Capítulo 13: Inevitable

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Capítulo 13

INEVITABLE


Cuando la claridad blanqueó la neblina, anunciando la llegada del día, fue Geré quien vino a buscar a Ribée para acompañarla a sus tareas.

—Siento mucho lo de anoche —se disculpó él tratando de volver a su acostumbrado tono amable.

—No tienes que hacerlo, estabas en tu derecho de sentirte enojado o frustrado. También lo estoy. ¿Por qué a ningún thama se le ocurrió meter jengibre, remolacha o hierbas medicinales entre las ofrendas?

Geré sacó su cuaderno y se preparó, esbozando su acostumbrada amabilidad, aunque teñida de tristeza.

—Dime, ¿qué hace falta para preparar una cura?

Ella le contó sobre los ingredientes que recordaba y algunas partes de los procesos de fabricación. Aunque deseaba tener los libros para poder preparar las medicinas sin tener que adivinar o experimentar. Él la oía hablar y hacía preguntas, absorbiendo los conocimientos que Ribée le podía ofrecer. No se quedaba conforme con las partes que ella no se sabía. Había empezado a notar esa característica entre los demás calima. Antes no eran así, parecían resignados, pero ahora querían hacer más. Querían tener más. Su ambición crecía junto con el conocimiento de que había una vida mejor allá afuera, al otro lado de la bruma.

Las conversaciones con Geré o con los otros calimas siempre se estancaban en el mismo lugar: lo que hacía falta estaba lejos. Ya sea para hacer ropa y calzado, para fabricar utensilios o mejorar las casas, para hacer más eficiente la cria de animales, siempre hacía falta algo que en esa aldea no existía. Siempre faltaba algo que estaba más allá de su alcance. Y la frustración se hizo extensiva a todos los integrantes de la aldea.

La ronda de jefes se siguió reuniendo y Ribée era convocada. Ya sin la compañía de Vorck que le daba apoyo, tomó el lugar del anciano y empezó a ser tratada como la jefa de víveres hasta que se considerara que Nitia y Ellem estaban listos para ocupar ese puesto. Se le permitía hablar abiertamente. Cada uno en lo suyo, nadie negó que sus conocimientos eran mejoras que hacían feliz al pueblo, pero sabían que esa alegría no duraría si no podían seguir creciendo. O al menos eso era lo que Ribée creía.

En una de esas reuniones Geré tomó la palabra.

—Quiero ir a la aldea de Tham para buscar los ingredientes necesarios para fabricar remedios.

Todos se opusieron, incluso Ribée. A los distintos argumentos que le oponían los otros hombres Geré rebatía testarudo como si hubiese estado ensayando las respuestas. A ellos los conocía muy bien, pero a ella no.

—Van a matarte ni bien te vean —declaró Ribée.

—¿Por qué? Voy a ir solo y desarmado.

—Porque están esperando que los ataquen y si ven a un desconocido no van a detenerse a preguntar si va en paz o si ya empieza la invasión.

—¿Qué invasión? —preguntó divertido.

—La que soñaron los thama, todos ellos. La que temieron lo suficiente como para llegar hasta aquí en rendición.

—Esos son delirios de soñadores —dijo Geré restándole importancia—. Nadie que tenga imágenes en su cabeza cada noche puede permanecer cuerdo.

Ribée se sintió ofendida hasta lo más profundo.

—¡No te burles! ¡He seguido soñando con esa batalla cada noche, los últimos dos meses! —Ribée casi lo gritó antes de darse cuenta que aún estaba en plena reunión.

Los otros hombres la miraron extrañados.

—Sabes que eso de la invasión no tiene sentido —dijo Derló, que también había mostrado pequeños cambios en su actitud en las últimas semanas y parecía sentirse más jefe que los demás. Aunque por lo general tenía muy mal genio, ahora hablaba a Ribée como a una niña pequeña que hay que explicarle algo muy simple que no puede comprender—. Nunca se nos cruzó por la cabeza invadir Tham, sería un suicidio, no llegaríamos vivos a esa aldea.

—Pero los thama no lo saben —contestó Ribée exasperada.

Ninguno de los hombres que la rodeaba comprendía el alcance de los sueños. Ella apenas lo hacía. Pero no desconocía las reacciones de su pueblo si se encontraban con un ser extraño como un calima. No quería que Geré se arriesgara a ir. Esa idea la asustaba.

—No entiendo por qué los thama soñaron que los atacaríamos —dijo Merú—. ¿Acaso no suelen equivocarse en cuanto a lo que sueñan?

—No así, no cuando la misma pesadilla se repite una y otra vez.

—¿Y cómo saben cuándo ya pudieron cambiar el futuro? —preguntó Geré.

—¿A qué te refieres?

—Sueñan que va a pasar algo, así que al conocer el futuro hacen algo para cambiarlo, luego eso que soñaron ya no va a pasar, así que... ¿qué pasa? ¿Dejan de soñar? ¿Sueñan otra cosa?

—No es así como funciona. —Ribée se atragantó con las palabras, pero tenía que decirlo, tenía que confesar antes de que a Geré continuara con la loca idea de ir a Tham—. No podemos cambiar el fututo. Lo que soñamos siempre pasa. Lo único que podemos hacer es prepararnos. —Ante los ceños fruncidos de desconcierto que le ofrecían los calima, sintió la necesidad de explicarse—. Si soñamos que una plaga matará a los cerdos, hacemos servir a las hembras antes de que mueran los machos y las cuidamos para que no se contagien. Si en sueños vemos que la helada quemará el maíz, racionamos las porciones y guardamos para sembrar al año siguiente. Si alguien sueña que un medicamento no va a dar resultado, hacemos decenas de mezclas distintas para seguir intentando. Saber lo que va a pasar no evita que pase, solo allana el camino hacia una solución.

—Entonces —dijo Derló— ¿por qué estás aquí? ¿Para qué las ofrendas? ¿Por qué gastar tiempo, esfuerzo y recursos en algo que no pueden cambiar?

—A nadie le gusta resignarse a pasar mal —contestó ella casi sin pensar.

Eso los dejó meditando un rato, cada uno en sus propias cavilaciones pero sus pensamientos apuntaban todos al mismo lugar. Derló volvió a tomar la palabra.

—Si es inevitable, vas a tener que hablarnos con detalle de ese sueño que lleva insistiendo.

Los otros jefes lo miraron como si estuviera loco, aunque Bilse fue el único que lo expresó en voz alta.

—Eso no tiene ninguna utilidad, nadie va a atacar a nadie —dijo con una amenaza implícita en su voz.

—Solo quiero saber cómo funcionan los sueños de los thama —le contestó Derló en un tono desafiante que lo asombró incluso a él mismo y del que se arrepintió al instante.

Ribée les pidió tiempo y le concedieron una noche. Derló insinuó a los demás jefes que podía hacerse cargo él solo de esa entrevista, pero Bilse convenció al grupo de que era de interés de todos. Resolvieron que se reunirían en su choza al amanecer, ni bien ella despertara, para discutir esa batalla de la que, al parecer, no podían escapar.

El fin de NoweDonde viven las historias. Descúbrelo ahora