Capítulo 1: Tham (parte 1)

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Nota:

Bienvenidos. Esta es la primer novela que publico en mi vida. Es especial porque es mi visión de la fantasía épica y porque nació de un sueño que cobró vida, creció y se apoderó de mí.

Me comprometo a actualizar seguido en fragmentos cortos y rápidos de leer.

Las canciones que acompañan cada fragmento tratan de reflejar los sentimientos de los personajes o las situaciones del momento. Denle play y disfruten la lectura.

Por favor, no se vayan sin dejarme sus comentarios.


Más allá de estas tierras, cruzando el cañón, pasando el bosque, subiendo el río, adentrándose en el delta, en lo profundo de un pantano nebuloso, se asentaban pequeñas aldeas. En su mayoría eran pacíficas, como el pueblo de los soñadores.

Los habitantes de Tham poseían el don de tener sueños premonitorios, todos ellos. Algunos soñaban más seguido, otros lo hacían poco pero con detalles más profundos. Eran un pueblo progresista y usaban su habilidad para mejorar en la agricultura, la cria de animales de corral y el comercio con otras aldeas. Cuando los thama empezaron a tener todos las mismas pesadillas, un sentimiento de alarma se extendió por el pueblo. Su vida tranquila y organizada pendía de un hilo. Estaban a punto de perder todo por lo que habían luchado con sacrificio. No había dudas, ya que todos los habitantes de Tham estaban compartiendo la misma premonición noche tras noche. Guerra. Saqueos. Fuego. Muerte.

Habían soñado con una invasión perpetrada por una tribu que se hallaba varios kilómetros al norte. Estaban desconcertados, no sabían qué hacer. Esos meandros e islotes eran su hogar, su reino. La especialidad de los soñadores era sembrar el arroz y se las habían ingeniado para cultivar hortalizas en macetas y criar cerdos, conejos y patos en corrales flotantes. Dos o tres de sus miembros se dedicaba a comerciar el arroz con aldeas vecinas para cambiarlo por otros alimentos. No tenían guerreros, guardias ni nada por el estilo. Su sociedad se basaba en un estricto sistema de enseñanza donde se aspiraba a que cada habitante llegara a ser excelente en una profesión. Cada decisión que se tomaba era en pos del bienestar de toda la comunidad.

Tenían un regente que era el hombre más organizado de la ciudad —y lo llevaba tatuado en el rostro—, velaba que todo se hiciera correctamente y mediaba para que cada uno pudiera realizar sus tareas en forma eficiente, pero no tenían otro tipo de gobernante que tomara decisiones relativas a la seguridad, ni mucho menos un consejo de guerra, así que invitaron a debatir a todo el pueblo para encontrar una solución. Discutieron un buen rato. Cada uno aportó su propia idea, porque si bien todos habían soñado lo mismo, cada uno lo hacía desde su punto de vista.

Algunos, como el alfarero, la costurera o el maestro de Letras, podían soñar con lugares más allá de su aldea y con detalles que ningún otro veía. Su habilidad no era suficiente como para ser considerados videntes ya que eran mejores con sus especialidades que con los sueños. Si bien el rostro de cada uno de ellos había sido marcado con la profesión que ejercerían de por vida, no quitaba que se los consultara en situaciones especiales como esa.

El alfarero tenía poca experiencia interpretando lo que veía y le costó describir lo que sintió al ver una figura en sus sueños, así que sólo dijo que la otra tribu tenía un rey grande, severo y solitario. La costurera, que podía sentir lo mismo que las personas de sus sueños, percibió hambre y frío. El maestro de letras, que soñaba con el más allá, vio una blancura interminable impregnada de poder celestial. Llegaron a la conclusión de que sus atacantes tenían un soberano poderoso, estaban desesperados a causa de sufrir hambre y frío, y que descendían de los dioses.

Visto así el panorama, la batalla ya estaba perdida. Mejor rendirse, ser dócil y apelar a la piedad del otro. Si estos seres celestiales tenían necesidades, ellos se ganarían su favor mitigándolas con regalos.

Decidieron entregar a la otra tribu una gran cantidad de comida, animales, géneros, algunas chucherías y una doncella virgen. Cada familia puso algo: costales de arroz o enormes calabazas, ramos de especias hermosamente decorados con cintas de fibras que ellos mismos fabricaban, al igual que los canastos y utensilios.

Fue difícil elegir a los animales. Querían que sean dignos obsequios, pero no estaban dispuestos a arriesgar las futuras camadas quedándose con los peores ejemplares.

Elegir a la doncella fue más fácil.

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