ATANEA: V

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Capítulo 5: El primer hummon.

Me estaba despidiendo de un gran sueño, era de esos momentos en los que sabes que vas a despertar pero aún estas entre el sueño y la realidad.

Estaba cabalgando junto a mi madre por el Campo Olivander, campo familiar al cual acudíamos cada navidad para celebrar las fiestas de fin de año con el resto de la familia paterna.

Entre el sueño, algo surgió en mi mente consciente, ¿por qué solo estaba mi familia paterna siempre? Nunca me había preguntado por qué mamá no había tenido más hermanos, mis abuelos maternos habían muerto cuando mi mamá era joven en un accidente, pero ¿acaso no tenía primos o algo?

«Espera un momento... no están muertos.» Mi mente trabajaba por recordar algo. La palabra "Atanea" resonó en mi subconsciente. Aún estaba arriba del caballo dentro de mi sueño cuando me di cuenta; «no estoy durmiendo en mi habitación». El sueño se desvaneció como papeles volando en el aire, pero mantuve los ojos cerrados. Bajo mi cuerpo, sentí el cómodo asiento de cuero del Jaguar, y escuché motor del coche andando.

Mis abuelos maternos no estaban muertos, estaban en otra dimensión, una extensión invisible al ojo humano, Atanea. Mis abuelos estaban luchando por la paz de los reinos, y yo era su nieta, una fuente de poder o algo así. Tenía un guardián que estaba conduciendo el Jaguar. Theo.

Sentí una punzada de angustia por no despertar en mi casa, ni ver a mi familia, pero no se comparaba a la ola de desolación que había sentido el día anterior. Poco a poco comencé a abrir los ojos y a moverme para mirar hacia la carretera.

—Buenos días, princesa —saludó Theo con una voz amistosa y enérgica.

El sol inundaba el paisaje en un anaranjado amanecer.

—¿Princesa? ¿No tenías otro apodo más cliché? —contesté desagradable con voz ronca. Luego solté una carcajada para dar cuenta de que era una burla.

Tomé un sorbo de mi jugo, giré levemente mi cabeza para mirarlo y me di cuenta de que las horas de manejo se le estaban empezando a notar en los ojos. «No es tan sobrehumano, después de todo».

—¿Apodo? Te conozco hace menos de veinticuatro horas, contando la primera vez que nos vimos, cuando saliste corriendo como si yo fuera un psicópata o algo así... Lo que sea, no te pondría un apodo en tan corto tiempo. Princesa, eso es lo que eres ¿o se te olvido por qué estamos escondiéndote?

—¿Psicópata o algo así? ¡Susurraste mi nombre y me miraste de forma extraña cuando no te conocía! ¿Qué esperabas? ¿Que te de un abrazo y te invite a tomar el té? —ironicé exasperada ampliando los ojos. Mi voz aún era ronca por estar recién despertando.

—Perdón por haberte asustado. —Ladeó la cabeza—. Pero estaba emocionado porque te había encontrado sana y salva, antes de que te encontrasen los lumbianos.

Lumbianos... Había todo un reino oculto intentando capturarme para luego matarme. Me daban náuseas cuando intentaba pensar en eso a fondo.

—A todo esto, dormí más de tres horas. —Siempre dormía plácidamente en los automóviles durante kilómetros—. ¿Cuánto falta para el destino?

—Poco —susurró mirándome de costado y me guiñó el ojo.

Un leve calor llegó a mis mejillas y fruncí el ceño.

—¿Y qué haremos cuando queramos traspasar a México? Quedarán registros de nuestro paso, a los cuales, supongo, los lumbianos pueden acceder de alguna manera.

Theo tenía un semblante divertido.

—Ya estamos en México —declaró con una media sonrisa.

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