No soy policía
La poca luz que se filtraba por el gran ventanal, anunciaba el final del día y con el, el final de la jornada. Todos mirábamos con impaciencia el reloj sobre la cabeza de nuestro profesor.
Los años ya se habían asentado en sus rasgos, provocando la caída de su lacio cabello negro y las arrugas bajo sus ojos al sonreír con diversión. Comprende nuestras ansias por abandonar su clase, cosa que no lo desconcierta en lo absoluto, más bien, es un acontecimiento gracioso para él.
Es viernes y ésta nuestra última clase antes de adentrarnos en un fin de semana alargado por un día más de descanso.
Me dedico a observar las pocas pulseras en mis muñecas, como si de alguna forma, eso pudiera apresurar el tiempo para que pasase con más rapidez.
—Antes de dejarlos ir —inicia con voz rasposa—, deben conocer que la próxima semana se llevará a cabo una selección de estudiantes, para que hagan sus prácticas en una agencia de seguridad privada. Como deben suponer, es una gran oportunidad para crecer como profesionales, compartiendo con personas capacitadas e increíbles. Los años pasados solo se tomaban en cuenta estudiantes en último semestre, pero esta vez destinaremos un par de cupos para quienes se encuentran en su penúltimo semestre. Mucha suerte a todos.
Después de semejante comunicado, regresa a su escritorio totalmente tranquilo y distraído.
Ya nadie presta atención al reloj. Nadie. Todos estamos tan sumidos en nuestros propios pensamientos que somos sorprendidos por el suave pitido de la alarma que confirma el final de nuestras clases.
Me levanto del asiendo como aquel que no espera nada de la vida, quien no cree en las casualidades, pero aun así crea escenarios en su cabeza anhelando el momento en que el destino quisiese sorprender.
No es que no confíe en mis capacidades, pero enfrentar a tantos estudiantes que se han partido el lomo, por cada trabajo y proyecto, me hace sentir muy insegura.
Yo también me he esforzado.
Pero quizá no lo suficiente.
—¡Chica! —mi mejor amiga me retuerce en sus brazos como si hace años no me viera.
No pude contener mi risa al ver como ella casi debe colgarse de mi cuello para colocar su cabeza en mi hombro.
—Me romperás el cuello... —susurro sin aire, devolviendo el gesto con aún más afectividad.
—Joder, necesito mis tacones. —sonrió al verla roja por el esfuerzo.
—No. No necesitas tacones. —Ambas sonreímos.
Se tenía que ser ciego para no ver como ligaba casi sin querer, debido a su cuerpo menudo y estatura adorable.
Ella era todo lo contrario a mí.
Era muy baja y yo muy alta.
Ella curvilínea y yo esquelética.
Morena, rubia.
Ojos cafés, ojos verdes.
Ella tan coqueta y yo tan cerrada.
Éramos tan contrarias que causaba gracia.
El dúo antónimo.
Creo que en alguna ocasión escuché que alguien se refirió así hacia nosotras y me pareció tan certero que me vi a mí misma utilizando ese mote en más de una ocasión.
Mara era conocida por toda la universidad, era la chica popular por la que todos los hombres quedaban babeando.
Una estrella.
La forma en que llegó a mi vida fue bastante cómica.
Yo estaba tan perdida que ya había preguntado dos veces por referencia de mi clase, pero terminaba por perderme más. Y entonces la vi, hablando con todos y saludando a quien pasase, supuse que no era su primer año aquí y me acerque a preguntar.
Fue para mí una sorpresa enorme cuando me confesó que no tenía idea de dónde estaba parada. Reímos lado a lado y nos dispusimos a perdernos juntas.
Desde ese momento se convirtió en mi mejor amiga.
—¿Escuchaste lo de la agencia de seguridad? —inquiere.
—Sí. —exclamé lastimera.
—Seguro que entro, ¿no crees?
—Claro que lo creo, eras de las mejores de tu clase. —Apoyo chocando mi codo con su hombro.
—Soy la mejor de mi clase. —repuso con altivez, propia de ella.
Sin saber que más decir me mantengo en silencio.
—Hay fiesta mañana en casa de Harry,—exclama tras el prematuro silencio —una que promete durar tres días.— Harry era su novio desde los inicios de este año —Y no acepto un no como respuesta.
Cuando iba a comenzar a negar frenéticamente, se enganchó en mi brazo dispuesta a no soltarme.
—Porfa, porfa, porfa... —hace pucheros de niña pequeña, por lo que es casi imposible negarse a sus caprichos.
—Perfecto. —dice cuando no tengo más remedio que aceptar —¿Vienes a mi casa a cambiarnos?
