Capítulo 2: Abandonada (parte 2)

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El día llegó pero la bruma no se dispersó. Nunca lo haría. El sol apenas se insinuaba rompiendo la oscuridad entre la neblina, tiñéndola de blanco.

Ribée había decidido que cuando aclarara lo suficiente saldría a investigar. Tenía que dar de comer y beber a los animales y, por supuesto, debía alimentarse ella también aunque eso significara tener que echar mano de los regalos que había traído.

—De todos modos, estoy aquí sola y nadie va a venir a buscarme —le dijo al conejo que aún estaba entre sus brazos—. ¿A quién le puede importar que falte algo de pan? También deberíamos encontrar leña para hacer una fogata, creo que ya no siento los dedos de los pies.

Empezó a recorrer con cautela el camino entre las chozas con la incómoda sensación de ser observada. Una ráfaga de aire helado le azotó la cara y se quedó paralizada mirando a su alrededor. Su corazón empezó a latir muy rápido mientras su cabeza buscaba explicaciones razonables para todo eso.

—Estoy cansada y tengo hambre —le dijo al conejo—. Las sombras no se mueven, el viento no me ataca.

Se repitió una y otra vez esa frase hasta llegar a algo parecido a un corral, aunque estaba desierto, como todo lo demás. No había leña por ningún lado así que pensó en arrancar uno de los tablones de la barda. Metió al conejo entre su abrigo para desocupar sus manos. Mientras hacía fuerza para arrancar la madera, la bruma frente a ella se hizo más espesa y se le vino encima. El empujón la envió al piso. "No hagas eso", le ordenó una voz incorpórea con un tono furioso. Ribée quiso gritar cuando escuchó hablar a la bruma, pero no encontró su voz. Apenas si pudo ponerse en pie y salir corriendo hasta volver al muelle.

Fue hacia sus animales para refugiarse junto a ellos y la mitad ya no estaba. Los buscó con la mirada, desesperada, pero la bruma le impedía ver demasiado lejos. No iba a adentrarse en el caserío otra vez.

—Estoy delirando. —No sabía si se lo decía al conejo que se ocultaba entre su ropa, o si ya estaba hablando consigo misma.

Tenía que comer algo y descansar. No podía dejar de temblar, a causa del frío y el miedo. Hizo una cama con las pieles antes de ir a buscar la cesta con el pan, sólo que cuando fue a tomarla, la canasta ya no estaba. Reprimió las ganas de llorar de frustración. ¿Dónde rayos había dejado la comida? ¿Acaso los animales se la habían llevado antes de desaparecer entre las chozas? No iba a ir a buscarlos, no. De ninguna manera. Comería lo que hubiera quedado.

Las frutillas que engulló le cayeron mal en su estómago vacío y no hicieron nada por sacarle el frío. Decidió que necesitaba una siesta. Prefería dormir algo mientras aún había luz porque sabía que a la noche le sería imposible, aunque se sintiera débil por el hambre. Mientras caía presa del cansancio y se sumergía en el sueño, le pareció oír susurros en la bruma.

 Mientras caía presa del cansancio y se sumergía en el sueño, le pareció oír susurros en la bruma

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Cuando despertó, las canastas, los géneros y el resto de los animales había desaparecido. Tampoco estaba entre sus ropas el conejo con el que compartía su calor. Tenía el pelo húmedo por la neblina y un escalofrío le recorría la espala poniendo su piel de gallina. Ya no sentía los pies ni las puntas de los dedos de las manos.

Sus innumerables teorías se redujeron a dos: alguien le estaba jugando una broma de mal gusto o estaba perdiendo la cabeza.

La segunda era la más factible. Estar sin comer tanto tiempo, con frío y mal dormida estaba empezando a provocarle alucinaciones. En realidad, no estaba viendo lo que debería estar allí.

La noche envolvió a la aldea abandonada en una oscuridad extraña, rasgada por luces misteriosas y Ribée estaba más sola que nunca. Los animales habían desaparecido, no tenía comida ni encontraba los cueros que había llevado. Sentía frío, hambre, sueño y estaba aterrada. El instinto de autopreservación la impulsó a meterse en una de las chozas que encontró —la que le resultó menos destartalada— y se ovilló en un rincón para tratar de sobrevivir al viento frío que se colaba en su ropa húmeda. Muy a su pesar, se durmió y soñó.

Había una batalla, gente que gritaba, chozas que se venían abajo. La desgracia azotaba a la aldea de los soñadores.

Deseó que su pesadilla no fuera premonitoria, sino un extraño sueño producido por el miedo y las circunstancias. El sueño estaba equivocado. ¡Tenía que ser un error! Porque si no lo era, significaba que ella fallaría en su misión. ¿Y si alguien más había fallado? ¿No habrían errado la aldea y llevado las ofrendas al enemigo equivocado? ¿Los demás también estaban teniendo estos sueños? ¿Sabían que seguían en peligro? Si la pesadilla era una verdadera premonición, la guerra no se había detenido y su sacrificio era en vano.

La desgracia la cubrió como un manto y se abandonó a la tristeza. No sabía cuánto tardaría en morir si se quedaba ahí quieta donde estaba, así que sólo esperó.

El frío tomó su cuero y la fiebre la atacó. Dejó a su mente volar... ir y venir de la inconsciencia. Sentía cosas que no podía poner en palabras. Se mareaba y parecía que su mente se licuara. Se fragmentaba, se unía de forma incorrecta. Se comprimía hasta explotar y flotaba como partículas. Su piel pinchaba hacia adentro, ardía y congelaba al mismo tiempo. Los sueños se transformaron de una forma en que jamás había imaginado. Anegaron su mente, la tomaron por completo. Cada vez que despertaba de su pesadilla sentía moverse a su alrededor las formas espesas que habitaban en la bruma. Por eso, cuando vio a un hombre mayor frente a ella, pensó que estaba delirando.

—Ponte el medallón —le ordenó con tono amable un anciano de aspecto aterrador, con gruesos tatuajes en su rostro.

Ribée lo ignoró y se sumergió otra vez en sus sueños de guerra. Enferma, débil y cansada, ya no distinguía dónde terminaban sus visiones y dónde comenzaba la realidad. De a ratos parecían pertenecer a otro mundo. A veces se sentía ella misma entre las llamas de su pesadilla. Se veían tan reales. Se sentían ciertos.

 Se sentían ciertos

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