Capítulo 8: Pantano

15 2 2

Capítulo 8

Pantano


Su sueño blanco, suave y tibio se fue disolviendo de a poco hasta convertirse en uno normal, en la pesadilla de siempre, llena de fuego, humo, gritos y olor a quemado. Ese maldito olor a quemado que se sentía tan real, que le impregnaba las fosas nasales aunque supiera que era solo algo que estaba dentro de su cabeza. ¿Por qué sus pesadillas apestaban a humo de telas, carne y pelo quemados?

El asomo de una respuesta la volvió a la realidad.

Se sentó de golpe y estuvo a punto de volver a caer a causa de un fuerte mareo.

—¿Ribée? ¿Estás bien?

¿Lo estaba? Sí, solo había tenido otra pesadilla, pero ¿dónde estaba y con quién?

—¿Derló? —preguntó al hombre frente a ella. Le asustó ver que las marcas doradas de su rostro ahora eran negras, como hechas con la misma tinta que las runas que ella llevaba tatuadas. Miró a su alrededor y su miedo aumentó al encontrarse en un bote—. ¿Qué pasó?

—¡Estás bien! No te alteres, vas a caer al agua. Ya está, ya pasó —le dijo él en un tono que no lograba ser consuelo.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Nada pasó. —Se quedó en silencio mirando fijamente a Ribée.

Ella cerró sus ojos buscando en su memoria el momento en que llegó a ese bote, pero su mente estaba en blanco. Blanco. La bruma. Lo difuso. Abrió sus ojos ante el recuerdo fugaz de sentirse perdida entre la neblina.

—No puedes decírselo a nadie —le dijo Derló en un tono entre amenaza y súplica—. Lo prometiste.

—¿Qué es lo que "no pasó" y de lo que no puedo hablar? —le preguntó Ribée con suspicacia.

—Lo sabes y si no lo recuerdas, lo harás pronto. —Volvió a su tono sereno y serio—. Los otros no lo entenderían. Bilse se pondría furioso.

—¿Que sepa qué?

—¡Que puedo hacer cosas que los demás no pueden!

—¿Cómo abrir ventanas?

Él la miró extrañado y después relajó el rostro al entender.

—Yo le llamo "miradores". Sí, eso, entre otras cosas.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó ella incrédula.

Derló suspiró y se encogió en su lugar dentro del bote, no parecía el hombre amenazante que había conocido.

—Los otros calimas no saben cómo hacerlo y yo no sé enseñarlo. No se me dan bien las palabras o las explicaciones.

—Eso ya lo noté. ¿Por qué Bilse no se los enseña? —preguntó. Derló seguía con la mirada oscura clavada en el fondo del bote—. ¿Él tampoco sabe? —Derló negó como respuesta—. Sigo sin comprender qué tiene de malo que los demás sepan de tus habilidades.

—Cuando uno de los jóvenes lo intenta termina perdido. No voy a dejar que pase otra vez.

—¿Se pierden por abrir miradores?

—¡No! Por todo lo demás —contestó enojado, haciendo un ademán con su largo brazo, como queriendo abarcar todo el pantano—, pero Bilse tampoco sabe lo de los miradores.

—Entonces ¿qué es lo que Bilse sabe?

—Que soy un recolector.

Él comenzó a remar manteniendo su atención en las aguas oscuras, llenas de plantas flotantes y troncos. Ribée entendió que tratar de mantener una charla con ese hombre era muy confuso y poco productivo, así que pensó que era mejor desistir. Su resolución le duró aproximadamente dos minutos y ya no pudo contener las preguntas.

—¿De dónde sacó el bote?

—Lo encontré.

—¿También es parte del secreto?

—Sí.

—¿Por qué las marcas de su rostro ya no son doradas?

Él frunció el ceño, se tomó unos cuantos segundos para pensar, otra vez con la mirada fija en algún punto lejano, incluso dejó de remar. Al final, bajó los hombros y suspiró rendido.

—Es difícil de explicar —contestó con voz queda y siguió remando.

—¿Dónde vamos?

—A la orilla.

—¿Tan lejos queda?

—Sí.

Ribée se sentía al borde de la exasperación.

—¿Dónde estuvo antes Nowe? —preguntó la chica. Derló la fulminó con su mirada oscura, ya sin estrellas, pero Ribée no se dio por enterada de la amenaza implícita—. Dijo que Nowe no siempre estuvo en un pantano, ¿dónde estuvo antes?

—Deja de hacerme preguntas.

—¿Por qué?

—¿Siempre eres así? ¿Cómo te soporta Vorck?

—Estoy segura de que le resulto adorable —contestó ella abusando de la confianza que había conseguido y olvidando cualquier tipo de protocolo que le hubieran enseñado a respetar.

Él hizo algo parecido a un bufido y torció la boca en una sonrisa sarcástica. Ella lo tomó como una ofensa y se cruzó de brazos enfurruñada. Él tenía su rostro apenas mirando hacia el costado, pero Ribée podría haber jurado que en realidad la estaba mirando a ella. Todavía no había aprendido a determinar dónde se dirigían esas miradas sin pupila.

—¿Qué? —le preguntó exasperada.

—Estás haciendo su trabajo, es el único que ha salido beneficiado —dijo en un murmullo como una queja. Ribée no entendió a quién se refería hasta que siguió—. Solo por eso Vorck aguanta tus parloteos. Yo perdí mi choza y además tengo que estar aquí congelándome los huesos por un poco de tierra. Sin mencionar que casi te... —se interrumpió y reformuló la frase—, el mal momento que me hiciste pasar en la abruma por no hacer lo que te digo —la acusó. Ribée quiso protestar pero él la silenció levantando una mano—. Silencio, ya no hables. Es una orden.

Ribée se sintió dolida por la brusquedad con la que la había tratado. Luego le afloró la ira que siempre la abordaba cuando alguien la rebajaba. Al final, comprendió que había estado fuera de lugar y aceptó la reprimenda. Avergonzada bajó la cabeza y mantuvo silencio el resto del camino.

 Avergonzada bajó la cabeza y mantuvo silencio el resto del camino

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El fin de NoweDonde viven las historias. Descúbrelo ahora