Capítulo 5: Nowe (Parte 1)

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CAPÍTULO 5

NOWE

(Primer fragmento)


A la mañana Ribée despertó sudorosa después de una noche llena de pesadillas. Llamó su atención que no había sentido frío, de hecho, estaba acalorada con toda su ropa de piel. Se sacó el abrigo y quedó con la túnica de lana que llevaba debajo y las botas. Deseó poder darse un baño pero recordó la precariedad de los sanitarios de uso común y desistió. Usó los adornos que aún quedaban entre su pelo para recogerlo de una forma más prolija y fresca.

Vorck vino a buscarla y la acompañó a una choza alargada y grande donde muchos de los aldeanos estaban reunidos desayunando. Le sirvieron una taza de ese líquido caliente pero de mal sabor que ya había tomado antes. Notó que no tenían pan, sino algo parecido a una tortilla de papa que no estaba tan mal.

Luego del desayuno frugal, ambos fueron a otra choza igual a la suya donde el mismo grupo de hombres estaba reunido, esperándola.

El tamaño de los cinco hombres, charlando de pie dentro de la pequeña vivienda, le devolvió sus anteriores temores, pero ya no había tensión entre ellos ni le dirigían miradas acusatorias.

Vorck aprovechó el momento para hacer las presentaciones y se anunció a sí mismo como el jefe de víveres.

El hombre serio que olía a pescado se llamaba Derló, el jefe de recolectores. Era el más alto de todos, con el pelo blanco y salvaje a media espalda. Aparentaba unos treinta o treinta y cinco años, más o menos.

Merú, el jefe de carpinteros, era el más corpulento y el de menos altura. Tenía el pelo trenzado hacia atrás con lana y se unían todas las trenzas en una más grande y larga que le caía por la espalda. Tenía, quizá, unos cuarenta años.

El hombre que le había dado el medallón era Bilse, el jefe espiritual y —dada la condición de los habitantes— también era el curandero. Se veía viejo, pero no tanto como Vorck. Era el único que vestía ropas teñidas de color oscuro. Llevaba rastas en el pelo con plumas engarzadas. Él mismo había confeccionado el medallón que Ribée usaba y la había ayudado a llegar a la aldea mientras estaba enferma y afiebrada.

El joven que tomaba notas era Geré, no solo un escriba, sino el guardián de la cultura y la memoria —recientemente entrado en funciones por la partida del guardián anterior—. Parecía tener la misma edad que Ribée y un envidiable pelo blanco, fino y lacio llovido que le llegaba a la cintura.

La invitaron a sentarse. Notó que no había cama en esa choza, solo una mesa —más grande que la que había en la suya— rodeada de seis bancas bajas. Todos tomaron asiento. Al menos, de esa forma disimulaban un poco su intimidante estatura.

—Explica una vez más por qué estás aquí —le pidió Geré con tono amable— y hazlo lento, así puedo anotar todo.

Ribée suspiró hondo y contestó a la pregunta.

—Provengo de Tham, una aldea arrocera que está a más de un día completo de caminata hacia el sur. Los thama son personas que pueden soñar el futuro. —Resistió en poner énfasis en "personas", porque no sabía muy bien qué tipo de seres eran sus anfitriones y no quería ofenderlos—. Todos tuvimos la misma premonición: que se acercaba una guerra y que esta aldea era la atacante.

—Eso es mentira —acusó Bilse, el curandero. Apenas lo conocía y ya vislumbraba su mal genio—. ¿Tú realmente soñaste eso?

Ribée se encogió en su asiento.

—No me corresponde interpretar los sueños, eso es trabajo de los ancianos. Ellos toman todas las decisiones. Esperaban eludir el ataque con todas las ofrendas.

—¿Cómo llegaron aquí con todas esas cosas? —preguntó Merú, el carpintero, interrumpiendo a Bilse antes de que formule otra pregunta.

—En una plataforma flotante —le contestó Ribée y no agregó más.

Merú insistió en los detalles. Ribée se mostraba reacia a contestar. ¿Estaba bien decirles todo? ¿Hasta dónde debía contarles? Una cosa era explicarles sobre cultivos o animales, otra muy distinta era hablar sobre los inventos y avances de su pueblo. ¿Estaba cometiendo traición? ¿Perjudicaría a su familia? Un destello de melancolía le punzó el corazón al pensar en ellos. Hizo el pensamiento a un lado y volvió a concentrarse en su función allí, su misión, la única cosa para la que era considerada útil. Respondió con pocas palabras a las preguntas de Merú, quien había acaparado el interrogatorio. No podía negarse.

Al final, Ribée terminó explicando más o menos en qué consistía esa plataforma y cómo hacían para avanzar con ella.

—Interesante —dijo Merú, pensativo después de que Ribée terminó de responder sus preguntas—. Eh, Geré, dame uno de tus papeles —le ordenó al chico.

Él, con gesto mezquino, le ofreció una hoja en blanco.

—Ahora me debes trece —le dijo a Merú.

Vorck se estiró hacia Geré y le picó las costillas con un dedo. El chico saltó en su banca y casi vuelca la tinta.

—Sé más solidario con tus compañeros —lo amonestó.

—Papá, el papel es difícil de hacer. Me toma varios días hacer unas pocas hojas y Derló tiene que alejarse cada vez más para conseguir las plantas.

—Merú no las desperdicia —dijo Derló, conciliador, mientras miraba como su compañero se ponía a dibujar con un carboncillo que había sacado de su túnica. Armó un esquema de lo que interpretaba como una plataforma flotante, según las descripciones de Ribée.

—¿Es así? —le preguntó mostrando su dibujo.

—Eh... en realidad... —No era así exactamente, pero ella se resistía a dar más detalles.

Merú preguntó, metódico, señalando cada parte del esquema y aceptando las contestaciones con monosílabos que Ribée no se animaba a callar. Sin estar muy convencida de ello, terminó haciendo observaciones y al rato Merú ya tenía un plano completo lleno de runas a su alrededor, que interpretó como algún tipo de sistema de medición.

—¿Así era la plataforma? —preguntó Geré—. ¿En verdad esto te puede transportar de un lugar a otro?

—Eso me trajo hasta aquí —dijo Ribée asintiendo—. O al menos, eso creo. Cuando llegamos este lugar se veía distinto. Daba la sensación de que la aldea estaba deshabitada.

—Eso es entendible —comentó el muchacho—. Nadie puede vernos. No somos más que bruma para los que no son de nuestra raza.

—Pero yo los veo —dijo Ribée confundida.

Bilse, con una sonrisa de suficiencia le contestó.

—Nos ves porque estás en Nowe.

—Nos ves porque estás en Nowe

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El fin de NoweDonde viven las historias. Descúbrelo ahora