegido una choza ocupada para ir a caer convaleciente.

Él, una vez más, se encogió de hombros. ¿En serio no le importaba? No dejaba de extrañarse por lo distinta que era esa gente... o lo que sea que fueran.

Estaba tan confundida con la situación.

No sabía dónde estaba, o si ese era el lugar en el que se suponía debía estar.

Comparó las visiones de los soñadores más expertos de Tham con lo que había visto hasta ese momento. No había guerra, ni tampoco amenazas. Sí eran seres más allá de lo humano. También comprobó por sí misma que estaban en un estado de pobreza en el que seguro pasaban hambre y fío. La única visión que que aún no había tenido oportunidad de comprobar era, sin dudas, la más importante para ella.

—¿Puedo hacerle una pregunta? —inquirió al pescador.

Él se le quedó mirando, más serio aún, si es que eso era posible.

—Pregunta, pero no sé si podré responderte.

—¿Tiene este pueblo un rey?

Él frunció el ceño demostrando que sí podía estar más serio que la seriedad misma.

—No —fue su escueta respuesta. Se quedó allí parado, pensando. Ribée esperó a que le diga algo más y se mantuvo de pie frente a él, expectante. Con esos ojos negros por completo era difícil saber si la miraba a ella o hacia nada en particular, como quién conjura un recuerdo lejano—. Hay cuatro jefes, pero si quieres saber más, tendrás que esperar hasta mañana. Ahora haz caso a Bilse y descansa.

Separó su hombro de la pared, irguiéndose más alto aún de lo que era y se alejó llevándose el intenso olor a pescado que lo rodeaba.

Agotada, confundida y todavía un poco débil, Ribée se fue a dormir temprano después de comprobar que la comida seguía siendo igual de mala y que los baños eran peor de lo que imaginaba.

Confiaba en que la fiebre se había llevado las pesadillas y que podría dormir en paz.

Otra vez se equivocaba.

Otra vez se equivocaba

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