Asentí para después despedirla. Desde que inició su relación con Harry, suelen venir e irse juntos de la universidad.
No estaría tres días de fiesta, pero ahogar mis preocupaciones en una buena cerveza, nunca era mala idea.
Caminé hacia la estación del metro y me sorprendió el frío que empezaba a asomarse en nuestros hombros.
Mientras esperaba, —ya dentro de la estación— una mujer de aspecto cansado y desalineado cruzó el umbral con un bebé envuelto en sábanas rosas con detalles morados. Su cabello está recogido en un moño bajo, y cuando sus ojos se cruzaron con los míos su bebé empezó a llorar desesperado, gritando en busca de su alimento. Desesperada y algo incomoda, la mujer intento tapar la acción que le pedía a gritos el infante.
Recordé de inmediato la toalla que mantenía en mi mochila, no era tan grande como ella necesitaba, pero creí que con eso estaría un poco más cómoda.
—Tome. —extendí la toalla hacia ella. Con agradecimiento en sus ojos recibió aquel gesto y se dispuso a amamantar a su bebé.
Sus zapatos están gastados. Vestía un pantalón oscuro que disimulaba muy bien una mancha de pintauñas rojo sangre al borde de su rodilla. Su camisa tenía un pequeño agujero en el costado izquierdo, que seguro había ocasionado al intentar cortar la etiqueta.
Su rostro estaba cubierto de maquillaje barato y sus manos temblorosas llamaron mi atención.
Aunque lo que me preocupaba era el corte en su dedo anular. Debió ser ocasionado en la cocina, tal vez un cuchillo pequeño, ya que no era de mucha longitud, pero sí parece algo profundo. Cuando lo vi supe que no había sido atendida por ningún médico. Y eso causó en mí una pequeña conmoción, podía haberse infectado— por ello su cansancio y fatiga—entonces recordé cómo afectaría todo esto a el ser humano que alimentaba de su pecho.
Me acerqué sin más a ella mientras el bebé dormitaba en sus brazos. Ya saciado.
—Deberías sentarte. —anuncié. Buscando una silla a mi alrededor. Un guardia se unió en mi búsqueda hasta que dimos con un banco viejo.
Garabateo un mensaje y lo envío antes de guardar el móvil de nuevo.
—Te ayudo. —En el momento en el que estaba a punto de tocar al bebé, se retorció en su asiento impidiéndolo—No me moveré de tu lado. Hay un oficial de policía justo ahí, que nos vigila.— señalé a un cuartucho donde estaba un hombre, tal vez intrigado por mi actitud —Creo que te vendría bien descansar.
Con cautela y recelo posó a la pequeña en mis brazos, dándome algunos consejos, cómo la madre preocupada que era.
Y cuando supo que no dejaría caer a su hija al suelo, soltó un suspiro de alivio y se extendió en la silla, apoyando su espalda a la pared.
—¿Cuántos meses tiene?
—Seis. Es preciosa. Se llama Lili.
—Sí que lo es. Se parece mucho a ti. —agregué bajo su atenta mirada.
Tal como lo suponía sonrió con orgullo. Era una madre de verdad. Y estaba en peligro.
—No debes alterarte... —expongo acariciando la cabecita de la nena.
—¿Qué? —el miedo vuelve a hacerse presente en su voz.
—¿Quién es él? —cuestiono— ¿Es el padre?
Ella no parece comprender mis palabras. No hasta que miro por encima de su hombro con disimulo, advirtiéndole por lo bajito, que no tenga reacciones bruscas, le tendí un espejo portable.
—¡Oh, Dios mío!
—No te alteres. —ordeno en un gruñido.
—¿Qué hace aquí? ¡Por Dios! —el temblor de sus manos se extienden por su cuerpo y en su voz.
—Respóndeme. —acribillé— ¿Es el padre?
—Sí... —gruesas lágrimas recorren su rostro mientras yo intento calmar a la bebé que se mueve en mis brazos.
—¿Fue él quién te golpeó? —sus ojos se abrieron como platos— ¿Él te hizo el corte en el dedo?
—¿Cómo lo...?—
—¿Importa? —la corto— Ahora responde, necesito una declaración para actuar.
—¿Actuar? ¡No, no! Yo...
—¿De verdad crees que cambiará? ¿Ese es el futuro que quieres para Lili? —la miro directamente a los ojos, impaciente— Huías por algo, quieres salir de esa vida. Lo sé. Y ahora puedes lograrlo. Sabes que con él suelto no podrás estar tranquila.
Se mantiene en silencio observando a Lili con los ojos abarrotados.
—Mereces estar tranquila, ambas lo merecen. —culminé en tono de súplica.
