Capítulo 3: Recibimiento (Parte 2)

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Capítulo 3

(Segundo fragmento)

Recibimiento


De los cinco hombres que había en la choza, dos se mantuvieron de pie: el anciano que le había ofrecido la comida y el hombre que la había amenazado antes. Ya no llevaba la lanza y despedía un intenso olor a pescado. La tranquilizó pensar que el hombre no había querido intimidarla con un arma, sino que era un pescador. Aunque, de todas formas, se sentía amedrentada. Ella estaba sentada casi al ras del piso y el hombre de pie era tan alto que su cabeza quedaba a un par de pulgadas del techo. Ya le dolía el cuello de mirarlo a la cara.

Este volvió a tomar la palabra y sin más la acusó.

—Dinos, intrusa, ¿por qué estás aquí? ¿Cómo llegaste? ¿Qué significan todas esas cosas que trajiste? ¿Acaso piensan colonizar nuestra aldea?

La chica se sintió cohibida y no pudo articular palabra.

—Habla —le ordenó otro—, o el medallón te será arrebatado condenándote a morir de hambre y frío como la usurpadora que eres.

Ribée miró su pecho y vio un modesto círculo de madera tallado con extrañas runas prendido a su cuello por un cordel de fibras vegetales y lana. Miró al hombre que la estaba amenazando y lo reconoció como el que había visto en sueños, sólo que la primera vez que lo vio las marcas de su cara eran negras, como de tinta, y ahora se veían doradas igual que en los demás. Sí, era el mismo que le había ordenado usar el medallón. ¿Él se lo había puesto? ¿Por qué llevarlo o no hacía la diferencia entre vivir o morir?

—Lo siento —dijo encontrando su voz e inclinando su cabeza en respeto—. No conozco su cultura y no es mi intención ofenderlos.

Cerró los ojos, respiró profundo tratando de controlar su temor. Ella estaba allí por una razón: para ser útil a su pueblo. Debía desempeñar bien su papel. Nada de escándalo, nada de pánico. Se reprendía una y otra vez escuchando la voz de su madre en su cabeza.

Otro de los hombres que estaba allí sentado tomó la palabra.

—Bien, ahora que sabemos que puedes hablar, por favor, contesta nuestras preguntas. Empieza por decirnos quién eres y de dónde vienes.

—Mi nombre es Ribée, soy... —le costaba pronunciar las palabras—, soy una doncella de ofrenda. Soy un regalo de mi pueblo, la gente de Tham.

Los hombres se miraron sin ocultar su asombro y escepticismo.

—¿Y a qué se debe este regalo? —preguntó el hombre que se había quedado de pie.

—La comida, los animales, cueros, tejidos y demás son una muestra de respeto que les ofrece mi pueblo confiando en que mereceremos su misericordia en los tiempos de guerra venideros.

Eso fue suficiente para desatar una discusión entre los hombres. Todos hablaban a la vez y aun así se distinguía enojo y temor en sus palabras. "¿Guerra? ¡No puede ser! ¿Por qué? ¡Tiene que ser falso!". El anciano la tomó por el codo con amabilidad y la instó a ponerse de pie. Antes de salir de la choza, el hombre más serio le dirigió otra pregunta.

—¿Cómo sabes que habrá guerra?

—Porque mi gente tiene la habilidad de soñar el futuro.

—¿Soñar el futuro? —preguntaron dos o tres, casi a coro.

—Podemos ver en nuestros sueños lo que va a suceder —contestó Ribée confundida.

—¿Qué son sueños? —preguntó otro de los hombres que estaba allí sentado.

—Es como tener imágenes en la cabeza cuando duermes —le contestó el que estaba escribiendo mientras los demás hablaban.

—¿No saben lo que son los sueños? —les preguntó Ribée incrédula y tan alarmada que olvidó las normas de respeto que debía seguir.

—No —contestó el hombre más alto—. Los espíritus no tienen "sueños".

Volvió a desatarse el coro de discusiones y Ribée, anonadada, se dejó conducir fuera de la tienda. La palabra "espíritus" le daba vueltas en la cabeza. Se esforzó en no aterrarse más de lo que estaba. Sabía que si sus enemigos eran seres celestiales, bien podían ser espíritus. La sospecha de que tal vez estaba en el lugar indicado no hizo nada para tranquilizarla.

El anciano, con un ademán cortés, la invitó a seguirlo por una de las pasarelas de la aldea y prefirió acompañarlo a quedarse sola en medio de ese lugar desconocido.

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