—Sí. —la respuesta afirmativa era muy vaga para considerarse una declaración —Ese hombre me golpea.
—¿Nombre?
—Carlos Torres. Es el padre de mi hija, llevamos justos dos años. Quiere matarme. Dijo que lo haría. Hui de casa con mi hija. Y ya no quiero tenerlo cerca de mi hija ni de mí. Lo denuncié hace un año y le colocaron una orden de alejamiento, pero él simplemente regresó a casa y... y yo no pude...
Me vale.
Saqué mi móvil y hundí un solo botón.
Tras eso el lugar se llenó de uniformados.
Atraparon de lleno al sujeto gracias a la foto que les envíe. Me había comunicado con un agente policial que conocía desde hace tiempo. Y solo esperaba mi confirmación para entrar.
Después de ver a la mujer llegar noté como un hombre la seguía sin mucho disimule, era alto, corpulento y tenía su mirada fija en ella, sus nudillos estaban destrozados. Había mantenido una distancia poco prudente hasta que el guardia también se acercó.
Debajo de su chaqueta algo plateado relucía, se me pusieron los pelos de punta, pero me obligué a seguir con mi actuación.
Ver a la mujer tan pálida, con un golpe notorio en la zona del pecho —que el maquillaje no logró cubrir—, como el morado verdoso bajo su ojo, el raspón en su rodilla derecha y el corte en su mano; fueron señales obvias del maltrato que estaba sufriendo.
Verla temblar con su hija en mano, solo me dio agallas para avanzar. Tuve que pensar rápidamente, pero lo único que quería era atrasar el plan que tenía en mente aquel sujeto.
Le escribí rápidamente a Justin. Implorando que lo viese pronto y como siempre, no me falló.
Me pidió pruebas o alguna declaración de la víctima para poder proceder, ya que no estaba completamente segura del arma.
Mantuve mi celular grabando toda nuestra conversación y así hasta el momento en el que tuve su declaración. Allí di el aviso.
—Gracias. Mil gracias. —dijo la mujer cuyo nombre no conocía. Cuando me alcanzó.
Corrí con la pequeña Lili, alejándola del peligro. Tras tirar a su madre al piso.
—No hay de que. —respondí a su abrazo.
—No tengo como agradecerle, oficial.
—Oh no. No soy policía, pero me alegra haber ayudado. —agarre su mano con más fuerza—A Lili la están revisando, está por allá. —señalé y rápidamente se fue con ella.
—Cada día me sorprendes más. —Justin llega a mí, repasando mi cuerpo con los ojos —¿Todo bien?
—Sí. Sé correr con destreza. —sugiero en tono bromista, sacándole una sonrisa.
Justin es un hombre muy guapo. Esbelto y lleno de energía. Muy parecido a mí, esto con respecto al físico.
Porque del resto éramos totalmente diferentes.
—Sabes hacer muchas cosas bien... —responde en tono meloso.
—No puedes hablar con tanta seguridad. —explico, admirando el espejo verdoso que son sus ojos.
—Por ahora no. Pero déjame verificarlo, por favor... —
—¡Oficial James! —su llamado interrumpe el momento, me alejo de su boca, sin llegar a tocarla todavía.
—Un día de estos voy a matar a ese tipo... —susurra en mi oído besando con dulzura mi mejilla.
—¿Qué colocarás en el informe? —cuestiono.
—Lo mismo de siempre, supongo. Llamada de un civil con sospecha de arma de fuego.
Sonrío mirándolo y estoy tentada a decir algo más, pero su compañero vuelve a resoplar con impaciencia, así que me apresuro a despedirme.
—Adiós, James.
—Adiós, Campell.
Llegué a mi casa muerta de cansancio.
Deshice la cola alta en la que se había mantenido en mi cabello, dejando que cayera con total libertad. Al fin y al cabo, estaba sola.
Mi apartamento era sencillo, pequeño y antiguo. Todo mi edificio era así. Cosa que no me importaba en lo absoluto.
Me mudé a la gran ciudad al empezar la universidad. Mis padres pegaron el grito al cielo cuando se enteraron de mis planes de vivir sola, pero no pudieron hacer mucho, tenía todo listo y planeado. Nada me pararía.
Llamada entrante
Los ojos dorados de mi madre en la pantalla arrancaron una gran sonrisa de mis labios.
Contesté al instante.
—Hola, mamá. —separo el móvil de mi oído ante el chillido que sale de sus labios al escucharme.
Al fondo escucho a papá reñirle por su inmadurez.
—¡Calla, viejo loco! —la risa de mi padre me hincha por dentro— ¡Linda! Al fin te escucho, ¿a cuántos criminales atrapaste hoy?